VELO

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Le preguntan cómo está y responde antes de que la pregunta termine. Bien, gracias, ¿y tú? Lo dice con la sonrisa calzada, ni muy grande ni muy corta, la de quien ha repetido esa frase tantas veces que ya ni siquiera se escucha a sí misma. Quien preguntó asiente y sigue de largo, contento de haber cumplido con el saludo. 

Nadie vio nada, y es lógico, porque no había nada que se dejara ver. 

Ella nació triste, y desde entonces la alegría le ha servido menos para sentirse bien que para evitar que alguien pregunte dos veces.

Nietzsche escribió, en Más allá del bien y del mal, que todo lo profundo ama la máscara. Se cita con aire de elegancia, como si ponerse una fuera un gusto de gente reflexiva. Casi nunca se piensa en quien no la eligió. 

Hay personas para las que la máscara no es pose ni adorno sino la única manera de pasar el día sin tener que dar mayores explicaciones.  

Una niña, por ejemplo, que llegó al mundo con una ausencia a cuestas y aprendió pronto que lo más cómodo para todos era verla reír y emanar esa energía mágica y única que va por la vida ayudando a almas perdidas a encontrar su camino.

Antes de respirar por primera vez por sí sola, ella ya había perdido algo. Eran dos y, al cabo de segundos, una dejó de estar. La otra nació igual, creció, fue al colegio, a la universidad, tuvo hijos, aprendió a reírse en los momentos correctos, porque si no te ríes la gente se pasa a la ligera diciendo que vas por la vida de amargada, siendo este, muchas veces, su mejor y casi único papel cuando no tiene otra alternativa. 

Solemos pensar que la tristeza empieza con un hecho, un golpe o una mala noticia, algo que se pueda fechar y señalar con el dedo. 

¿Qué pasa cuando empieza antes que la memoria, cuando no hay nada que recordar y aun así algo se extraña para toda la vida?

Hay tristezas que no son un episodio. No llegan un lunes y se van un miércoles, no tienen una causa a la que apuntar ni un remedio que se aplique con una buena tarde. Son más bien un clima de fondo. Heidegger sostenía que los estados de ánimo no son adornos de la experiencia, sino la manera en que el mundo se nos abre desde el principio, el tono previo con el que todo aparece. Si se acepta eso, la tristeza de ella no es algo que le pasa, es el lugar desde donde mira. No ve el mundo y además está triste, está triste porque algo le fue arrebatado, inclusive antes de nacer. Quien la trata como una nube pasajera no ha entendido de qué está hecho su cielo.

La segunda idea es que la alegría, en ella, cumple una función. Goffman, el sociólogo, estudió cómo cada uno de nosotros actúa un papel ante los demás, y que eso no es hipocresía sino condición para convivir. Pero hay papeles que se eligen y papeles que se heredan por necesidad. 

La sonrisa de ella funciona como un permiso de circulación, con ella puede estar en las fiestas, en las oficinas, en las conversaciones largas, sin que nadie se detenga a hacerle la pregunta incómoda. Es una alegría que no miente del todo, porque a veces de verdad se ríe, pero que tampoco dice la verdad entera. Es una alegría necesaria, y precisamente de ahí proviene su costo, lo que se hace por necesidad se hace sin descanso.

Y aquí está lo que me parece más triste de esta historia, y no es la tristeza. Es que la máscara funciona demasiado bien. Cuanto mejor se actúa la alegría, más sola queda la tristeza, porque nadie suele buscar a quien parece estar bien. 

Kierkegaard escribió sobre una desesperación que a veces ni siquiera se reconoce a sí misma. En ella ocurre al revés: sabe perfectamente lo que lleva. Quien la ignora es el resto.

Habrá quien diga que todo esto es una forma elegante de romantizar el dolor, y la objeción siempre merece respeto. No toda tristeza duradera es una forma de ser, a veces pesa tanto que necesita acompañamiento, y decir lo contrario sería irresponsable. Defender que la tristeza puede ser esencia no obliga a negar el cuidado. Lo que sí obliga es a cambiar la pregunta, en lugar de preguntarnos cómo hacer que esa persona deje de estar triste, deberíamos preguntarnos si alguna vez le hemos dado un sitio donde pueda serlo sin disfrazarse y ser comprendida. 

Esa pregunta que le hacen todos los días, ¿cómo estás?, quizá no necesita una respuesta mejor. Necesita que alguien, una sola vez, espere. Que se quede medio segundo más después del «bien, gracias» y deje que el silencio diga lo que la frase no dice, y que algunas veces tome un “ahí voy, de pie” como algo anódico y no algo catódico. Hay mucha gente así a nuestro lado. Lo difícil es mirarla despacio para comprender que su velo invisible es el único salvoconducto que tiene ante la vida que le tocó vivir, y procura hacerlo por las dos.