LOS TENDEDEROS

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Todos hemos mirado los tendederos cientos de veces.

Hemos visto ondear al aire multicolores prendas pellizcadas por lazos que tienen altísima garrocha. Tal vez nos hemos tropezado con uno de ellos y nos hemos enmarañado el rostro con la ropa mojada, ahí en aquella vecindad donde se entrecruzan decenas de lazos prendidos de ropa en todas direcciones.

Quizá hemos mirado como el viento usa como papalote aquel blúmer de abuelita, inflándolo primero y luego arrancándolo de su precario sostén, para, ya suelto, lanzarlo a alcanzar la nube, sólo logrando aterrizar en la azotea del vecino.

Todos hemos visto un tendedero, pero lo más seguro es que lo hayamos visto en rápidos pincelazos, en ráfagas momentáneas e imprevistas de nuestro vivir, sin detenernos con cuidado, con la paciencia que prohija la reflexión y que es, la que nos da otros rostros del mismo panorama. Sucede como en lo común y cotidiano que por imaginar saber que es, ni el pequeño esfuerzo de pensar nos hayamos tomado.

Dicho lo anterior ¿ha visto usted como en el tendedero se ponen a secar a toda luz, a la vista de todos, las prendas íntimas? En el asoleadero está sin pudor alguno la verdad escondida. Es cierto que la ropa se lava en casa, pero es verdad también que esa ropa, al secarse, se tiene que mostrar en el tendedero a los cuatro vientos de la realidad y sin tapujos.

El tendedero: treinta espantapájaros mojados. Treinta prendas que cubren nuestras desnudeces, cincuenta pinturas sólidas, con caretas, suéter, un mantel con grecas de colores y escondidas entre los rincones del sol las pantaletas. 

Prendas, caparazón de la sutil piel y que al ser garra o gala dejan ver la economía de quién las usa. ¿Cuánto tienes, con qué te cubres? ¿Y no ha notado que además de la posición económica en el tendedero se reflejan la condición social, los gustos, la edad del dueño de la prenda y hasta la profesión? ¿Quién usará aquella playera que en el pecho lleva pintado el escudo de la UNAM, o a mí me la pelan? Seguramente no el abuelo de la casa, ¿Quién usará aquella elegante prenda con la firma de un modista extranjero en la parte superior derecha? Seguro una dama que se deja llevar por las apariencias.

¿Ese mandil como de taquero? ¿Qué pequeño gateador usará ese pañal?

El tendedero es como una fotografía para leerse. Todo un tratado sobre las personas. Al ver las prendas campaneándose, con paciencia puedes elucubrar y, más que adivinar, llegar con certeza a válidas conclusiones.

Pero el tendedero es más que eso.

Es más que airearse la ropa, más que secarse lo mojado de las prendas; es todo un caos de colores, dimensiones, formas y pinturas. Es un caleidoscopio que el viento mueve infundiéndole vida; ahí está ese pantalón topeteando a aquel fondo femenino como queriendo poseerlo en un frenético caos sexual. O esas medias que se inflan pasando cerca del pesado overol de obrero, y haciendo que se infle por donde está la bragueta, y el mandil rosa de la sirvienta que, tratando de huir del pantalón del patrón, se enreda en el lazo.

¿Quién puede imaginar que al azar colocó tantas prendas juntas? Con el ligero vientecillo que las mueve, parecieran los fantasmas de la casa despertando. Cuerpos descabezados, sin brazos, ni piernas, que quieren escaparse para caminar solos, para moverse sin ser humano dentro, para juguetear por todo el patio de la vecindad. Seres inanimados que a la mejor cobrarán vida a las tres de la mañana. Actrices y actores que con un soplo de vida de pronto actuarán por sí, trozos de tela bailando al unísono, como película animada de Disney. Un zapateado jarabe tapatío bordeando la cloaca del centro de la vecindad, bailando a todo ritmo.

Nuestra ropa moviéndose sola en el milagro de la animación de la materia: aquel pantalón que camina sin necesitar el impulso de esas jóvenes piernas, el vestido entallado, de caminar cimbreante, paseando como un pavo real: el oscuro ancho vestido tomando al lavadero como plaza propia y moviéndose como su dueña en la agacha o levanta el restregar furiosamente la ropa.

Pero, cuidado, que el tendedero no sólo contiene ropa de humano mortal; también se airean y dan su salutación al padre sol aquellos trapeadores que como borrachos en cura dejarán momentáneamente su continua humedad para limpiar un poco su cuerpo. Esa toalla que al influjo del agua y el jabón acaba de dejar en líquido achocolatado toda la mugre del mundo. Ese regio mantel que apenas antier recibió gotitas de mole y manchitas de pastel de fresa y que necesita estar nuevamente de gran gala, de pipa y guante para una nueva celebración.

Ahí en el tendedero cabe de todo: unos guantes de lana, los calcetines otrora olorosos, unos blanquísimos zapatos tenis. Ahí, en esa incompleta carpa de circo que como mástil central tiene a la garrocha, mandan invisible vaporcito al cielo nuestras prendas queridas que después de su baño de agua reciben su baño de sol.

Ahí queda nuestro tendedero multicolor esperando que venga un viento que, infundiéndoles vida, los ponga a bailar.

Tatatatan ta tatan tatata.