7, 8, 9 ¡fuera!

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Y órale, sinfonía de mandarinazos. Uno buscando el hígado –Luis– y el otro tratando  de arrancarle la cabeza.

La gente aullaba. Luis, de nuevo, a vencer o morir, sintió que las puntadas del parpado se abrieron y el hilito de sangre le tapaba la visión del ojo. Y uno y otro ganchazo al hígado y de momento el Costeño suspendió su tamborileo a la cabeza para cubrirse porque un gancho le dolió.

GONG

Llegó Luis hecho una piltrafa. Chorreando sangre y muy agotado.

  • ¿Cómo te sientes? Le salió a Don Arturo más falso que un billete de $15
  • Ay vamos ¿Cómo la ve?

Y espontáneo le salió al viejo.

  • ¿Y si te tiras como en Arcelia?
  • Ni madres, aquí nos lin…–…chan. Déjeme ver si me sale el gancho, creo que lo “toqué”.

  • Órale, pero cuídate.

GONG

El Costeñito ya estaba en el centro del ring, esperando zafarrancho de combate. Valiente como los guerreros de Guerrero, como Lucio y Genaro, como los de tierra caliente y Luis Toluco Valiente, de barriada, aun en inferioridad, porque la vaselina que le puso Don Arthur en la ceja, de luego se derritió y el hilito de sangre ahora era un listón y ahí fue cuando Luis decidió el rumbo: me pueden parar la pelea por la herida, no me queda más que jugármela.

Y tras, pum, toc. Otra vez los trancazos y otra vez ese aullido de la gente, como bramido, que con la rejurgitada de cerveza o de YOLI el refresco de ahí, suena estentóreo.

El Costeñito lo llevó a las cuerdas y ahí lo tamborileó. Luis, bizco, no atinaba a salir.

  • ¡Salte! ¡Oper!, nada de lo que decía el viejo se oía. Uno y otro mandarriazo aflojó a Luis que se tuvo que amarrar. Bendita decisión porque en esos segundos de separación urdió: puro gancho al hígado, alguno tiene que dar.

Eran David contra Goliath: Luis esperando que su gancho entrara al huequito de carne; el Costeño, encastado dando y dando más en cara y cabeza que en el cuerpo ya había convertido el ojalito en ojalote.

Don Arturo iba a lanzar la toalla que en box es me rindo, no más, ya, hasta aquí, pero al ver a Luis respondiendo, la mantuvo en las manos. Error craso, porque en un buen golpe el costeño lo puso grogui que es seminconsciente. Se caía Luis, pero la maldita tercera cuerda lo detuvo y ahí, descargando tres opper asesinos el Costeño lo noqueó… y ya noqueado, la pinche cuerda no lo dejo caer. Y ahí, a un bulto, el Costeño, le soltó cinco putazos a la cabeza. Don Arturo cuando lanzó la toalla, fue inútil y tarde.  Luis que se desplomó como tronco, como flor que se corta de sopetón; el referí ya no contó y al verlo exánime procedió a recostarlo y aflojarle las cintas de los guantes. Con los ojos llorosos, Don Arturo se apersonó. De pronto se hizo un silencio en la arena-ring. El viejo le abrió el parpado del ojo bueno y lo vio sin movimientos.

Pidió auxilio ¿Cuál? Subió según el médico del ring y ordenó que buscaran una camilla. Apenado el Costeño se acercó antes que le alzaran la mano y triste, nomás movía la cabeza.

Acostado, cuan largo era, el médico y Don Arturo le aflojaron las cintas de los zapatos y con el estetoscopio el medico solo expresó:

  • Ahí va…

 

Luis abrió los ojos y el viejo vio la gloria.

  • Aah…

  • Levántelo poco a poco. El según galeno, ordenó: Po… co, a poco

Luis se sentó en el banquillo sin decir ni pío, todavía con la mirada perdida. Llegó al pendejo referí que dejó correr la acción un montón de segundos de más ¿Qué no vio el güey que Luis no caía porque estaba colgado de la tercera cuerda?; y yo idiota, hubiera lanzado la toalla. Don Arturo se recriminaba.

Luis intentó levantarse del banquillo y lo logró a medias.

  • ¿Cómo estás chamaco? Y la sonrisa le devolvió la vida al viejo:
  • Ya, ¿ya agarraron al trái–ler que me– atro–pelló?