EL JARDÍN
Para Flor y Jorge, siempre
I
Miró hacia un lado del pequeño y azul jardín que tenían a un lado del fondo de la casa y reparó en que sólo allí estaba lloviendo. Meses antes había encontrado aquel lugar húmedo o inundado totalmente, aunque lo había atribuido a un riego descuidado o a una lluvia nocturna que tardó en evaporarse por ser un terreno al que no le caía el sol directamente. Pero esta vez lo diferente era que él mismo se hallaba observando la particular lluvia,mientras que afuera, en la calle, no llovía.
Se colocó debajo para sentirla mejor. Totalmente. Las gotas ametrallaron su cuerpo con inmisericordia. La lluvia dulce, leve, hasta romántica que percibió al principio se tornó agresiva, violenta, fúrica al roce de su cuerpo. A la interrupción de su organismo.
La inconsolable materialidad de su piel no lograba conectar con las razones de su nostalgia. Todo lo querido huele a algo. Algo se había ido poco a poco de su memoria. A veces la lluvia nos roba cosas, pensó.
El tableteo infernal del agua le animó a salirse. Se había quedado clavado bajo el martilleo feroz sin pensar en nada, nada más en sentir. Su dolor sabíase inhumano. Su humanidad resentida no apeló al esfuerzo sino luego de un gran tiempo celeste y morado. Mil palmas aporreaban sus espaldas. Logró desasirse del torrente sólo para comprobar que ahora lloviznaba. Entonces concluyó que su presencia hacía parir a las nubes y barbotó temores inconfesables.
Ya antes había intuido algún desliz del agua en aquella parte de la casa. No la de los días anteriores, sino hacía muchísimo tiempo. Dos o tres veces al menos. Sintió un gran ruido y fue precipitadamente al jardín y encontró un charco negro tan grande, tan apestoso. Al principio le repugnó, no quiso acercarse pues la hediondez causaba arcadas y nunca le había gustado vomitar. De por sí el aspecto mortecino y azul del jardín despertaba una nostalgia angustiante para que aquella vez la sensación se intensificara. Hizo un supremo y sagrado esfuerzo, y entró en la poza. En lugar de irse se adentraba. La peste lo succionó veinte centímetros, no podía caminar con facilidad y cada vez parecía que se hacía más hondo.
El vómito se hizo inevitable, la mancha negra lo devoró ávidamente. Se arrepintió de haber querido descubrir lo que había en la charca, en ese barro tan espeso, tan lardoso, cuya pestilencia envolvía la vida y latigueaba el ánimo. Sus latidos se aceleraron. Sonaban fuerte. Su cuerpo parecía una adolorida caja acústica. El andar de su corazón le llenaba los oídos, pronto sintió una pena tan grande que lo inundaba. Sin embargo, apoyándose contra unos arbustos utilizando la cabeza, llegó a franquear laciénaga. Se tendió en el breve espacio de césped que quedaba del otro lado del insólito pantano y se quedó dormido.
Un desconocido peso oprimía su lado izquierdo. Una tristeza infinita le doblegaba. Soñó. Soñó que era fuerte, que hablaba con propiedad, muy poco, pero sus órdenes, no, sus disposiciones, mejor dicho, se cumplían a cabalidad. A sus efímeros cuatro años, extrañó a sus tres hijos. Soñaba. ¿Cómo serían? Muy probablemente se le parecerían en lo temerario, en lo curioso, en lo callado. Desvarió. Volaba. Cruzaba los aires con quien más quería. Miraba todo desde arriba y lo veía grande. Sus ojos detectaban intensidades en los colores que antes eran siempre tenues. Y su nariz recibía millones de estímulos deliciosos. Podía escuchar mejor que de costumbre. El jardín tan añil había quedado lejos. Él no quería distanciarse demasiado, necesitaba la casa. A fin de cuentas, era la única residencia que había tenido. Se vio poderoso y bueno, pero no deseaba contar con los sentidos tan desarrollados si su hogar iba quedando atrás. Un frío grande le entumeció las extremidades y los párpados se hicieron pesados y luego tuvo una especie de calambre. ¿Todo esto era parte de su fantasía?
II
Aquella vez, se despertó y se halló sucio, deslucido. Era tarde, el barro había desaparecido; no obstante,el jardín continuaba pareciendo un paraje morboso y marchito.
Aquella vez, cruzó con celeridad la leve fosa que dejara la miasma en el césped y regresó a la casa. Durante su sueño, el abuelo se había ido, así decían los demás mientras se miraban desconcertados unos a otros. ¡Lo habían abandonado! Él lo sabía. Y era tan viejito y muy bueno. Por lo menos con él estaba seguro de que era bueno. En las tardes jugaban hasta que el anciano se cansaba y se quedaba dormido sentado en una silla, sin que nadie lo cubriera. Sus zapatos gastados con los pasadores raídos y los calcetines deteriorados ayudaban a que le entrara el frío por los pies. Él se sentaba a su lado, un poco por amor, otro por miedo. Otro poquito para protegerlo del frío. El abuelo había muerto y todos los que nunca vinieron a verlo ahora lloraban o se lamentaban, algunos de verdad, otros fingían. El remordimiento y las culpas llegaron en tardía visita.
Había muerto y él no había estado presente. ¿Acaso alguien más podía en realidad saber lo que el abuelo habría deseado para su funeral? Esa camisa no le gustaba, todas eran del mismo color, pero él prefería la otra. ¡Esa corbata tampoco! Siempre se quejó de lo estrecha que era.
Y se lo llevaron y nunca regresó el abuelo.
Cuando murió la abuela fue igual. Pocos iban a verlos. Y cuando se enfermó y murió ajena en un hospital donde él no podía entrar, llegaron a presentar lamentos.
La abuela era amiga de las plantas y de los pajaritos. Les dejaba alpiste y agua para que se alimentaran. Él a veces se tomaba el agua. El agua, siempre el agua. Los pajaritos que eran amigos de la abuela venían a buscarla cuando ya se había ido, día tras día, hasta que se cansaron. Tal vez la extrañarían. Igual que sus plantas.
Los pajaritos que visitaban el jardín poco a pocodejaron de asistir a sus recuerdos inútiles. La voz amable de la anciana que les repartía comidita ya no se oía y sus días eran monótonos. Algún vecino le echaba de menos de vez en cuando. Y la lluvia también. Nunca iba al jardín cuando llovía solo allí. Recordaba la muerte de sus viejos adorados. Pero ahora no pudo aguantarse al volver a toparsedespués de días con la masa de agua que lo buscaba y fue a su encuentro. Ahora había comprobado que él hacía nacer el agua al ir hacia el jardín. Y había constatado que esta se tornaba negra. No siempre lo había ocasionado, pero sí en los últimos tiempos.
Los pajaritos eran leves cintas que el viento paseaba a su antojo con colores indefinidos. Quiso ser una frágil cinta. Quiso verse frágil por un instante. El jardín y el agua debían ser buenos amigos. Pero sintió que no siempre fue así.
El barro empezó a crecer raudamente. El frío comenzó a calarle los huesos. La lluvia no le caíaya, pero cuando quiso regresar a la casa halló la puerta cerrada, el lodazal lo perseguía e iba creciendo, le llegaba hasta el vientre. La fiebre lo dominaba y empezó a soñar despierto. Ya no voló esta vez. No habló. Sus sentidos se confundían todos. Oía al oler, temblaba al mirar. No fue poderoso. Habría querido serlo para revivir al abuelo, para volver a ver a la abuela. Habría querido ser fuerte para arrojar a los aprovechados que se llevaron todo. Habría querido tener zapatos y calcetines nuevos para abrigar los pies de quien más quería. Soñó.
La luna lo iluminaba todo. Luz de luna por todas partes; sin embargo, calor. En aquel país de los sueños el frío no existía y allí sí que se podía andar desnudo. El abuelo reía, pero él no lo encontraba. Por escucharlo, veía. Por verlo, lo olía. Sí, ese era el olor del viejo y su risa. Anduvo un lapso muy breve hacia donde venía la voz. Mientras, el barro llenótodo el jardín. El jardín tan índigo. Desde el muro que lo rodeaba hasta la puerta. Tan azul. Luego, pausadamente, en toda la noche, se fue retirando, hasta desaparecer.
III
Un vecino que había planeado llevarse la mesa del comedor de los viejos, que, aunque desvencijada,podía ser compuesta y barnizada, encontró su cuerpecito rígido al pie de la puerta que da al jardín.Había logrado abrirla con las uñas y con los dientes. Tal vez ya dormido, ya delirando.
El jardín estaba seco. Solo él estaba empapado. El vecino salió de la casa, regresó con una lampa, cavó un buen rato y en una pequeña fosa lo tendió boca arriba. Sus cuatros patas parecían arañar las nubes.

