¿Qué queremos?
Hay situaciones que nadie reconoce en los libros de historia, pero que todos practicamos con disciplina marcial: la evasión de responsabilidad. México es un país donde la culpa siempre es del otro, del sistema, del gobierno, del vecino, del clima, del destino, de la mala suerte o de la alineación de los astros; de todo o todos, menos de uno mismo. Y así, entre excusas y autoengaños, seguimos caminando como si nada, convencidos de que la realidad se arreglará sola, como si fuera una fuga de agua que mágicamente deja de gotear.
La ironía es que después nos sorprendemos cuando las consecuencias nos estallan en la cara. Fingimos desconcierto, como si no hubiéramos visto venir el deterioro que nosotros mismos alimentamos con indiferencia.
Lo que ocurrió con la muerte del Mencho, más allá de los detalles, interpretaciones o versiones, es un recordatorio brutal de algo que preferimos ignorar: durante años, como sociedad, hemos sido permisivos, omisos, espectadores cómodos de un país que se descompone mientras nosotros seguimos discutiendo trivialidades.
Porque sí, es fácil indignarse en redes sociales, compartir un meme, lanzar una frase ingeniosa y sentir que ya cumplimos con nuestra cuota de participación cívica. Pero pensar a quién votamos, exigir cuentas, cuestionar decisiones, pedir resultados, eso ya no. Eso incomoda e implica trabajo.
Eso nos obliga a mirar de frente lo que no queremos ver: que la democracia no es un acto de fe, sino un ejercicio constante de vigilancia y responsabilidad.
Y aquí viene la parte que duele: nada de lo que vivimos es casualidad. Todo es consecuencia directa de que nadie asume su rol verdaderamente; ni quienes gobiernan, ni quienes obedecen, ni quienes critican, ni quienes callan. Todos, en mayor o menor medida, hemos contribuido a esta inercia que nos arrastra.
De seguir así, si continuamos en esta cómoda parálisis, iremos en franca picada. No porque el país esté condenado, sino porque nosotros mismos lo empujamos hacia el abismo con nuestra apatía.
La educación, la verdadera, no la que se presume en discursos, es toral en este desastre. Educar no es repetir contenidos ni llenar cuadernos; es formar criterio, pensamiento crítico, ética, capacidad de cuestionar y de actuar.
Pero claro, eso también incomoda, es más fácil tener ciudadanos obedientes que ciudadanos pensantes. Y es más fácil ser un ciudadano obediente que uno responsable; si eso significa comprarlos con apoyos sociales, ¿qué más da?
El problema es que esa comodidad nos está costando demasiado; cada omisión, cada silencio, cada voto sin reflexión, cada no es mi problema, cada así ha sido siempre, es un ladrillo más en el muro que nos encierra. Y luego nos preguntamos por qué no avanzamos.
Tal vez ya es hora de dejar la ironía, aunque sea por un instante, y aceptar una verdad incómoda: México no cambiará mientras nosotros no cambiemos. No habrá transformación posible, ni cuarta, ni quinta, si seguimos actuando como espectadores de nuestra propia tragedia.
La pregunta no es ¿qué queremos? La pregunta es ¿qué estamos dispuestos a hacer, y a dejar de tolerar, para merecerlo?
Hechos, no palabras.

