Retórica estéril

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Cada 16 de septiembre, como si fuera misa de domingo, se alzan las voces institucionales en un ritual de solemnidad fingida. El podio se convierte en altar, el micrófono en incensario, y el funcionario de turno en sacerdote del patriotismo reciclado. ¡Mexicanos!, exclama con voz impostada, como si el vocativo fuera suficiente para convocar la épica. 

Lo que sigue es una letanía de frases prefabricadas: herencia de nuestros héroes, valores que nos dieron patria, unidad en la diversidad… y otras joyas del catálogo de lugares comunes, que lastimosamente siguen teniendo eco en aquellos que no hacen un análisis profundo de la realidad.

El público aplaude por reflejo, no por convicción; algunos bostezan discretamente, otros revisan el celular bajo la mesa, y en paralelo, el o la oradora en turno sigue adelante con un discurso blindado por la impunidad (o cinismo) de costumbre. 

Se habla de libertad, aunque se ignora que muchos siguen encadenados a la pobreza, a la corrupción, a la ignorancia institucionalizada y, de un tiempo para acá, a la censura gubernamental.

Se menciona la justicia, mientras se premia al mediocre y se silencia al incómodo; se invoca la educación, pero se olvida que el aula es campo de batalla entre la vocación y la burocracia; entre el compromiso y la simulación; entre la pasión y la apatía; entre los deseos de ser mejores y las limitantes estructurales.

Los oradores, con trajes planchados y sonrisas ensayadas, se emocionan al citar a Hidalgo, Morelos y Allende, como si el nombre bastara para invocar la virtud; pero los muy ignorantes, a personajes emanados de su imbecilidad como Josefa Ortíz de Pinedo.

En cualquier caso, no hay congruencia entre el verbo y el acto; la independencia que se celebra es más decorativa que real: se ondea en banderas, se canta en himnos, pero no se vive en las decisiones. Se habla de soberanía mientras se negocia la dignidad en tratados, se privatiza la esperanza y se empeña el futuro.

Pero no sólo desde las altas esferas, también encontramos una retórica estéril desde nuestras propias trincheras; somos defensores de la patria, pero no somos capaces de tirar la basura en su sitio y preferimos arrojar nuestros residuos en las calles del país que decimos amar; nos molestan las injusticias sociales, pero no movemos un dedo por el de enfrente; nos quejamos de que el dinero no alcanza, pero falto a mi trabajo cuantas veces quiero por cualquier pretexto. 

Invariablemente, nuestros festejos concluyen con un ¡Viva México! que suena más a consigna que a convicción. El aplauso es automático, la ceremonia termina, y todos regresan a sus realidades: el político a su estrategia, el maestro a su frustración y el ciudadano a su resignación. 

La patria, mientras tanto, sigue esperando que alguien la celebre con verdad y no con protocolos.

Porque en estas fiestas, lo que abunda no es la memoria, sino la amnesia selectiva. No se honra la historia, se maquilla, no se convoca al cambio, se entretiene. Y así, año tras año, seguimos celebrando la independencia con discursos retacados de hipocresía.

Lo peor, y citando al ufólogo mexicano Jaime Maussan: Nadie hace nada.

horroreseducativos@hotmail.com

Cada 16 de septiembre, como si fuera misa de domingo, se alzan las voces institucionales en un ritual de solemnidad fingida. El podio se convierte en altar, el micrófono en incensario, y el funcionario de turno en sacerdote del patriotismo reciclado. ¡Mexicanos!, exclama con voz impostada, como si el vocativo fuera suficiente para convocar la épica. 

Lo que sigue es una letanía de frases prefabricadas: herencia de nuestros héroes, valores que nos dieron patria, unidad en la diversidad… y otras joyas del catálogo de lugares comunes, que lastimosamente siguen teniendo eco en aquellos que no hacen un análisis profundo de la realidad.

El público aplaude por reflejo, no por convicción; algunos bostezan discretamente, otros revisan el celular bajo la mesa, y en paralelo, el o la oradora en turno sigue adelante con un discurso blindado por la impunidad (o cinismo) de costumbre. 

Se habla de libertad, aunque se ignora que muchos siguen encadenados a la pobreza, a la corrupción, a la ignorancia institucionalizada y, de un tiempo para acá, a la censura gubernamental.

Se menciona la justicia, mientras se premia al mediocre y se silencia al incómodo; se invoca la educación, pero se olvida que el aula es campo de batalla entre la vocación y la burocracia; entre el compromiso y la simulación; entre la pasión y la apatía; entre los deseos de ser mejores y las limitantes estructurales.

Los oradores, con trajes planchados y sonrisas ensayadas, se emocionan al citar a Hidalgo, Morelos y Allende, como si el nombre bastara para invocar la virtud; pero los muy ignorantes, a personajes emanados de su imbecilidad como Josefa Ortíz de Pinedo.

En cualquier caso, no hay congruencia entre el verbo y el acto; la independencia que se celebra es más decorativa que real: se ondea en banderas, se canta en himnos, pero no se vive en las decisiones. Se habla de soberanía mientras se negocia la dignidad en tratados, se privatiza la esperanza y se empeña el futuro.

Pero no sólo desde las altas esferas, también encontramos una retórica estéril desde nuestras propias trincheras; somos defensores de la patria, pero no somos capaces de tirar la basura en su sitio y preferimos arrojar nuestros residuos en las calles del país que decimos amar; nos molestan las injusticias sociales, pero no movemos un dedo por el de enfrente; nos quejamos de que el dinero no alcanza, pero falto a mi trabajo cuantas veces quiero por cualquier pretexto. 

Invariablemente, nuestros festejos concluyen con un ¡Viva México! que suena más a consigna que a convicción. El aplauso es automático, la ceremonia termina, y todos regresan a sus realidades: el político a su estrategia, el maestro a su frustración y el ciudadano a su resignación. 

La patria, mientras tanto, sigue esperando que alguien la celebre con verdad y no con protocolos.

Porque en estas fiestas, lo que abunda no es la memoria, sino la amnesia selectiva. No se honra la historia, se maquilla, no se convoca al cambio, se entretiene. Y así, año tras año, seguimos celebrando la independencia con discursos retacados de hipocresía.

Lo peor, y citando al ufólogo mexicano Jaime Maussan: Nadie hace nada.

horroreseducativos@hotmail.com