Terruquear: estigma y colectivo

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La columna anterior se ha consumado con más ahínco.

El pasado sábado 20 y domingo 21 hubieron protestas programadas, que nacieron en redes sociales como TikTok, Instagram, X, etc. Algo curioso es que en su mayoría con jóvenes y colectivos estudiantiles que empezaron a usar el nombre Marcha de la Generación Z como etiqueta para reconocerse y agrupar la protesta.

Es decir, más que una organización sólida, es un nombre-símbolo que los propios manifestantes adoptaron para marcar una identidad generacional, jóvenes que sienten que el sistema político les da la espalda y lo que los une no es un partido ni una estructura, sino el rechazo compartido a la reforma de pensiones y a la clase política.

Sin embargo, ese nombre ha sido tan caricaturizado por quienes llaman terrucos a quienes protestamos, sin darse cuenta que es sólo la cobertura para lo que en realidad es una fuerza colectiva de quienes más sienten las aboliciones del gobierno: transportistas, gremios, sindicatos, colectivos juveniles, etc.

Lo que se exigió principalmente fue la derogación de la Ley N.º 32123, que obliga a los mayores de 18 años a afiliarse a la AFP o a la ONP. También, no por debilitar el primer punto, hubo reclamos inevitables contra el gobierno de Dina Boluarte, contra el Congreso, por la inseguridad ciudadana, por corrupción, y por una sensación general de que se legisla de espaldas a la ciudadanía. Pues en suma, es un gobierno sordo y necio.

El punto de encuentro fue el de siempre: la plaza San Martín. A las cinco de la tarde, los dos días. Se tenía previsto que los manifestantes recorran avenidas del Centro Histórico de Lima, incluyendo la avenida Abancay, con intención de acercarse al Congreso. Lo que deja perplejo es la forma de organización: no fueron protestas tradicionales. Fueron ágiles, nómadas, convocadas y disueltas en redes sociales.

El primer día: 20 de septiembre

En la jornada del sábado 20 hubo enfrentamientos entre manifestantes y la Policía Nacional del Perú (PNP), que como es costumbre, usó bombas lacrimógenas y perdigones para dispersar. Los manifestantes respondieron con piedras, botellas, palos. Se causaron daños a infraestructura pública: la sede del Ministerio Público sufrió roturas en sus lunas, hubo separadores viales incendiados, bloqueos en la avenida Abancay, daños en vías.

El segundo día: 21 de septiembre

En la segunda jornada (domingo 21) se cerraron los accesos a la avenida Abancay para evitar el paso de manifestantes. La ATU informó desvíos del transporte público, especialmente del Corredor Morado, debido a los bloqueos.

Está manifestación no sólo se vivió en Lima, sino también en Arequipa, la ciudad en la que vivo actualmente. De manera mucho más severa pero estuvimos negados a quedarnos parados y observar.

 

Con la misma disposición de la policía y su ansioso apetito por usar su poder.

La PNP es bastante conocida por usar armas en manifestaciones, pues es su trabajo, pero cuando la justicia real toca su puerta, hacen… nada. 

La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) cuestionó la represión policial, en las manifestaciones, diciendo que vulnera derechos fundamentales al disparar perdigones, lanzar bombas lacrimógenas, empujar.

A lo que la PNP respondió que actúa para restablecer el orden y que su uso de la fuerza fue “legítimo” bajo su criterio.

Lamentablemente en una sociedad que se apropia de términos sin saber qué son, para la PNP “criterio” significa ignorancia.

Ese criterio les permitió incluso cargar contra personas dentro del Real Plaza (Lima) del Centro Cívico: un centro comercial abierto, con familias, con gente que no participaba en las protestas. Bajo esa lógica, todos eran manifestantes, vándalos, terrucos. Y entonces encerraron a jóvenes en baños, golpearon, asfixiaron. Lo mismo que hace un año, cuando irrumpieron en San Marcos para destruir, criminalizar y meter terror a estudiantes y delegaciones que habían llegado de distintas regiones del país. Tirados al piso, esposados, sin fiscales, sin abogados, sin prensa.

A este día, las cifras oficiales dicen: al menos doce policías heridos, algunos de gravedad; tres periodistas alcanzados por perdigones pese a estar identificados como prensa: Jahaira Pacheco y Percy Grados de Exitosa, impactados en las piernas, y Diego Quispe de Ojo Público, herido mientras mostraba su credencial.

Seguramente mientras leías esto te preguntarás: 

¿Qué significa terruco?

El término nace como una deformación coloquial de la palabra terrorista.

Mientras investigaba sobre este término, caí en cuenta de que es un término creado en Perú. 

En los años ochenta, durante el conflicto armado interno en el Perú, la población (y también los militares y policías) empezó a acortar y deformar la palabra: terrorista, terruquista, terruco.

El uso era principalmente militar y mediático, se utilizaba para señalar a los miembros de Sendero Luminoso y del MRTA.

En esos años, decirle terruco a alguien significaba literalmente acusarlo de ser parte de esos grupos, lo que podía tener consecuencias letales, cómo desaparición, tortura o ejecución extrajudicial.

Las Fuerzas Armadas y la prensa alimentaron esa palabra, porque era más coloquial y pegajosa que terrorista, y funcionaba para crear un enemigo interno reconocible y simplificado. De hecho, en las zonas rurales más golpeadas por la guerra, terruco se volvió un insulto cargado de miedo y odio. (Otra vez el poder del lenguaje haciendo de las suyas)

Tras la captura de Abimael Guzmán en 1992, y la progresiva derrota de Sendero y el MRTA, el término empezó a perder su vínculo directo con los grupos armados. Sin embargo, quedó como un arma discursiva, pasó de nombrar a un militante armado a nombrar a cualquier persona que se oponga al orden establecido.

Es decir, la palabra sobrevivió como estigma, incluso cuando ya no había guerra. Por eso, varios analistas dicen que el terruqueo es una de las herencias más pesadas del conflicto armado peruano. Sirve como recordatorio de que el lenguaje puede ser usado para construir enemigos internos y justificar la violencia estatal.

Es el mayor ejemplo de poder del lenguaje desplegado como violencia. Este no dispara balas, pero abre el camino para que las balas caigan. Esa es la trampa, que el golpe empieza mucho antes del garrote, porque empieza en la lengua. 

En ese gesto se revela lo más sutil y brutal de la política: no siempre el golpe empieza con el garrote, a veces empieza con una palabra que estigmatiza. Y se puede pensar que es una exageración, que eso ya no se usa, pero te digo con toda certeza que sí. Todavía es un arma que busca silenciarnos, porque basta con llamarte terruco para que tu palabra pierda legitimidad.

 

Pero, si protestar contra una ley injusta, si alzar la voz en la calle contra un gobierno que no escucha, si negarse a aceptar el miedo como destino significa ser terruco, pues que quede claro que yo también lo soy: una terruca.

Porque mientras los que tienen el poder en sus dedos siguen intactos, los congresistas blindándose, la presidenta riéndose y el país cayéndose a pedazos lo más vergonzoso y lo más violento de todo es, cómo tantos defienden los abusos, cómo tantos voltean la mirada cuando se roba en su cara, cómo repiten sin pensar el insulto fácil de terruco para nombrar lo que en realidad es dignidad.