7) La clase de deportes

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Sonó la alarma de las seis de la mañana; Iker estaba más ansioso que el primer día y la razón era simple: podría probarse en el equipo de la escuela. Se puso su ropa deportiva, bajó a desayunar junto a su mamá, quien le había hecho un huevo revuelto con jamón y un rico licuado de nuez, algo que él amaba tomar. María sabía que su hijo ya no era un pequeño niño y lo vio reflejado en el último día de las vacaciones. Obligó a su futbolista favorito a sacar la ropa que ya no le quedaba, fueron dos bolsas negras y después de ello tuvieron que hacer varias compras.

El paso de la vida nadie lo puede parar, así que decidió darle cierta independencia a Iker. Ella le dio la responsabilidad de ir y regresar de la escuela solo, desde aquel martes. Las dos últimas horas del día serían de la clase de deportes y por cada minuto que pasaba el chico estaba más ansioso. El dorsal 98 del Espanyol nuevamente quería demostrar que era de los mejores. Era el segundo receso cuando Isabel notó tanta inquietud de su más reciente amigo:

—¿No vas a comer nada? —preguntó al ver que él no tocaba su almuerzo.

—No puedo, me puede caer pesado y no me va a dejar jugar bien —contestó Iker.

—Ustedes los niños y su dichoso futbol —reprochó Isabel.

—Pero si en el primer descanso me has dicho que te vas a meter a futbol —respondió él.

—Nada más me he metido por ti. Todos saben que en futbol es donde te entrenan en serio y si me gusta; pero no voy a dejar de comer para que no me caiga pesado —contestó ella un poco enojada—. Lo que tengo que hacer para que no estés solo.

Iker cada vez más se sentía más seguro dentro de ese instituto, a pesar de ser el segundo día. Su nueva amiga le ayudó a sentir su confianza y afianzarse en ese espacio. La hora tan esperada llegó. Ambos se cambiaron sus respectivos botines y salieron al campo. El profesar Cristian Banderas ya se encontraba en la cancha esperando a sus estudiantes. Él era de mediana estatura con un color de piel amarilla y con unos ojos más o menos rasgados, parecía ser de descendencia asiática, con un pelo negro y rapado, el cual cubría con una gorra del instituto. El entrenamiento inició. Los primeros quince minutos fueron de calentamiento, primero diez trotando la cancha y cinco más de estiramiento. El campo estaba en su mejor forma y el clima era perfecto para jugar este hermoso deporte, nublado y sin lluvia. Había una temperatura de diecisiete grados, agradable e inmejorable para patear el esférico.

—Si están en este grupo, es porque están conscientes de que la exigencia física será al máximo. Este equipo, tanto en femenil como varonil y obviamente mixto, está para ganar, quiero que eso les quede muy claro —advirtió aquel hombre aún desconocido para Iker. —Cuando escuchó esto, él sabía que esto era tal cual como si fueran los periquitos y que su obligación era entregarlo todo: cada recorrido, cada barrida, cada cabezazo, cada gota de sudor—. Como en esta clase juntamos a los tres grados superiores, creo que es bueno que conozcan a sus compañeros, empezaremos con nuestro amuleto, Pamela, por favor, preséntate.

El dorsal 98 del Espanyol, al escuchar ese nombre cerró sus ojos y solo pudo imaginar a una persona. Esa pequeña niña que lo humilló dentro de la cancha y se ganó su corazón fuera de ella, aquella niña que era su foto más preciada. La ilusión que tenía por la dorsal diez de los blaugranas aún era muy grande, importándole poco la forma de ser que demostró en el reencuentro de ambos. Al abrir los ojos, fue como un deseo cumplido. Era ella, su amiga de la infancia, la cual no lo recordaba y que él quería como nadie.

—Mi nombre es Pamela Hernández, juego de medio ofensivo y de delantera. Voy en quinto año y juego en las filiales del Barça, siempre llevo el diez —dijo la chica de las pecas. Al parecer esa niña dulce y cariñosa se había convertido en alguien ególatra, egoísta y cabeza hueca. Sin embargo, Iker continuó observándole a detalle y fue por ello que Isabel le dio un ligero golpe en la cabeza para acomodarle las ideas:

—Iker ya casi te toca presentarse, pon atención y deja de mirar a esa niña —recomendó su primera amiga en el instituto y que parecía estar un poco celosa.

—Está bien, gracias Isa, ¿puedo llamarte así? —preguntó él, demostrando ya cierta confianza. Ella se sonrojó un poco y dio aprobación con su cabeza. Pasaron otros cinco niños y después de ello le tocó al central de los periquitos, luego de que pasara su nueva amiga—: Mi nombre es Iker, vengo de Madrid, soy de la filial de los periquitos y voy en sexto, soy el chico nuevo. Juego de defensa central, medio de contención defensivo y lateral —mencionó él muy confiado.

Acabaron las presentaciones y empezó el entrenamiento físico: cambios de ritmo, ejercicios de abdomen y para el fortalecimiento de pierna. Al final llegó la famosa reta, los diez minutos más intensos y divertidos dentro de este deporte. El dorsal 98 de los pericos hizo ida y vuelta, terminó marcando dos goles, nada mal para su primer día.