Lastimoso autoengaño
Ganarse las cosas por propio mérito debería ser la regla mínima de convivencia humana, pero vivimos rodeados de especialistas en la épica del esfuerzo imaginario. Gente que confunde movimiento con avance, ruido con logro, diplomas con inteligencia y estar ocupado con ser valioso. Pobres criaturas: trabajan tanto en parecer que jamás tienen tiempo para ser y pretenden vender al mundo que son poco menos que modelos de esfuerzo permanente.
La vida, sin embargo, es menos sentimental que ellos porque exige decisiones correctas, disciplina y la capacidad de mirar de frente los propios errores sin convertirlos en novelas de autoficción. Equivocarse es inevitable; lo verdaderamente patético es legitimarlo con la esperanza de que realidad se deje engañar. Spoiler: no lo hará.
Hannah Arendt lo explicó con una lucidez que hoy arde: la falta de reflexión es la fábrica más eficiente de justificaciones; el que no piensa, se absuelve; el que no examina sus actos, se inventa razones, el que compra sus mentiras verdaderas, vive en un lastimoso autoengaño. Y así, en un espectáculo digno de la rosa de Guadalupe, muchos viven refugiados en la banalidad de la mediocridad, convencidos de que su inercia es mérito y su dispersión es talento.
Mientras tanto, pierden horas hablando del otro, criticando al otro, obsesionándose con lo que el otro hace, porque claro: pensar en uno mismo es demasiado peligroso porque se equiere aceptar que soñar sin actuar es un placebo emocional. Que estudiar sin aplicar es coleccionar papel tapiz académico. Que teorizar sin ejecutar es la forma más sofisticada de cobardía.
Note usted como quienes gritan a los cuatro vientos que nunca tienen tiempo porque tuvieron jornadas agotadoras, usualmente fracasan en lo esencial, porque jamás sobresalen en los trabajos, porque sus hijos, abandonados por esas cargas, resultan poco eficientes para enfrentar la vida o porque ellos mismos deciden vivir entre el caos.
Se asumen conocedores del mundo y siempre tienen algo que argumentar, porque prefieren el discurso de relumbrón que la reflexión profunda y el silencio que refleja madurez; festejan cualquier logro efímero, aunque lo verdaderamente sustantivo está en franca decadencia. Incapaces de ver su propio desorden, pero expeditos en todo aquello que no es trascendente. Vidas falsas con éxitos de humo.
El mérito, en cambio, es brutal porque no permite disfraces. No se compra, no se hereda, no se improvisa. Se construye con decisiones correctas, con enfoque, con la capacidad de convertir cada tropiezo en escalón y no en excusa. El mérito desnuda: muestra quién trabaja y quién solo actúa; quién avanza y quién simula; quién piensa y quién repite.
Arendt diría que la grandeza empieza cuando dejamos de refugiarnos en la comodidad moral de la justificación automática. Cuando dejamos de teorizar para no hacer. Cuando aceptamos que la dignidad no se declama: se demuestra.
Así que sí, nos equivocaremos, pero si pensamos, si actuamos, si dejamos de perder tiempo en lo estéril, cada error será impulso y no lastre. La vida no premia a los que sueñan sin moverse, sino a los que construyen sin ruido, sin excusas y sin miedo.
También a aquellos que sin tanta tramoya, y de manera natural, exhiben sus logros medibles y congruentes con el entorno positivo que han logrado construir; la propia Arendt es contundente: la mentira organizada es una forma de violencia.

