OCTAVIO PAZ Y CARLOS FUENTES

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Importante en el plantearnos cuál es el papel que los escritores tienen en el mundo de la prensa nacional y mundial, ello obliga a revisar el comportamiento en el siglo XX de dos paradigmas de nuestras letras, pero también del mundo de la prensa en nuestro país. Octavio Paz, una literatura —como la llama Cristopher Domínguez Michael—, permite visualizar un tema que no sólo toca los géneros literarios clásicos, sino que extendiendo nuestra visión al mundo del periodismo plantea las mismas reflexiones al comportamiento del bueno y noble articulista, reportero, entrevistador o fotógrafo. Octavio Paz expresa en el libro Contrapuntos / ½ siglo de literatura Iberoamericana preparado por Danubio Torres Fierro. Dice el premio Nobel de Literatura mexicano, ante la pregunta que le hace Danubio: ¿Le gustaría ser un escritor totalmente aceptado y digerido? Sería la muerte en vida. La verdad es que no me desagrada, lo confieso, ser incómodo. Un escritor debe serlo siempre, sobre todo frente a sí mismo y su obra. La complacencia es uno de nuestros peores y más insidiosos enemigos. Podemos traicionar nuestros dones más ciertos cuando, seducidos por la publicidad, queremos complacer al público y convertirnos en best Sellers. Casi todas las obras que cuentan han sido hechas frente e incluso contra la mayoría y sus gustos, su moral, sus opiniones. El culto al éxito y al mercado castran al escritor. Y peor aún es la autocomplacencia ante nuestra obra. Es una tentación muy difícil de vencer, pues cuenta con la complicidad de nuestro narcisismo, enfermedad profesional de los escritores. Convertirse en imitador de sí mismo es una forma del suicidio literario. Otro peligro de la complacencia es la obsequiosidad ante las academias, las instituciones y, muy especialmente, ante los poderes públicos. Es un peligro mortal pues nos condena a la momificación en vida

Esto que dice Octavio Paz es para todas las actividades del ser humano. Es una necesidad entender que lo mismo para la poesía que para el periodista, el ser heterodoxo es una obligación que transformas la profesión del narrador o del reportero. El periodista y los escritores que han participado en el mundo de la prensa, ya informativa o formativa han sido y son importantes porque lo escrito en el día a día o en el semanario o revista mensual, obliga a buscar decir lo que es cercano a la verdad de una realidad que está ahí, pero que los intereses de los gobiernos, de los poderes económicos y de carácter ideológico plantean como el camino de los borregos, que deben transitar por donde se les dice sin chistar. Contra ello hacen bien los poetas que participan en el mundo de la prensa ante la opinión pública: por ello, revistas como Sur, Plural, Vuelta, Nexos, Letras Libres y todos aquellos suplementos dominicales de grandes periódicos como New York Times o Washington Post cada domingo son esperados como si de descubrir el tesoro fuera.  

De la heterodoxia del escritor y del periodista que ama su vocación surge la verdad de los pueblos. Por eso, no es fácil encontrar periodistas que hayan dejado huella permanente en la prensa de sus países o del mundo. Para México es cierto, Martín Luis Guzmán, José Pagés Llergo, Fernando Benítez, Manuel Buendía, Julio Scherer García, Miguel Ángel Granados Chapa, y articulistas que destacan por traer el mundo de las letras y de la cultura como Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, con el fin de enriquecer la visión, de una sociedad que se reconoce compleja, extensa y profunda. Ajena por lo tanto a toda dictadura de la moda o de las armas. Si la complejidad y la heterodoxia para el mundo del periodismo mientras más extenso y participativo es, más ha sido para enriquecer el panorama de México, que en su pluralidad y ajeno a la acomodaticia manera, de vivir de lo que se recibe por fuera del salario: para convertirle en un ‘sofista’ de quinta, que aspira a ser todo, menos la expresión cierta del periodista, que es hereje porque su profesión a eso le obliga. Ser ajeno al statu quo, de esta manera de cientos que andan en el periodismo o en la literatura, se quedan lejos de convertir su nombre en un referente como sí sucede en la prensa con los nombres citados o, en el caso de escritores brillantes, como se da con Octavio Paz, como ensayista, creador de proyectos editoriales y poeta o de Carlos Fuentes como narrador, pero también excelente columnista o ensayista. Todo ello enriquece el mundo del periodismo con voces como la de Héctor Aguilar Camín y los referentes de la revista Nexos donde destaca Ángeles Mastretta, por ejemplo. En el texto de Danubio Torres Fierro, hay referencia a Carlos Fuentes, que para este escrito me sirven de referencia junto a Octavio Paz. Porque no se puede negar que algo o mucho tienen que ver con los periodistas, como amigos o compañeros de profesión. 

Martín Luis Guzmán es tan buen periodista y editor, como narrador de la buena literatura generada por la revolución de 1910.  En este caso, de Carlos Fuentes (1928-2012), dice Torres Fierro: Creador, intelectual y hombre de letras, desarrolló estas características en la ficción y en el ensayo, y también —y cuánto— en el decir: su palabra se expresaba de manera espontánea y sus pausas. Desde esas bases se alzó a la estatura de una figura: un animador que observaba, opinaba y agitaba. Creo que el novelista da una voz a quienes todavía no la tienen y un nombre a quienes son anónimos. En su caso, esa afirmación adquiría visos de Cotrina: en la suma de Fuentes lo que primero llama y seduce es un trasfondo tumultuoso y una escenografía abigarrada en donde se inscribe un destino individual en procura de una busqueda existencial que pareciera sólo ganar cuerpo en el destino común y de todos.    

Por eso los poderes constituidos de la política y la economía, de las ideologías o religiones le tienen tanto temor a los intelectuales, científicos, artistas y periodistas. Porque unidos estos perfiles del quehacer humano se convierten en herejes de toda propuesta autoritaria o hegemónica, por decir lo que es la vida y cómo debemos de comportarnos ante ella. Los que dictan reglas, más pronto que tarde, terminan desde sus púlpitos del autoritarismo derrumbándose; más pronto que tarde, sin duda alguna, así lo dice la historia. Y de ello están atentos los honestos periodistas, son ellos los que tienen la tarea diaria, semanal o mensual de trasmitir el pulso de la misma; sabiendo que se cuenta lo que es y, no lo que se quiere hacer saber por mandato. A pregunta, que hace Torres Fierro: Pienso y me acuerdo de Cristóbal Nonato, donde el Distrito Federal se vuelve algo así como la capital del subdesarrollo. Pero ese infierno se lo trasladas, ahora, a Los Ángeles y Miami. Los escritores —dice Fuentes— no debemos de ser profetas sino exorcistas. Pero en esa novela, publicada en 1985, está descripta la desintegración de la Unión Soviética y, poco después y en el curso de la misma narración, los Estados Unidos comienzan a desmembrarse en una serie de repúblicas del cinturón del Sur… Profecía aparte, es indudable que estamos en el nacimiento de un mundo nuevo: se acabó ése, ideológico y helado, con teorías y frío en los huesos, en que nos debatimos a lo largo de cuarenta años. ¿Cómo será ese mundo nuevo? Las crisis —toda crisis— requiere imaginación. Y somos los escritores los que tenemos que ponerla ¿no te parece? 

El poeta, el novelista, el ensayista, el dramaturgo o el periodista en sus diferentes vertientes tiene esa responsabilidad: poner imaginación y herejía, para no permitir que la vida le atropelle con toda su fuerza hasta convertirlo en una persona momificada, de la cual habla Octavio Paz, o que en palabras de Carlos Fuentes, hombre de extensa y profunda cultura podía ver a México tal cual es, y no en el imaginario de la ilusión que llevó en aquellas primeras décadas de la postrevolución a imaginar un país ya alfabetizado, viviendo en la justicia social de la ideología dominante o en el progresos del ‘desarrollismo’ que se rompía ante la película de Los Olvidados del director español radicado en México Luis Buñuel, o retratado en su pobreza y convivencia paupérrima, en la obra antropológica escrita por Óscar Lewis titulada Los hijos de Sánchez.