Cuaderno del Centro Toluqueño

Views: 553

La fortuna hace que en el número 16 del mes de agosto de 1984 de nueva cuenta encuentre a don Poncho Sánchez García, del cual dice la ficha que publican los editores lo siguiente: Alfonso Sánchez García, Cronista de la Ciudad de Toluca, es autor de múltiples libros: Historia elemental del Estado de México, El Barrio de San Juan Chiquito, La Plaza González Arratia, El Paseo Colón, Toluca del Chorizo, Toluca del Toloache, Uso y abuso del vocabulario prohibido en la literatura, etcétera. Poeta, periodista, actualmente es subdirector de Patrimonio Cultural del Estado de México. Fue en ese cargo dentro del Gobierno del Estado que tuve la fortuna de trabajar cerca de él, al ser coordinador General de Cronistas Municipales, como he escrito, puesto de la administración pública que me hizo comprender la microhistoria bajo la mano de don Poncho quien fue maestro y conductor para llevar a cabo las Monografías Municipales de diciembre de 1985 a septiembre de 1987

En este caso, su breve ficha, para quien ha llenado miles de páginas en el mundo del periodismo mexiquense. Para quien fue maestro de periodistas, que en charlas han reconocido que fue el Profesor Mosquito, quien les diera el consejo que se dedicaran a la profesión de periodista, pues tenían el perfil para serlo. Normalmente tuvo siempre el acierto me lo expresan al señalar el orgullo con que hacen su trabajo día y noche. Escribo de periodistas que lo mismo fueron o son directores de periódicos o revistas, que hacen la labor de reporteros, columnista en la entrevista y hasta en la fotografía. Su ojo especializado sabía darle ánimo a todo aquél que pasaba por su vida, Por eso es inolvidable el Profesor Mosquito.

Me alegra encontrar en Cuadernos del Centro Toluqueño de Escritores a don Poncho, o al cronista Javier Ariceaga, pues con ello deambulan por el mundo de las letras, a las cuales pertenecen con toda justicia. Cito al escritor que es: Una pirámide de comida / tanto para corroborar la antigua fama del chorizo toluqueño, como porque resulta oportuna su mención, no resistimos traer a cuento la ocurrencia gastronómica más sensacional que registra la historia de la Nueva España. Se trata de la espectacular pirámide gastronómica que, en 1713, el Duque de Linares, Virrey de la Colonia, hizo levantar en pleno Zócalo de la Ciudad de México con el fausto de que a España le acababa de nacer el segundo de sus Reyes de la Casa Borbón, el infante don Felipe Pedro

Registro de acontecimientos históricos, pero a la vez, la ductilidad de contar cosas del pasado con prosa ligera y bella. Nada es mejor que la prosa que no es grandilocuente, no sólo la prosa, también el lenguaje de la poesía. Nos relata Sánchez García: El espléndido Duque de Linares quiso que todas las regiones de la hermosa y feraz tierra novoespañola, estuviera representada en el fabuloso Monumento a la Gula —como dieron en llamarlo los escritores festivos de aquellos días—, por medio de sus más apetitosos y característicos productos para la mesa”. ¿Tiene que ver esto con la Toluca de no más de unos cuantos miles de habitantes? Pensar en el contexto de esos días debe hacernos meditar si Toluca sólo era recordado por su chorizo y el maíz que producía, siendo granero para el centro de la Nueva España, que controlaba la economía de este país tan rico, pero del que no quería saber que pusiera en jaque a la propia España, soberbia y orgullosa de aquello que dominaba sin pena y con crueldad cuando era necesario. Escribe: El culto maestro Don Alfonso Méndez Plancarte, en su introducción a la antología “Poetas novohispanos”, nos habla de la pirámide nutritiva que despertó el regocijo y de seguro también el apetito de cuantos la vieron: El día séptimo de las propias fiestas —dice el maestro Méndez Plancarte— el Virrey ofreció al “popular alborozo”, una pantagruélica Pirámide Gastronómica, en nuestra Plaza Mayor; y Fray José Gil nos conservó esas octavas anónimas sobre el opíparo Paraíso de la Gula, cuya descripción cantó, no sin sal, un curioso… España y México, dos pueblos que aún en el sufrimiento saben cantar, gozar de la vida que nace cada día. 

Don Poncho capta esta alegría y la pone en sus palabras que cantan y hacen imaginar cómo era el escenario de esa gran montaña de alimento. Cosa no menor el tal recuerdo, cuando la pobreza y el hambre era cosa cotidiana para el pueblo que se componía sobre todo de indígenas y otras clases o razas que se mezclaban hasta dar condiciones sociales de lo más disímbolo en un reino que buscaba contar con mano de obra regalada y, con una clase en la punta de la pirámide social que reinara por todos los siglos por venir. Sigue el cronista municipal de Toluca: Notables por la solemne jocosidad —en su factura clásica de gallarda versificación y primor expresivo— y por su costumbrismo novohispano, que consagra los chorizos de Metepec y Toluca y enriquece nuestra frutería poética… La imaginación literaria del cronista de Toluca es grande y nos la hace ver tal sólo con sus palabras. Es todo don Poncho, pero sobre todo, es escritor, palabra mágica que en el sendero de Jorge Luis Borges, lleva al escritor a crear mundos reales o imaginarios, mundos inimaginables y no sólo la realidad que trae por igual un relato o una crónica como la que cuenta, es una orgía de placeres y gozos cuyas repercusiones debemos imaginar en el contexto histórico de aquel siglo.

Escribe: Ahí habrán ustedes encontrado ya a nuestro chorizo, en la monumental pirámide gastronómica con la que el Virrey quiso significar lo providente de las ubres naturaleza de nuestro país. Los comisarios de aquellos tiempos reconocen que: “gran parte del aparato se formó con productos salidos del valle de Toluca”. Y que … el pirámide (sic)… con cosas comestibles… costó cuatro mil sesenta y tres pesos ”¡De los de entonces!” pensemos en fiesta en donde <<¡se tiró la casa por la ventana!>>. Mucho que leer de Sánchez García, en lo que parece es la broma, que todo buen escritor deja a la posteridad: “Me deberán de leer cuando ya no esté en el mundo” decía más o menos Marcel Proust. Y tendrán —dice el “profesor Mosquito”— que hacerlo, para comprender lo que por escrito dejé. Así pasa con él, pues no fue sólo el cronista que destaca por libros que definen a Toluca: gastronomía, urbanización y relaciones sociales, en monumentos, o de cosas que se hace la convivencia social en una ciudad que comienza con constancia a ser parte de la República de las letras. 

Jocosamente prosigue: Parece que los chorizos toluqueños, formando en la pirámide el más sustancioso festón que jamás adornara monumento alguno, dejaron muy impresionados a todos los espectadores. El poeta que escribió, inspirado por las musas de la golosina, su canto al “paraíso de la Gula” se entretiene en armar una octava de antología, realmente parnasiana, sólo para hacer el elogio del chorizo, dice: “Cuanto ganado a espaldas de la nuca / cuchillo sufre, que su aliento beba, / plato aquí fue de popular boruca, / si desquite a la mano que lo ceba. / Desierto Metepec, yerma Toluca, (—moderna Extremadura a España Nueva—, Lloraron, imitando ondas del Nilo, / las sartas de Chorizos, hilo a hilo”. ¡Qué tiempos aquellos! Ante tales espectáculos. No debemos espantarnos o admirarnos ahora para estar entre los record Guinness se puede lo mismo hacer el taco más grande de barbacoa que la hojaldra del Día de Muertos y la rosca del Día de Reyes. A los mexicanos en el mestizaje que somos no nos falta imaginación para hacer del recuerdo de aquella pirámide entre los escenarios de pobreza extrema, la posibilidad de en un solo día vivir la opulencia hasta el cansancio o el hartazgo de tanto comer y comer hasta la indigestión. Gula, palabra mágica que habla de aquellos fiestones que todo pueblo en su momento mejor vive. Aunque al otro día sea la miseria y el hambre la que le caiga encima. Hay mucho cronista por estudiar y aprender en sus textos de cómo se formó un gran escritor.