Invocaciones peligrosas

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Nada debiese ser más satisfactorio que vivir la vida con intensidad; enfocarnos en lo positivo que construimos y vivimos, sacando el mayor provecho a cada experiencia, cada evento, cada circunstancia que nos forja y da experiencias.

La felicidad, en el sentido más noble, se considera una meta deseable y un componente de los seres humanos con vida plena.

No obstante, hay personas que, si no están sufriendo, sienten que no existen; para ellas, la vida es una eterna tragedia griega, pero sin la parte noble, donde todo lo que les ocurre es injusto, terrible y, por supuesto, culpa de los demás. Cualquier inconveniente se convierte en una catástrofe, cualquier resfriado es casi una enfermedad terminal, y una mirada indiferente basta para acusar al mundo entero de crueldad emocional.

Estas almas incomprendidas han convertido el victimismo en una especie de arte dramático; no es que tengan problemas, que todos los tenemos, es que los suyos son más grandes, más graves y, evidentemente, más interesantes que los del resto. 

Si les cuentas que tuviste un mal día, te responderán que el suyo fue peor, que nadie los entiende y que, además, probablemente tienen una enfermedad rara sin diagnosticar. Todo sea por mantenerse en el centro del escenario emocional.

Algunos incluso dan un paso más allá y, con gran creatividad, se inventan dolencias, conflictos o traumas, no tanto por malicia, sino porque parecer una víctima profesional da ciertos beneficios: atención asegurada, exoneración de culpas y una excusa perfecta para no hacer nada productivo. ¿Para qué asumir responsabilidades si siempre hay alguien más al que culpar?

En ambientes laborales o familiares, estas personas pueden agotar hasta al más paciente, pues siempre están pasándola mal, necesitan comprensión constante y, si no reciben la dosis diaria de atención, se sienten marginados. 

El drama se convierte en rutina, y esto satura a los grupos de interacción cercanos porque cualquiera se cansa de ofrecer apoyo cuando ve que no hay intención de mejorar, sólo de seguir alimentando al personaje.

Curiosamente, este victimismo también sirve como armadura contra la autocrítica; si todo me pasa a mí porque el universo me odia, entonces no tengo que revisar mis errores ni cambiar nada. Posición muy cómoda, ¿no? 

Mientras tanto, los verdaderos problemas siguen ahí, enterrados bajo capas de quejas, exageraciones y falsas dolencias.

El peligro llega porque la mente es muy poderosa y es tanta la necesidad de sentirnos mal, que en una de esas el universo hace justicia y acabaremos padeciendo todo eso que presumimos a los cuatro vientos tener; versa el adagio, hay que tener cuidado de lo que deseas y, por ende, de lo que verbalizas.

Invocaciones peligrosas pueden generar resultados graves e irreversibles.

Actuar con inteligencia significa no caer en las garras de estos personajes, la clave está en reconocer la diferencia entre quien sufre de verdad y quien sufre con fines decorativos. A veces, lo más sano es no seguir alimentando el drama ajeno, sino poner límites claros. 

Al final, todos tenemos nuestras batallas, pero no todos sentimos la necesidad de montar una obra de teatro para contarlas.

horroreseducativos@hotmail.com