Nepantla
Querida Juana:
Me he sentado, con el lápiz y la hoja de papel para escribirte, para decirte cuánto has movido esta voluntad sedienta de saber para ignorar menos.
Mientras te escribo, un coro de pájaros se ha alborozado para dictarme lo que tengo que preguntarte… ¿Dónde estás querida Juana? Porque en mi corazón y en mi alma has estado desde hace muchos años.
Esa imagen que te distingue, es una solemne magnificencia, un místico enigma que, cuando te miro, me pregunto en qué momento influiste mi espíritu.
A mis veintitrés años, en las barrocas aulas de la facultad de Filosofía de Querétaro, leyendo con intensidad el poema Primero Sueño, una ráfaga etérea pasó sobre mi cabeza. El desconcierto fue colectivo, porque mis compañeros de clase, escucharon un ruido que se impactó en los muros. La maestra que coordinaba la clase dijo:
– ¿Estás bien?
La expresión de mi rostro y mi silencio, fueron una respuesta que me llevé a casa quedándose en el sueño de esa noche.
Han pasado los años y te he seguido a través de la lectura de tu obra, me he permeado de todo lo que se refiere a ti, sin embargo, ahora que estuve en Nepantla, el lugar donde naciste, busqué entre las calles, en el olor a tierra, entre los árboles, en la atmósfera de tu recinto, en el busto del jardín, en cada sitio: la esencia de tu ser.
Has sido mi madre literaria, la niña que me hermana, la mujer que me cimenta, la musa que me inspira, el ave fénix que me hace renacer, la maestra que me enseña.
Estoy frente a ti, en el lugar donde naciste, en tu casa, en tu templo y las emociones me invaden, como aquella vez, que te leía:
Piramidal, funesta de la tierra / nacida sombra […] punta altiva, / escalar pretendiendo las estrellas’ (vv. 1-4).
Querida Juana, ¡Niña Juana!, ¡Juana poetiza! ¡Nepantla! ¡Gracias por recibirme en tu casa!

