+ Urgencias de Desmantelar Todas las Violencias Contra las Mujeres

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La frase:

La igualdad es el primer paso para erradicar la violencia.

PERO, NO SE CUMPLE

 

Urgencias de Desmantelar Todas las Violencias Contra las Mujeres

Ana Lorena Delgadillo Pérez cuenta con más de 20 años de experiencia en la defensa de derechos humanos, incluidos casos de desaparición en México, y es quien urge a desmantelar todas las violencias contra las mujeres, pues considera que todas cuentan. No tenemos por qué adaptar nuestros comportamientos para encajar en estructuras que nos excluyen. No es posible desmantelar el patriarcado con sus propias herramientas.

Detalla: es una tensión interna constante¿hablarla nos fortalece o nos expone? ¿Nos hace más fuertes o más débiles? ¿Nos vuelve más vulnerables? Las preguntas no son retóricas. Atraviesan la experiencia cotidiana de muchas mujeres que enfrentan distintas formas de violencia y que, antes de nombrarlas, deben medir sus consecuencias.

Nos narraen México, he acompañado casos que representan la expresión más extrema de esa violencia: feminicidios y desapariciones. El dolor de las víctimas, de quienes les sobreviven, es difícil de traducir en palabras. A ese dolor se suma otro: el de enfrentarse a instituciones indolentes, incapaces de investigar con rigor, y, en no pocos casos, al rechazo o la incomprensión de su propia comunidad.

Es cierto: hoy existen más leyes, más instituciones, más discursos públicos sobre la violencia contra las mujeres, eso no es poco. Pero la pregunta de fondo persiste: ¿hemos avanzado lo suficiente? La respuesta es incómoda, pero más incómoda es la verdad: no estamos donde deberíamos estar, donde las mujeres quisiéramos estar. Investigar con perspectiva de género sigue siendo una excepción, no la regla. Los servicios periciales —clave en la búsqueda de justicia— continúan sin una profesionalización adecuada ni una independencia real. Los mecanismos de prevención y de acceso efectivo a la justicia siguen siendo, en gran medida, promesas incumplidas. Siguen matando y desapareciendo a madres buscadoras, a defensoras de la tierra.

Campañas van y campañas vienen.

Enfatiza; cuando participé en la redacción de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia de la Ciudad de México, hubo un apartado que intentamos fortalecer especialmente: la prevención. Apostábamos por un enfoque integral, interinstitucional, centrado en la seguridad humana y en la transformación cultural, no solo en la lógica policial. Sin embargo, ese capítulo fue uno de los más debilitados durante el proceso de elaboración de la ley. La razón es conocida: la prevención no rinde beneficios políticos inmediatos, la prevención “no compra votos”. En cambio, el uso del derecho penal, sí. Hemos construido sociedades punitivas que recurren al castigo como solución casi automática, aun cuando su eficacia sea muy limitada o, a veces, casi nula.

Esta realidad no es exclusiva de México. En distintos contextos del mundo, las mujeres siguen siendo tratadas como botín de guerra o como cuerpos prescindibles: niñas y mujeres desaparecidas o víctimas de violencia sexual. En México —y en muchos otros países— madres, hermanas e hijas sostienen búsquedas que el Estado no ha sabido o no ha querido asumir de manera integral. La violencia es estructural, persistente. Ser mujer sigue teniendo un costo.

En muchos otros espacios donde sucede esto, hay un doloroso silencio por parte de las víctimas, quienes no tienen opción. En muchos ámbitos —sociales, políticos, incluso de activismo— se impone la idea de que, si la víctima habla, se cae el movimiento, se cae el líder. Se exige proteger al líder, preservar el movimiento, evitar el escándalo. Cabe entonces plantearnos la pregunta de cómo construimos nuestros movimientos y si estos están libres de violencia contra las mujeres.

Así se aprende a guardar silencio, así se aprende a proteger a los violentos, frente a la violencia que viven otras mujeres y a la propiaEl silencio normaliza, institucionaliza, aunque erosione a las víctimas por dentro. Ese silencio no solo habita en los casos extremos. Se reproduce en lo cotidiano: en reuniones en las que funcionarios utilizan su posición para descalificar o ignorar a las mujeres, y se cuestiona su experticia; en espacios donde los hombres se hablan entre sí y ignorando la presencia de las mujeres; en equipos de trabajo donde es necesario recordar constantemente a los colegas hombres, que ocupar menos espacio no es una concesión, sino una condición mínima de equidad.

Nosotras hemos aprendido ¿Por qué ellos no? Se manifiesta en el mansplaining, en la apropiación de ideas, en el cuestionamiento sistemático de la autoridad técnica de las mujeres. Si en otros tiempos se castigaba a las brujas por desafiar el orden, hoy se sanciona —de formas más sutiles pero igualmente efectivas— a las mujeres que atreven a saber más, a decir más, a ir más lejos. Y al final, si logran alzar la voz en esos espacios contra este tipo de violencias, se les cuestiona: Esta es una mujer problemática, solo complejiza las reuniones”.

Pero reconoce: es lamentable decirlo, pero las mujeres también hemos sido parte de esto. Todas tenemos una parte de patriarcado y colonialismo dentro y no es fácil deconstruirlo cuando nos han enseñado históricamente, que las formas de los hombres poderosos son las que cuentan en una sociedad cada vez más capitalista. Replicamos modelos y espacios de discusión patriarcales; alabamos a esos hombres que hablan y actúan como patriarcas.

Mujeres, la más alta tasa de suicidios.

Frente a esto, como sociedad, necesitamos algo más que diagnósticos: necesitamos una decisión. Una decisión de fondo que implique transformar nuestras dinámicas, revisar nuestras estructuras y cuestionar cómo se ejerce el poder en todos los espacios. Esto exige formarnos, entender cuáles son todas las formas de violencia; nombrar las violencias cuando ocurren, denunciarlas, y dejar de pensar que denunciarlo es traicionar otras causas.

Todas las violencias cuentan. No tenemos por qué adaptar nuestros comportamientos para encajar en estructuras que nos excluyen. No es posible desmantelar el patriarcado con sus propias herramientas. Como advirtió Audre Lordelas herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo.
No hay un precio que debamos pagar por participar, por alzar la voz, por disentir, por existir en igualdad. Ninguna causa, ningún movimiento ni ninguna reunión justifican la tolerancia de la violencia contra las mujeres. Si seguimos aceptándola, incluso en sus formas más sutiles, vale la pena preguntarnos qué tipo de estructuras estamos sosteniendo y a costa de quiénes. Todas las violencias contra las mujeres en todas sus formas, deben ser desmanteladas. Esto no admite excepción.

Y concluye: la salud mental de niñas, niños y adolescentes en México enfrenta una crisis silenciosa: en 2024 se registraron 9,051 muertes por suicidio —la cifra más alta en años— y la tasa en el grupo de 10 a 17 años se ha duplicado en dos décadas. El bienestar emocional de la niñez no depende solo de la atención médica, sino de los entornos en que crecen: familias, escuelas, comunidades y espacios digitales. La respuesta debe ser preventiva, comunitaria y participativa, escuchando a niñas y niños como parte activa de las solucionesColocar la salud mental en el centro de la agenda pública es una decisión sobre el tipo de sociedad que queremos construir, ¿no le parece a usted, estimado lector?