Voz institutense y universitaria

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“Dicen que la lengua Castellana es lengua de bronce, lengua de campanas y de cañones, pero también es lengua de oro y de metal que ha traducido los éxtasis místicos y los deliquios amorosos de una raza mística, guerrera y apasionada”

 

Adolfo López Mateos

 

 

Es la universidad receptáculo del pensamiento; casa histórica del humanismo, antorcha sublime de la conciencia juvenil, legado del tiempo y presencia estoica de la historia de nuestro Estado; en ella y a través de ella se han escrito páginas de gallardía, de transformación social con sentido de pertenencia universal. En palabras de Leopoldo Flores: “(…) La universidad no tiene horizontes, la universidad es infinita”

 

Hija de la historia, la Universidad Autónoma del Estado de México ha forjado con gloria la vida de nobles ideales; semillero desde su origen -el 3 de marzo de 1828- de grandes pensadores, origen de luz bajo el velo del Instituto Literario del Estado de México, su pasado taumaturgo de luminiscencia y vida, se convirtió en el repiquetear de hombres y mujeres preclaros que forjaron la historia misma de nuestro Estado y nuestro país.

 

Como paraninfo de la ciencia y la cultura, la Uaeméx lleva en sus labios la luz del conocimiento, hace de la palabra: el instrumento predilecto de la enseñanza, arma de la libertad del pensamiento, sello inefable del tiempo que va desperdigando entre su transitar el engrandecimiento del hombre en todas sus facultades. Es “la Universidad Autónoma del Estado de México, la universidad de los oradores” como atinadamente señalara Jorge Olvera García.

 

Si por la palabra el hombre existe, por conocimiento y vocación la universidad se magnifica, se convierte en presencia y esencia de las necesidades sociales. Grandes han sido las voces que cruzaron el umbral de sus aulas y de sus arcos palaciegos; grandes las ideas que llevaron a construir el discurso académico; colosal y cincelado de verdad que es, fue y será el discurso universitario, que denuncia con estruendo el sentir de la juventud mexiquense, que clarifica las necesidades sociales y da a través de su compromiso social respuesta a los anhelos de una patria más justa, prospera y humana.

 

Como cantos que engalanan el universo, centellan en el recuerdo de los universitarios las enseñanzas y los discursos plagados de razón de los institutenses y universitarios que han labrado con su vida misma la magnificencia de nuestra amada institución; dándole sentido de pertenencia, una identidad propia y un legado que marca el derrotero a seguir para lograr el engrandecimiento del ser humano a través del conocimiento, del trabajo constante en pro de la patria. Abejas de lumbre que visionara el insigne maestro orador Horacio Zúñiga Anaya, que cautivaba con su enseñanza enciclopédica y predicaba el cómo alcanzar la plenitud humana: hombre sensible a su tiempo y ungido de profecía nos regala en sus letras el canto de identidad que encumbra nuestros actos solemnes y nos deja en su bella poesía, ensayo, novela y discursos las palabras puntuales que atienden a nuestro espíritu.

 

Maestro y alumno como hilván de una espiral infinita, porque así es la vida de nuestra universidad; fueron los liberares Ignacio Ramírez Calzada e Ignacio Manuel Altamirano, oradores institutenses que pusieron en la mira del plano nacional e internacional la imagen del Instituto preclaro, el Instituto Literario del Estado de México. Sus palabras cual cincel, fueron formado el corazón de la conciencia nacionalista, Ramírez: denunciando en catedra las malas prácticas del gobierno, forja en la mente del alumnado la inquietud de aprender; de cuestionar el universo que nos rodea, de hablar honrando la palabra y depositando en el estudio el anhelo más grande por el engrandecimiento de México. Fue Altamirano el alumno; el mexicano orgulloso de sus raíces, quien a través de su narrativa novelesca nos pinta los paisajes del México de sus tiempos; inspirador de los anhelos de superación, verbo de fuego que llevara a la tribuna los recuerdos lucidos de nuestro Instituto.

 

Adolfo López Mateos, el estudiante, el catedrático, bibliotecario, director y benefactor de nuestra Universidad; fue el presidente orador, una voz que transformó con su ejemplo la vida de nuestro país, aquel que profetizara como un ciclón el destino de nuestra universidad, al disertar: Esta Universidad va a vivir mucho. Hagamos votos porque sea vigorosa y fuerte, que no la manche la torpeza…” palabras gambusinas que nos refrendan nuestro destino.

 

Grandes han sido los hombres que la historia nos recrea para justipreciar en su dimensión, a las voces que dieron auge a nuestra universidad, que colectaron la miel del conocimiento para ser sorbida por las abejas ávidas de aprendizaje; abejas que anhelan entonar desde el espíritu la forma lirica del pensamiento.

 

Nuestra historia universitaria no puede callarse, jubilosa evoca los recuerdos y los pasos de quienes con su profundidad en el lenguaje han hecho que la palabra se vuelva universal; sirvan estas líneas para reconocer la labor de quienes desde sus encargos públicos, desde la docencia y el compromiso con la palabra libre han dado lustre a la universidad mexiquense.

 

Las paredes de sus aulas, los recintos que se convirtieron en la arena de combate argumentativo, hacen eco de sus ideas y del amor que profesan a nuestra máxima casa de estudios; ahí en el pináculo de la crónica universitaria se yerguen triunfantes las voces universitarias de: Atanasio Serrano López, Luis Rivera Montes de Oca, Enrique Díaz Nava, José Vera Guadarrama, Rene Sánchez Vertíz, Miguel Angel Galindo Camacho, José Martínez Pichardo, Víctor Humberto Benítez Treviño.

 

Salves y loas a los titanes de la palabra universitaria: que su canto sonoro se convierta en escudo de combate ante la inconciencia; que se levante el monumento de la verdad para defender a la patria y que juntos entonemos el cantico que nos identifica y nos hermana en torno a la palabra: los cerebros son jaulas de ideas con zenzontles de gorjas de miel”.