Yalis

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El corazón lo traía deshecho y helado, escuché por varios días todo tipo de comentarios. Dentro de mí la agonía me cocía. Preparaba café; tenía urgencia de calentarme el alma.

No pude evitar escucharlas en el pasillo, mientras esperaban turno para entrar al sanitario. Guardé silencio y me uní a la fila. Escuché cada una de sus palabras. No supe qué decir. Quise retirarme, dejarlas, pero no pude.

Comencé a observarlas una a una. Murmuraban, reían y vitoreaban. Te decían puta y les brillaban los ojos. Gozaron tu desgracia. Estuve al punto de la lágrima. Hubiera sido mejor ahogar sus lenguas, hacerles un nudo, arrojarlas por el río. Eras el chisme de la semana.

Divulgaron a los cuatro vientos por los corredores de la universidad que en la fiesta del sábado se te subió el vino, la cerveza, el bucanas, que traías en la chamarra marihuana y cocaína; que ibas demasiado encuerada: enseñando las piernas y los senos; que Carlos te manoseo en plena pista, que saliste con él y que se te subió la falda mientras te colgaba un seno.

Quise gritarles que se callaran, sacarlas de las greñas y arrastrarlas por toda la calle, arrancarles la ropa para que enseñarán cualquier cosa. ¡Te lo juro! Pero, estoy aquí, tratando de callar esas voces de fácil, de puta, de borracha.

Nadie te pudo quitar la botella. Decirte que le bajaras. Que no te subieras al coche. ¿Quién levantó la adrenalina para conducir y tomar una curva a ciento veinte? ¿Quién? ¡Maldita sea! Estoy frente a tu féretro con mi culpabilidad cosiéndome la boca. Por mi culpa, por mi culpa, Yalis estás ahí… ¿Por qué te deje las llaves de mi coche y me fui de puta?