Una idea del porqué Charlie Parker y John Coltrane Sonaban como sonaban (Segunda Parte)

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A manera de contexto y para marcar la cancha de estas líneas y ésta columna, agradezco haber leído a Jorge Luis Borges que tuvo el gran acierto de compartirnos sobre la doctrina islámica del Zahir: la magia no está al otro lado del espejo, la magia es este lado, ese objeto casual que sobresale y paso a paso llena la imaginación, la memoria así como toda actividad de conciencia  y demás actividades hasta amalgamarse en significado de Universo. Pareciera que se trata de una manera poética de hablar acerca de una terrible neurosis obsesiva. También se podría pensar que es la manifestación de alguna divinidad, que por supuesto se aprovechó de Borges; sin embargo, nos alertó acerca de la fragilidad de nuestra mente, en la que tanto confiamos.

Lo importante es que hay que distinguir varias categorías de Zahir; para ubicar el contexto que queremos mostrar. El que nos regaló Borges es una primera categoría que tiene que ver con lo inmediato, tangible, directo. Veremos una segunda que hace referencia a una forma directa que es cambiante y sus manifestaciones más torpes toman en ocasiones la forma de una melodía que no deja nuestra mente en días, para ser sustituida más tarde por la repetición persistente de una frase incoherente. Está forma de Zahir  la podríamos ubicar en el contexto de las afinidades de Julio Cortázar, con el surrealismo, Antoine Artaud, Charlie Parker y las relaciones directas de estos temas con la música barroca, también  Jim Morrison, Jorge Luis Borges y la forma Zen del Budismo.

Así es que después de mirar este peculiar contexto, lo insertamos en aquel relato en el que una gran población de esclavos negros que trabajaban en la cuenca del Mississippi influidos musicalmente por los estilos ancestrales traídos del África, así como de las nuevas corrientes que aprendían junto a sus amos descendientes de europeos y a ello sumada la influencia de las corrientes musicales que habían escuchado en todo el territorio americano, dio el origen, el nacimiento de un género potente que iba a influir la vida musical popular del mundo entero desde su aparición: El Jazz.

Continuando en el mismo contexto, vale la pena abordar las similitudes entre El Jazz y los estilos clásicos a través de comparaciones de la música de Johann Sebastian Bach y Charlie Parker. Es de señalarse la importancia de escuchar y hacer coincidir el sonido de los buenos intérpretes en ambos estilos, así como la historia de la música y la teoría de ambos. Se trata de encontrar los puntos en común entre los estilos. Vale la pena poner sobre la mesa las aportaciones de Duke (1987) y Bongiorno (1996a, 1996b) en el sentido de que creían que sólo los estilos musicales deben tocarse de manera diferente.  Por lo tanto, el músico deberá de practicar los cambios conceptuales. Ahora bien, el saxofón debe estar presente, independientemente del estilo de interpretación. Las  habilidades fundamentales para cada estilo se ejecutan de mejor manera al interpretar música en el estilo deseado, ya sea jazz o clásico. No va de más decir que hay que escuchar analíticamente a los intérpretes de modelos positivos a seguir, ya sea en Jazz o en el modelo Clásico. Sin embargo,  el estudio del jazz no suele centrarse en el estudio de las habilidades fundamentales, sino en el estudio de la improvisación entre otras cosas.

Mirando ya un contexto más amplio, valdría la pena un chapuzón en la versión de My favorite Things (1961), grabada por Coltrane en momentos en que aquella composición circulaba por Broadway y luego era popularizada por Julie Andrews en la película La novicia rebelde, es de notar y muy impresionante lo que Coltrane era capaz de hacer: saxo soprano en mano, con una banda descomunal: Elvin Jones en batería, un notable precursor de variantes afro en el jazz, Steve Davis en contrabajo y Mc Coy Tyner en piano, de toque pulsante y acentuado. Sin duda marcando un parteaguas reformuló para la eternidad el agradable y comercial My Favorite things regalándonos una interpretación insuperable. La alegría reinó al momento en que Coltrane fue capaz de transformarlo todo a través de un solo nostálgico, un vals hondo, solemne, casi un himno. No siendo suficiente, con una segunda entrada desnuda una entrega absoluta a la interpretación; se trata de un solo extenso, denso, plagado de zonas de free jazz sin abandonar un trasfondo a blues y góspel. Si se logra ingresar a ese universo típicamente coltranístico ya se tiene el pase libre a lo que vendrá.

También es parte de un jugoso contexto el recordar que Coltrane fue un apasionado por la teoría musical que se enriqueció con estudios religiosos, de ocultismo, ciencia y matemáticas. Todo esto dentro de un movimiento religioso, político, cultural y básicamente negro donde free jazz, Black Panthers y el movimiento por los derechos civiles explotaban por todo Estados Unidos, de esta manera  impregnaban a sectores blancos de clase media que giraron a un progresismo que les permitía expresar el rechazo al pragmatismo y la mercantilización de la vida cotidiana, por cierto, con una alta dosis de misticismo que solía neutralizar toda política radical; dentro del Jazz, el movimiento free con Ornette Coleman a la cabeza, impactó en Coltrane, así como las armonías de la música india, Ravi Shankar, que absorbió con toda su filosofía. Este fue el momento en que Coltrane se hace vanguardia: en medio de la novedad del happening, de las perfomances artísticas, con la crisis abierta en mayo de 1961 tras el frustrado desembarco a Bahía de Cochinos y luego la crisis de los misiles que enfrenta a Cuba-URSS con Estados Unidos, las tensiones raciales emergieron como nunca antes y la expresión musical que las representaba, aunque no de modo directo ni explícito, era la música de Coltrane.

La crítica señala su tema Chasin’ the Trane como el testimonio de época más vanguardista, ya que, como toda vanguardia jazzera, expulsaba público a cántaros antes que popularizar estilos, provocaba la ira de la crítica antes que la compresión de una nueva corriente expresiva: solos de saxo extensísimos, sonidos y tonos llevados al extremo, un colchón rítmico atronador. Así es que todo el tiempo, Coltrane sorprendía con su ilimitada capacidad de interpretar baladas, y vale la pena promover para la posteridad una hermosa grabación junto a Duke Ellington: In a sentimental mood. En ambos extremos el sonido de Coltrane reinaba sin igual, lo mismo vale para el exquisito disco grabado con el barítono negro Johnny Hartman (1963). En eso consistía su interesante posición: considerado un héroe negro por los sectores radicalizados, Coltrane no se preguntaba en voz alta por el lugar que ocupaba en la sociedad yanqui, si bien  vivía muy cómodamente en un caserón de Long Island, nunca condenaba al oyente que no lograba comprenderlo. Del mismo modo en que no se expresaba públicamente sobre política. Sin embargo componía temas como Alabama (1963), donde muchos especialistas observan fraseos que imitan discursos de Martin Luther King, tales como tengo un sueño o el discurso de la marcha de Detroit. Se trata pues, de un serio y profundo homenaje musical al infame ataque a una Iglesia en el cual murieron cinco niñas negras, y cuyo principal sospechoso, claro está caucásico, fue dejado en libertad tras pagar una suma burlesca a la Justicia.