Vivir

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Cuando era niña le tenía miedo a una señora que vivía cerca de mi casa. Era vieja, vestía un mandil de cocina y le gustaba gritar y regañar a todos los niños que teníamos la mala fortuna de pasar por su puerta y hacer ruido, rozar con las manos las plantitas de su jardinera y ni hablar de volar un balón dentro de su propiedad porque había de dos: no lo regresaba o lo regresaba ponchado y gritoneando.

Cuando empecé a crecer me di cuenta que esa señora no era una anciana sino una mujer de mediana edad y que no sólo le gustaba pelear con niños sino que agarraba parejo con vecinos, familiares y animales callejeros. Usaba tiempo y energía para enojarse y hablar mal de quien se descuidara.

Con el paso de los años, mi miedo se convirtió en otra cosa, algo parecido a la lástima. Nunca entendí cómo es que alguien puede estar permanentemente enojado al grado de descuidar su apariencia y salud, porque, como quiera, el arreglo personal aguanta, pero las emociones negativas liberan radicales libres que ya sabemos lo que hacen con nuestra piel y órganos.

Tenemos costumbres raras como esa de preocuparnos por cosas triviales o coleccionar rencores y malos entendidos, guardamos el resentimiento como si fuera ahorro para la vejez o para el viaje de nuestras vidas, acostumbramos a despertarnos con la alarma del reloj y antes de estirar las extremidades y oxigenar el cerebro,  llenamos la mente con estampitas de preocupaciones y líos, le hemos dado a la vida un ritmo peligroso y acelerado, y resulta que todo es tan sencillo como ver a una mujer en el parque jugando con su bebé, disfrutar la comida compartiendo la mesa con familia y amigos, perderse un momento en el aleteo de las aves o seguir las patitas de un perro.

La vida es maravillosa y frágil y nos damos cuenta que el tiempo es insuficiente para disfrutar de los que amamos, hacer camino junto a la familia de sangre y de vida es un privilegio.

A veces somos esos brujos mal encarados, dejando a la vida fugarse como chorro de agua, pero es fácil darnos cuenta, nuestro rostro se avejenta y la mirada pierde luz, una sonrisa lo arregla todo, es fácil y es gratis. Hablar de lo que nos molesta, hacer cosas que nos den tranquilidad y felicidad, pagar deudas económicas y emocionales. Caminar. Respirar.

Todos los días, el mundo nos recuerda lo hostil que puede llegar a ser, nos muestra situaciones que no podemos cambiar, es por ello que no está de más mantener nuestro jardín, regalar una sonrisa, ser amable con el de al lado. Cosas simples dan resultados grandiosos. Un mal rato no nos define eternamente.

Amamos,  vivimos y dejamos fluir y en ese inter, le damos mantenimiento a las alas y corazón.