Juegos, Conceptos y Subjetividades II
Como habíamos dejado entrever la semana pasada, una de las problemáticas más profunda y originalmente tratadas por Wittgenstein en sus Investigaciones, era el seguimiento de reglas como una expresión de la vida psíquica más propia de una comunidad que antes de compartir lenguaje, comparte forma de vida. Las reglas, como habíamos adelantado, son conceptos difusos. Estos son, aquellos que cuanto más se los intenta delimitar y encerrar en un significado, en unos límites, en unos dominios unívocos, más se resisten, dada su multiplicidad de usos ordinarios, ha quedarse adecuadamente capturados en una sola denominación.
No perdamos de vista que esta perspectiva wittgensteiniana sobre las posibilidades de actualización de las reglas con el mismo uso y la vivencia en que ellas se insertan es un asunto fundamental para humanizar nuestro entendimiento sobre el funcionamiento de nuestro lenguaje. Esto es, interpretar la regla de tal manera que, haciéndola nuestra como un hábito del cuerpo, nos demos con que sus límites se han estirado y que sin embargo, esta sigue manteniéndose como lo que es: una regla. No ha dejado de serlo con esto mismo. Nuestra sensibilidad contextual, si podemos apreciar esto, se agudiza en el sentido en que vemos cómo las reglas y sus formulaciones no son objetos genéricos sino partes de un juego de lenguaje en actualización; con límites, sí, pero en actualización. Sin embargo, el hecho de que se haya transformado la misma regla aún con nuestras interpretaciones, no quiere decir que no haya una concepción subyacente con base a nuestras formas de vida concordantes que establece sus límites; que aun habiéndose actualizado, nos dice qué es seguirla y qué la contraviene, finalmente. Mostramos que hay una concepción de una regla que no es una interpretación, sino que se manifiesta, de caso en caso en la aplicación, en lo que llamamos “seguir una regla” y lo que “la contraviene” (I, §201). Esta misma concepción, claro está, la podemos encontrar en nuestra misma experiencia vivencial; no es que sea un asunto teórico.
Claramente, las reglas son prácticas públicas, sociales, no determinaciones que se insertan en nuestro comportamiento y que no podemos hacer públicas si se quiere, como podría pretender Kripke con su interpretación determinista del seguimiento de las reglas. Un yo sigo la regla presupone un nosotros que lo ratifique. Una regla se sigue en un entramado social que comparte forma de vida y circunstancias de adiestramiento, si se quiere. Creer, pues, que yo sigo la regla y que por aquello la estoy siguiendo, es una forma absurda de solipsismo.
El uso de las reglas en distintos contextos, a la luz de Wittgenstein, son una oportunidad para enriquecer el sentido que tenemos sobre las posibilidades de significación de un término: allí donde hay un uso de una regla, hay una forma de vida compartida y cristalizada en dicho uso que nos lleva a sentidos no evidentes de las cosas. El seguimiento de reglas para Wittgenstein provoca acciones que responden a una comprensión común de una regla que está encarnada en un cuerpo y situada en un contexto en el que individuos comparten forma de vida, no predisposiciones conductuales o cerebrales, pues abarcar la diversidad de modos de seguir una regla desde este paradigma, es simplemente inabarcable.
Sucede, pues, que las prácticas sociales dan vigor y sentido a las reglas de acuerdo a contextos y trasfondos diferentes. Son juegos que se ponen en marcha: Sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, como lo pone Bordieu. La regla y la acción tienen una relación recíproca entre ellas: la acción actualiza, enriquece y desfasa continuamente los límites de la formulación de la regla. Gracias a esta cualidad de las reglas, que se funda en sus usos ordinarios y en la vivencia que tienen los individuos de estas mismas, es que el concepto de regla se humaniza, por ejemplo, con la noción de phronesis aristotélica. Eso explica, que uno tiene razón dentro del juego de lenguaje en el que se inserta ese uso público de la regla; en ese trasfondo una vez está articulado. ¡No porque haya a priori un trasfondo articulado permanentemente para todas las reglas!
Así pues, cuando las personas que pudiesen hablar un lenguaje diferente al nuestro, que no conocemos para nada y que no tenemos manera de intuir, y que pensemos que están aseverando cosas, dando órdenes o reclamos, etc… responde a que nosotros nos apropiamos subjetivamente, como dice Wittgenstein desde el modo común del curso de nuestras acciones, de este tipo de lenguajes; y pensamos que estos son así; cuando en realidad, su misma formulación, sus reglas, sus significados y su gramática son un juego de lenguaje enteramente distinto al nuestro en su intencionalidad y formulación aun cuando podríamos entender semejanzas.
Lo que tenemos que hacer, recogiendo y sintetizando la enseñanza de Wittgenstein sobre lo que es una regla y su seguimiento dentro del lenguaje, es agudizar nuestra mirada ante las relaciones formales. Pues, su principal potencialidad, la comprensión a la que nos invita es a entender la cosmovisión inherente al lenguaje extraño al que nos acerquemos, para no decir que si este no tiene órdenes, declaraciones, etc…, estamos ante un lenguaje primitivo. Eso no debería de interesarnos; que no contente nuestra expectativa es lo de menos. Para ver, en las muy distintas formas de expresarse que cada coordenada geográfica y cultural presenta, lo que llamamos lenguaje en un sentido riguroso, siempre nos falta cierta regularidad que podamos reconocer desde nuestro propia forma de ver el mundo; es algo normal. Como debería ser, el hecho de que no reconocer estas regularidades, no nos importe.

