LLEGAR A LOS «SIN CUENTAS»
El número 50 se utiliza a menudo para expresar cantidades medianamente grandes, 50 años son medio siglo. Culturalmente llegar a los 50 se asocia con la madurez y la plenitud, con sus asegunes, eso sí. Es una etapa en la que ya sólo se quiere llenar la memoria con buenos recuerdos, con sueños alcanzados; y el corazón con emociones y sentimientos libres… silvestres. Es el momento de abrazarse a sí misma, de cuidar el continente y valorar el contenido. ¡Por fin! Sin complejos, dejando de lado el edadismo y todo estereotipo limitante. No se puede evitar lo inesperado, pero se puede esperar alegremente lo inevitable, para que te encuentre sonriente, con la mirada brillante.
A los 50 una ya sabe que el tiempo es una banda de moebius; pero que de todo ese tiempo sólo nos pertenece un pequeño fragmento, una porción racionada.
Quizá han transcurrido ya 50 o más amaneceres, 50 o más ocasos, 50, 51, 52 ó más… noches; algunas veces observando, otras tan sólo mirando; pero nunca más.
A los 50 una reconoce que gran parte de los logros alcanzados se deben a lo que personas hermosas, valiosas y generosas han invertido en nuestras vidas.
A las 50, probablemente antes, una ya sabe que como dijo el poeta, una histerectomía es un poema, un desgarrador poema de nostalgia, de dolor, de muerte; pero al mismo tiempo es esperanza, es vida, es… otra oportunidad.
50 años. Hay quienes dirán que son muchos, otros dirán que son pocos; pero solo quien los ha vivido sabe, que ya no los tiene.
Llegar a los sin cuentas es un buen tiempo para agradeSER: pero no los lujos, ni las propiedades, mucho menos un buen cuerpo. Tan sólo un pueblo, una provincia, en el pecho.

