Bienaventurados los poetas pobres

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Bienaventurados los poetas pobres, de ellos será el reino de los suelos. Este magnífico Poemínimo pertenece a nuestro gran escritor mexicano Efraín Huerta, oriundo de Silao, Guanajuato. El autor precisa en un verso pequeño un golpe de verdad y también de realidad. Este poema sacudió mi mente, o dicho con otras palabras que lo explican mejor, ma mui en otomí, es decir, caló hasta lo más profundo de mis entrañas.

Este verso cobra sentido después del reciente escándalo en el que se vio envuelta la Casa del Poeta “Ramón López Velarde” en la Ciudad de México, y antes de lanzar aquí algún pronunciamiento a los hechos, retomaré el verdadero meollo del asunto, la plusvalía de la poesía, entendiendo el valor que tiene ésta para la sociedad, no sólo en términos de reconocimiento, sino también su valor económico que representa y cómo este cambia dependiendo del contexto, pero también el paso del tiempo.

Aquí surgen algunas interrogantes: entre los variados premios que se entregan en literatura, ¿cuántos están destinados a poesía? ¿Qué tan accesible es encontrar espacios dignos donde se brinde algún taller de poesía? ¿Cuántos poetas han tenido que salir de su lugar de origen para probar suerte en la Ciudad de México? Porque sabemos que desde allá se manejan los hilos de los concursos, de la mano que dicta quién sí es poeta y quién no, del que abre camino si haces tu trabajo de lisonja, pero si cometes algún desvarío, jamás te lo van a perdonar.

¿Qué tan llenos están los bolsillos de los poetas? ¿Cuántas editoriales ofrecen apoyo a los poetas? ¿Qué piensa la gente que es la poesía? Esto último lo registro porque hace poco escuché de una señorita, quien no se dedica a escribir, pero sí invita a escritores a eventos para entretener a su equipo de trabajo, decir ligeramente que escribir poesía es más fácil; su expresión facial fue lo más cercano a decir que era cualquier cosa. Después de escuchar su errada declaración, no tuve mucho ánimo por tratar de incluirme en la plática, pues dicen los abuelos un dicho bien dicho: a palabras necias, oídos sordos.

Mientras digo esto, siguen saliendo a flote más injusticias cometidas contra la poesía, contra el poeta, contra quien la difunde. Basta con entrar a las librerías y observar dónde se encuentran los libros de poesía, allá, en los rincones, hasta que alguien pregunte por ellos, y enfrente lo que deja, lo que vende, lo que sí factura. Con la poesía surge un hecho parecido a lo que pasa en el giro comercial de las empresas: la poesía más comercial no es precisamente la mejor, pero tiene algo, es conocida y patrocinada; eso, desde luego, deja. Por otro lado, están los poetas de la secreta, los que son buenos, pero nadie pagaría por publicarles, mucho menos invitarlos a eventos de prestigio porque no son reconocidos.

Entonces, comprendemos que de la poesía no se vive; la poesía no se presume con la misma enjundia que las novelas o los cuentos, incluso los ensayos. A propósito de éstos, Octavio Paz lanza un pronunciamiento en su texto El arco y la lira, donde ocupa toda una página para decir lo que es poesía, lo cual me parece brillante. Pienso que debemos hablar de lo que no es la poesía y también pretendo dejar mi pronunciamiento.

La poesía no es improvisación como surge en el freestyle, la poesía no es un club de ebrios que gustan de beber y fumar para sentir inspiración, la poesía no es gritar para alguien escuche, la poesía no es dramatizar, para ello está el teatro, la poesía no es solo hablar de los místico, la poesía no es para gente iluminada por quién sabe quién, la poesía no es para gente dura de corazón, la poesía no es competencia porque nadie puede replicar el sentimiento de su prójimo, la poesía no es para el mejor escritor, la poesía no es para el que lleva años escribiendo y ya cree que posee dones sobrenaturales, la poesía no es para interpretarla porque el poeta escribe desde su ser y mientras lo hace, nada más el posee la verdad de lo que dijo. En conclusión, la poesía no es para ganar tesoros en la tierra, tal vez, sólo en los del cielo.