Valor de uso
Los demás jugadores(as) se acercaron a la mesa de los dados. ¡Un siete tiene! Y se lleva 500 mil dólares. El viejo, elegantemente vestido, echó los dados a la verde de pista… oooh, ¡siete!
El ganador, entre exclamaciones, le dejó unas fichas al croupier, y en una maleta amontonó los billetes que le regaló el azar.
En el aeropuerto subió a su avioneta pidió permiso a la torre y se elevó. Ya le urgía llegar a su rancho ¡ah! Fueron muchas emociones en dos días.
Feliz vuela el viejo en ese día de diciembre: frío congelante en los aires, copos que caen.
Rrroooouu ¡¿Que?! las hélices se trababan ¿por el hielo?
La avioneta se vino en picada y en el último momento el viejo piloto halló una suave duna y aunque golpeado sobrevivió.
¡Ah salió de la destartalada nave y se aterró!: no había vida por ahí, ni siquiera un matorral seco que prendiera con su encendedor.
Regresó a la avioneta y sacó la maleta de dinero y hablando con la radio de la torre habló de su desgracia al aeropuerto. Les dio su posición y le contestaron que cuando les permitiera el tiempo para allá iban.
El viejo se congelaba a pausas. Los copos caían. Se colocó debajo de un alerón.
¡Brr! El frío que mata ancianos brr… ¿qué enciendo? ¡Los billetes! y uno a uno, ah, que calorcito. Así parte de la noche hasta que volviéndose ceniza los últimos tres billetitos, un helicóptero aventando nieve y arena lo recogió todavía tibio y con vida.
Lo atendieron como millonario que creían era y al saber porque el viejo no se congelo, el copiloto hizo reír a todos:
– ¡Y luego dicen que el dinero es una maldición!

