Violencia incontrolable

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En el imaginario colectivo una voz hace eco: 2 de octubre no se olvida, no sólo por el hecho por si mismo, sino porque a pesar de haber sido testigos de uno de los momentos más obscuros de nuestra historia, la violencia sigue teniendo un lugar protagónico en la estructura social.

La violencia no es una anomalía repentina, es una consecuencia, un resultado lógico, aunque doloroso, de una serie de omisiones, concesiones y silencios que como sociedad hemos acumulado durante años. Hoy, la violencia se manifiesta en nuestras aulas, en nuestras calles, en nuestras redes, en nuestras conversaciones; lo más alarmante es que se justifica, se romantiza y se defiende.

El caso ocurrido en el Colegio de Ciencias y Humanidades Sur, donde un estudiante asesinó a otro por razones que desafían toda lógica, no es un hecho aislado ni inexplicable; es el reflejo de una cultura que ha confundido el respeto con la permisividad, la libertad con el libertinaje, la empatía con la impunidad. 

Hemos criado generaciones que no conocen el límite, que no han sido confrontadas con el peso de la responsabilidad, que han sido protegidas de la frustración como si esta fuera una enfermedad y no una herramienta formativa.

Durante años, se ha promovido una pedagogía del todo se vale, del no lo regañes, del déjalo ser. Y en ese dejar ser, dejamos de formar, de educar, de advertir que sin límites, sin consecuencias, sin ética, el individuo se convierte en amenaza. 

La violencia creciente es el resultado de haber renunciado a la autoridad legítima, de haber cedido el espacio educativo a discursos que privilegian la emoción sobre la razón, el impulso sobre el diálogo, la consigna sobre el pensamiento.

Más grave aún es el fenómeno posterior: colectivos que, en nombre de causas sociales, se alinean con el agresor, desdibujan la responsabilidad y convierten el espacio educativo en un campo de batalla ideológica. La víctima queda relegada, la institución es amenazada y la paz se convierte en una utopía incómoda. 

¿Cómo llegamos a este punto? ¿En qué momento decidimos que la justicia debía ser selectiva, que la violencia podía ser legítima si venía del lado correcto?

La violencia no nada más se expresa en el acto físico, está en el lenguaje que humilla, en el gesto que intimida, en la narrativa que polariza. Está en el aula donde el docente es desautorizado, en el pasillo donde el estudiante impone su ley, en el discurso público que celebra la transgresión como forma de identidad. Y todo esto ocurre porque hemos fallado en lo esencial: formar seres humanos capaces de convivir, de respetar, de contenerse.

Educar hoy es un acto de resistencia, resistir la tentación de ceder ante lo fácil, al discurso que romantiza la rebeldía sin causa o al miedo a ser impopulares por poner límites. Porque si no lo hacemos, seguiremos viendo cómo la violencia se instala en nuestras aulas, en nuestras plazas, en nuestras redes, en nuestros hogares. 

La paz no se defiende con tibieza, la institucionalidad no se preserva con concesiones y la educación no puede ser rehén de la ideología. 

Padres de familia, autoridades y formadores, tenemos una evidente área de oportunidad que más nos vale considerar en cada una de nuestras trincheras; no hacerlo seguirá abonando a este encono de violencia incontrolable.

 

horroreseducativos@hotmail.com