Jugada astuta contra La México

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La aprobación de las corridas de toros sin violenciaen la ciudad de México no es ninguna novedad. El asunto está en boca de todos para la alegría de unos y el desconcierto de otros. Que la fiesta de los toros y su inmenso mundo interior son cosas que ya no pertenecen a este siglo es una obviedad. Tratar de comprenderlo y efectivamente comprenderlo es algo que supone un ejercicio de holgura intelectual muy inusual, que casi roza con lo inmoral. Escuchar a un taurino defenderse, hoy en día, es como darle la palabra al perpetrador de un crimen en un proceso judicial. Algo, legítimo y necesario, pero sumamente difícil de poder hacer con imparcialidad.

Por aquello, la decisión de eliminar los tres tercios fundamentales del toreo a pie y prohibir el uso de toda la indumentaria necesaria para lograr una lidia digna, es un movimiento sumamente inteligente por parte de la facción defensora de la medida. A una fiesta esperpéntica como la que ha quedado no irá nadie, y eventualmente su prohibición y caída en desgracia será algo fácil de conquistar a nivel político. Y es más: un escrutinio ligeramente mayor de las disposiciones deja ver que la fiesta queda desfigurada para toro y torero: los pitones de la res deberán de encontrarse debidamente protegidos para salvaguardar la integridad del torero, y que el tiempo máximo de lidia por cada ejemplar no puede superar los diez minutos.

Creo que se cae de maduro que la fiesta en CDMXquedará reducida a un teatro sin verdad que será rápidamente despreciado por la afición entendida en la materia. Un aficionado que se quiera llamar serio, vela de forma beligerante por la integridad del toro en el ruedo. Esto es, la excelencia en su forma física, el filo natural de sus pitones y la presentación de únicamente aquellos ejemplares que con su bravura son capaces de hacerse enormes durante la lidia.

El torero que se enfrenta a reses sin casta y depitones redondeados, privadas de su defensa y lucha en el ruedo desde que cruzan la puerta de toriles es un miserable. La fiesta de los toros, en estricto rigor, no es sadismo, sino teatro sin actores: es el arte del abandono total del cuerpo para producir en nosotros profundas purgas espirituales que terminan ejemplificando lo minúscula que es la condición humana, frente a la nobleza de ese animal mitológico que es el toro de lidia.