Búsquemos orden

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A veces estamos convencidos de que la vida nos trata con una injusticia casi heroica y entonces salimos a proclamarlo: contamos nuestras calamidades, enumeramos las dificultades y explicamos, con tono trágico, cómo pareciera que vivimos siempre en la última ronda.

Abundan quienes se quejan con estruendo porque tienen demasiado trabajo, porque sus responsabilidades los rebasan o porque, según ellos, las oportunidades sólo les sonríen a otros, y además con sospechosa facilidad. Nada más cómodo y nada más falso.

La explicación suele ser mucho más simple y bastante menos dramática de lo que nos gustaría admitir: si queremos vivir con cierta armonía y avanzar con consistencia, el secreto no está en cambiar al mundo, sino en algo mucho más elemental; poner orden en nuestra propia vida. Así de simple y así de incómodo.

El orden no es una manía estética; es una estructura de vida; cuando lo sostenemos, él termina por ampararnos. Porque la mayoría de las vidas no son particularmente difíciles; simplemente están desordenadas y cuando el caos habita en los pequeños detalles, la habitación, el escritorio, el automóvil o la agenda, casi siempre es porque ya llevaba tiempo instalado en la cabeza, y lo que está en la cabeza inevitablemente se filtra a todo lo demás.

Aparece en la economía que nunca alcanza, en relaciones que se desgastan, en decisiones improvisadas y en esa sensación permanente de estar apagando incendios; la tan anhelada paz, conviene recordarlo, no se compra ni aparece por azar: se construye y su material más básico es el orden.

Sin orden en el tiempo, cualquier urgencia, por pequeña que esa sea, acabará por gobernar nuestros días; sin control preciso de nuestra economía, cada quincena parecerá un nuevo inicio desde cero; sin disciplina en nuestro cuerpo, sucederá que nuestra salud y nuestra imagen se deteriorarán y, en absoluto silencio, nuestras metas van siendo relegadas al cajón del algún día. 

Algo similar ocurre con nuestras relaciones personales; cuando no hay orden emocional ni límites claros, acabamos por integrarnos en el caos y éste acabará por arrastrarnos tan profundamente que se generan complicaciones innecesarias. 

No es un tema de mala suerte, ni de un destino conspirador; simplemente son hábitos mal construidos.  Por tanto, no es que la vida nos golpee, es que optamor por tener vidas desordenadas que se transforman en existencias fascinadas por estar en modo de improvisación; luego esas mismas vidas se sorprenden por el desastre en el que viven.

Y que quede claro, el orden no es para gente perfecta, es para quíen ya se cansó de vivir reaccionando, apagando fuegos o resolviendo urgencias; sorprende ver como hay gente que el espacio en el que duerme es una verdadera pocilga, llena de cosas, sin un acomodo esencial y sin espacio para reconfortar el alma; ¿eso es culpa del destino o una decisión personal?

Finalmente, el desorden es el refugio favorito de los pretextos; donde no hay orden siempre aparece una explicación elegante para el fracaso: falta de tiempo, mala suerte, exceso de trabajo, gente complicada, oportunidades que nunca llegan. Pero cuando el orden entra en escena, todos esos discursos se quedan sin coartada.

El orden desnuda la verdad; muchas derrotas no nacen de la adversidad, sino de la negligencia cotidiana; por eso es tan lamentable, porque el orden no se discute, no se justifica y no se negocia; simplente se ejecuta, y al utilizarlo, deja claro quién dirigen su destino y quién sigue culpando a su propia anarquía.

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