YA SE FUE EL PREGON

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¡¡¡Colchoneees, estufaaas, refrigeradoreees, microondas o algo de viejo fierro que vendan!!!

O ¡¡¡Pidan sus ricos, deliciosos y calientitos tamales oaxaqueñoooos!!!

Esto es lo que hoy oímos en las calles de nuestra caótica ciudad, chocante pregón, aburrido, monótono, en cambio antes, como gozábamos los sonidos que venían de la calle.

Algún raro día de calma que nos ocurra escuchar el transcurso del vivir, puede que de la calle nos llegue el sonido del afilador de cuchillos.

Los vemos, después soplando con rapidez su adminiculo y nuestra voladora mente se adelantará al acto mágico del retorno al quid del existir del cortante cuchillo, que ya salió de ahí, volverá a cortar, como desamor de guapa mujer.

Ya hizo alto el afilador, el que, al ser requeridos sus servicios, transformará su bicicleta en taller; saldrá la negra y redonda piedra de afilar que al contacto con el cuchillo sacará un universo de estrellitas, mil chispas que alumbrarán aún más el día pletórico de sol.

Terminará el afilador, montará en su bicicleta y ese ¡Fiiuuu!, recorredor de golpe de toda la escala musical, se nos quedará como uno de los sonidos que perviven del ayer. De esos singulares ruiditos, que, junto con los pregones, nos hacía viajar en mente y corazón, nos identificaban con aquellos luchadores por la vida que vendía algo o prestaban un servicio.

El afilador y su sonido sobreviven, al igual que los carritos de camotes, circulante hornaza, que deja oír su voz como silbatazo de pequeño ferrocarril, depositario de camotes y plátanos almibarados, a punto de deshacerse de calor. Ahí va el trenecito anunciándose con el chorrito de vapor que quiere romper el frío de la ciudad. Ahí va dejando una nubecita de algodón y llamando a los niños.

También pervive el vendedor de obleas de harina que se anuncia golpeando un sonoro triángulo de fierro, ¡Clánc! Ahí viene con su bote pletórico de enormes y dulces hostias requemadas. Ahí viene a paso veloz, buscando vender o apostar, pues no por nada la tapa del bote la tiene dividida en triángulo con número cual pequeña ruleta de la suerte.

Y que bueno que aún vemos al pajarero, único quizá que no necesita anunciarse, por llevar dentro de las escaleras de jaulas, todos los trinos del cielo y de la tierra.

Y sería todo en cuestión de sonidos no humanos, porque lo demás es el requirente humano y poético pregón.

Todavía hoy escuchamos: ¡Tierra para las macetas! Pregón del arriero que trae del monte el negrísimo migajón que nutrirá las macetas depositarias de multicolores vergeles que hacen de las casas bellas aproximaciones del edén.

Vayamos a tiempo más lejano:

Las luces del escenario de la vida alumbran ahora al ropavejero y su pregón: ¡Ropa usada que vendaaan! ¡Vendo, compro, cambioooo!

Ahí va arrastrando su carromato lleno de pantalones, camisas y aquel saco de cuadros rosa y blanco, que pareciera todavía llevar la voz del abuelo: ¿A quién se le ocurrió comprármelo? Parece mantel.

Ahora se escucha otro grito: ¡Merengueees! Caminando con rapidez, con su tabla en la cabeza repleta de copos de nieve y taquitos de clara de huevo, viene el merenguero, al mismo vendedor y apostador, reunidor en uno del comercio con el juego de azar. El merenguero, rey de los volados: ¡Águila o sol! ¿Dos o nada? ¡Juega!… Échalo. Y después de ganar, casi siempre, se vuelve a colocar su tablita sobre la cabeza y sigue despertando a los somnolientos de la calle. ¡Merengueees!

Y puede que de estos tiempos sea todo estimado lector, pues ya no están el vendedor de pescado, el claxonazo del lechero, aunque continúa el gelatinero, con su carrito transparente que deja ver las multicolores y temblorosas gelatinas.

¿Fue todo? Entonces recordemos el pregón del ayer. ¿Recuerdan aquel?: ¡De limón la ñeevee! Y la figura del nevero con su bote de madera sobre la cabeza. Esos neveros antiguos, que hacían nuestras delicias en los días de calor.

Esos neveros, diferentes a los de ahora, que ya tienen hermosos carritos como palanquín de mandarín. ¡De limón la nieeveee! Y ya nos vemos rodeándolo en un descanso de aquel kilométrico desfile, en ese soleadísimo día.

Y que diremos de los gritones de periódicos, animadores de la noticia, inventores, amarillistas, imaginativos que a lo sucedido le ponían su sabor. ¡Entérese usted de la muerte de la bella artista por un maldito amante!… ¡El-a-se-si-no, está prófugo! A toda voz, como heraldo, circulaban la noticia a los cuatro vientos. ¡Ya agarraron a Paco Sierra y a Arellanooo, los malditos dinamiteros del avión! ¡Ya mero se escapaban! ¡Lea usteeed! Y los diarios que se vendían como pan caliente.

Si los gritones todavía tuvieran vigencia, imagínese: el pinche Salinas Pliego apoya a los vende patrias y así las buenas quemadas que les hubieran puesto en estos días a Ruffo Appel, a Johnson el embajador gringo, al ex Ken Salazar, a Alito Moreno y sus visitas a Gringolandia y sobre todo al desgraciado de Donald Trump… claro cuando la prensa era otra.

Seguimos bien desfalcados por culpa de Ernesto Zedillo y así usted querido lector(a) búsquele y encontrará.

¡Algo que soldarr! Ahí viene el soldador con su pequeño anafre, sus tenazas y su carbón, presto a remendar ollas de peltre, bacinicas y todo lo que se pueda soldar. Ahí nos tiene usted a los chavales viendo como el cautín al rojo vivo, derretía la barrita de plata que parcharía al hoyito, culpable de líquidos escapes.

Aparece ahora el capulinero con su cajón al hombro, que detiene el mecapal en la cabeza.

¡Capulineeees! Y el corro de rapaces –como diría la poesía antigua-, rodeábamos al vendedor, comprando el cinco o diez de esas dulcísimas canicas negras que el capulinero tasaba honestamente con su bote sardinero y luego nos daba nuestro pilón.

Ya no vemos, hoy en día, a los vendedores de plumeros. Plumeros de larga vara y casas con techos altísimos se complementaban. Recordemos que para llegar a esas altísimas vigas del techo y limpiarlas, deberías ser hombre mosca o tener un largo plumero, de ahí que cuando salió el grito ¡Plumerooos! la venta con habitantes de casas antiguas, estaba asegurada. ¿Por qué sería que esos plumeros, con sus suaves y multicolores plumas nos parecían un caleidoscopio viviente, un cachito de selva, un tocar a exóticas aves?

Antes de que Toluca se pavimentara –por 1950– eran comunes los desyerbadores. Las calles y aceras, formadas por mil piedritas tendían a cubrirse de yerbas y no era cosa de dejar con breñales la acera que estaba frente a la entrada de la casa. Entre piedrita y piedrita, aparecía verde pasto, ortigas, dientes de león y otros habitantes del reino vegetal.

Entonces aparecía el desyerbador. ¡Le desyerbo su banqueta! Era el grito que hacía felices a las amas de casa que querían que las piedras y lajas no tuvieran otro adorno que sus guijarros recién lavados después de la lluvia.

Entonces, hecho el trato, el desyerbador sacaba su afilada lata y con paciencia, quitaba todo el color distinto al gris encendido del apiñonado pedrerío.

¡Charamuscas de sabores! Otro pregón de antes. Este, igual que los demás, iba recorriendo las calles con su tabla sobre la cabeza y su banquito en cabestrillo. Esas chiclosas, dulcísimas charamuscas blancas, verdes o rosas, que tenía cacahuate o queso en su interior. Esas charamuscas que al estirarlas se hacían largas, largas, como hilo de equilibrista. Esas charamuscas que hacíamos de mil formas y ya de un color más oscuro, por la mugrita de las manos, retomábamos a deshacerlas en la boca.

Y más vendedores y pregones que se fueron.

Más ruiditos que el tiempo cubrió con su manto, en tanto ahora, quizás el ruido mayor sea el trepidante ronroneo de los motores de los automóviles y, por supuesto, ya no hayamos a la viejita envoltijada, vendiendo a las siete de la noche sus borrachitos que eran cocolitos nadando en almíbar de piloncillo y espolvoreados con queso.

Y tampoco llegan corriendo a las casas las tortilleras, que a domicilio y desde el vecino Capultitlán, nos preveían de los necesarios delgados y blanquísimos discos de maíz.

Igual sucede con el sonido del rin de auto, golpeando con un cilindro de fierro, que nos anunciaban que pasaban los carros de basura, y es más era el anuncio para entrar a clases en la Escuela Lázaro Cárdenas.

Esos cajones puestos sobre llantas viejas y tiradas por mulitas, recogían la basura

¡Oh que tiempos!

Sonidos, pregones, que ya no están. Dulce llamar para adquirir algo. Sonar la campaña de la ternura que despertaba el corazón. Hablar de otra época que ya se fue y quedarse sólo, desde aquellos duros tiempos, la súplica dolorosa, más que pregón, de aquel lastimado por la vida, de aquel herido por el vivir, que al pasar por ahí junto, nos lanceteaba con su dolorosa voz:

– ¡Una limosnita… por el amor de Dios!