¡Tráiganme a un cabrón! Fragmento: Parte 1 de 3
Para estas alturas del partido de la operación quedaba perfectamente bien el nombre: Operación Chucho el Roto, pues después de repartir a los pobres se justificaba el nombre de la operación. Y así era, esa era la razón. Habían encontrado por fin el chiste de la moralina, y quien más convencido estaba era el viejo.
Lo que Don Antonio García llamaba la razón que justificaba la operación estaba permanentemente en su cabeza, después de cada una de éstas, posterior al recuento de haberes y débitos, de heridos, muertos, ganancia monetaria o sangre derramada, venía el mea-culpa que se disipaba con la moralina.
Al final el bien mayor justifica la acción y la destrucción del bien menor, poner un poco de equidad en los injustos asuntos de este mundo o finalmente poner nuestro grano de arena para mejorar.
El rico-pobre enfermo como promotor principal vivía ya en razón del triunfo de las acciones del grupo y mientras, su vida se extinguía, el animus que daba razón a su existencia también decrecía. Las inyecciones quimios y pastillas que paliaban la enfermedad surtían menos efecto que la preparación –teoría– la llamaba eufemísticamente- de las acciones y tal vez la incógnita que representaba el no estar en el campo de batalla, las horas de elucubración, la espera, era la parte menos grata, pero lo demás le sorbía el seso, tanto, que a veces se olvidaba que -aún retirado- tenía que saber, preguntar, firmar lo atinente a más de una importante empresa ¿Y su unigénito hijo? Bien, gracias.
¿Qué sigue si ya no tengo tiempo? La más urgente. Y del abanico de operaciones a realizar, le sorbía el seso el regreso al país de los infelices defraudadores, Piña Nieto o Coladerón.
La historia era conocida por todo el país: gracias Andrés Manuel López Obrador, defraudando a millones de mexicanos ellos en España se daban vida de Reyes y Don Antonio buscó la manera de cuando menos traer a uno y para acabar pronto, se llevaron millones de dólares; informado el grupo de Chucho el Roto por declaraciones del Fiscal de la República, quién estaba investigando sus malos pasos, y huyeron, sabiendo que en España estaban a buen resguardo además de con toda su familia, con buenos milloncitos de dólares.
Enrique Piña Nieto anduvo por el mundo de incógnito y dándose vida de jeque árabe, dueño además de una cuenta bancaria en Suiza. Se supo, apenas, que en un yate gozó descubriendo las bellezas de las Islas del Mar Egeo, y que -como Napoleón frente a la esfinge-, doctoral, les explicó a su esposa e hijos las maravillas de la cultura egipcia.
Hasta que un día Peña tocó tierra y tuvo la -buena, mala idea- de lanzar su personal ancla en España, sin necesidad de buscar otra identidad.
Por su parte, Felipe Coladerón vivió dos meses en una posada de Toledo, hasta que de común acuerdo con el clan familiar -los muchachos tienen que estudiar, le dijo su cónyuge- se cambiaron a Madrid, la mera capital de España.
Luego vivieron en el 234 de la calle de Emilio Grahit, a dos cuadras y media del parque central madrileño. La casa que compró, funcional, bella más no ostentosa quedaba cerca de las maravillas de Madrid y por supuesto de la escuela Antonio Machado y no muy lejos de la Universidad Complutense de Madrid.
Ambos y familiares pasaron casi desapercibidos por un año tres meses catorce días, hasta una foto del mexicano -como le decían los contactos madrileños que se daban cuenta de su callada presencia-, cayó en manos del abarrotero de la esquina; aficionado al futbol, y seguidor de los avatares de su parentela en el México, Gaspar Goycochea expendedor de apetitosos comestibles, recibía de vez en vez periódicos de México, y en uno de ellos- “La Jornada”, sección nacional para ser exactos- Gaspar leyó un revelador reportaje en el que Peña y Coladeron -¡pero si uno es el mexicano!- salían peor parados que una palmera en pleno huracán.
Como buen tendero, Gaspar, quien era muy dado a las confidencias -al chisme hubiera dicho un mexicano- lo pregonó y la noticia que Peña y Coladerón vivían como príncipes y no eran precisamente un estuche de monerías llegó a la embajada mexicana y a los más amarillentos medios comunicativos de México, que por cierto inmediatamente ocultaron la noticia.
Y ardió Troya en la Capital Azteca. El incendio de indignación creció al saberse la vida de rey que ambos ex mandatarios y familiares se habían dado; no obstante éstos, preparado desde siempre, pusieron a funcionar a dos prestigiosos bufetes de abogados; uno en Madrid y otro en la Ciudad de México, lo que resultó inútil porque el gobierno Español y la Banca del país lo recibieron con beneplácito y no tenían el mínimo deseo de regresarlos a México, es más si había una ley no era muy clara -el Tratado Internacional que prohíbe- la Extradición de Presos Políticos y Acusados de Peculado en Proceso- hacía prácticamente inmunes a Peña y Coladerón, los juristas comentaron que estaba tan enredada y aunque fuera posible la maraña procesal, estaba tan llena de hilos de la cual agarrarse, que Peña y Coladerón podían dormir en paz.
Y así fue. El incendio, al paso de los meses se volvió una llamita de encendedor y los mexicanos procedieron de nuevo a gozar las bondades de Madrid.
La indignación inicial dio paso al conformismo… excepto para el Escuadrón de la Justicia, léase para los miembros de la Operación Chucho el Roto.
– Me traen a estos hijos de la chingada, o aunque sea a uno, tronó Don Antonio. Para luego agregar: ¡Y ya saben los del manejo de la investigación secreta y los vericuetos tecnológicos, por eso Luzma y Héctor a lo suyo!
– Perfecto. -Héctor aceptó el envite- Dennos 24 horas para preparar el plan, mañana a estas horas está todo.
– ¿Ya tienes el mapa de Madrid? Acertadamente preguntó el viejo.
– No, y por cierto es lo único que necesito.
– Tómalo del escritorio. No está muy grande, pero te servirá… ¿ya saben dónde viven? Don Antonio exige a Héctor con enojo.
– Aquí tengo que uno vive en el mero centro de Madrid, y el otro en una residencia de los suburbios ¿así es? ¿Entonces? A ver, calma. En INTERNET están datos hasta de más, eso hasta yo lo sé busquen todo cabrones ¡calma!, recuerden que los vamos a traer fuera de la ley ¿entendieron? Los espero mañana a estas horas, las doce cuarenta, ¿hecho? A los tres…
– Hecho.
En la tarde Ciprián se metió en el nuevo caso. Colocó en la pared las fotos de las casas de Madrid, de quién vivía ahí y hasta aparecieron tres guardaespaldas hispanos; sabía -por lo que había leído en revistas y periódicos- que sus quehaceres eran rutinarios, que vivían sin temor y que quehacer rutinario, que vivían sin temor, que habían hecho buenas migas con vecinos y cierta comunidad cafeteril de Piña y Coladerón en el bar-restaurante Las Palomas… y nada más le importó a Ciprián, lo que le urgía era llegar de incógnito a Madrid ¿y quién me acompañará? Y sin pensarlo mucho ¡Luis! Se dijo. Solo con él me acomodaría. Ya hemos estado en varios lances difíciles.

