Una ciudad de altura con un novio de altura

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¡Qué bella es mi novia! No hay deidad que se le pueda comparar. Se decía desde las alturas, donde parece que la tierra se besa con el cielo y desde donde la contemplaba con todos sus dones y atributos que los divinos dioses le habían otorgado y que tanto, lo habían enamorado.

Ataviada con sedas bordadas con los matices de las estaciones. Era el único y verdadero amor del coloso de las alturas, quien la amaba desde sus inicios de semilla de vida y prosperidad, cuando empezó a formarse como un corazón palpitante y que el gigante dormido, contribuyó a darle su apariencia actual.

Correspondía a su amor con la profundidad de los mares y con la intensidad de la tormenta, desde que sus dos pupilas como estrellas gigantes se levantaron para encontrarse con las de él, y descubrir su porte y gallardía impactante.

Alto, corpulento y apuesto. Un Hércules de la naturaleza, vestido de esmeralda y en días especiales de nubes, brisa, nieves y flores blancas. Era imposible no enamorarla.

Desde lejos, como un abrazo del hijo ausente, pero a la vez tan cerca como labios que se besan, cultivaban y cuidaban su amor, como a la flor más delicada y preciada, regada con las aguas del alma.

Él, por su naturaleza de bestia embravecida, resguardado en una cápsula gigante para no dañarla a ella y a su gente en lo más mínimo, con su temperamento descontrolado. 

Transitaba en sueños los caminos con su amada, lo que lo hacía sentirse vivo de forma diferente, por ejemplo, cuando se veía a su lado, paseando bajo la sombra de la alameda, o en sus atractivos portales, erguidos como enormes guardianes y abiertos como amables anfitriones, listos para recibirlo a él y a sus visitantes que buscaban descubrir su magia y su misterio, el mismo que no le era desconocido. 

Sabía todo de su enamorada, por ejemplo, cuando escuchaba el eco de sus latidos como un lamento. ¡Ay, del abovedamiento del río! Ay, Verdiguel, que, como arteria traslucida, entonces, traías y llevabas la vida, formando parte de nuestra querida Toluca. Y que hoy, ocultas tus orillas, donde antes eran como bellas mocitas que buscaban tus besos, te privan de la hermosura de tus aguas cristalinas.

¡Ay, Toluca! fue como si le hubieran mutilado parte de su cuerpo. Su enamorado lo sabía y desde lejos la consolaba distrayendo su atención, cubriéndose de nieve y canción, el traje que lo hacía verse más atractivo ante los ojos de ella, quien suspiraba por su esplendor, provocando sus sueños de amor y ternura bajo la luz de la luna.

Un deslumbrante mosaico de belleza, con la enorme responsabilidad de cuidar y proteger a su población a costa de lo que fuera, incluso, sacrificando su amor. 

Era el refugio de todos sus habitantes, tabernáculo sagrado de las páginas de su historia, sagrario de un pasado que no olvida su legado y custodia de un presente de colores y aromas como los que resguarda su Cosmovitral (jardín botánico). Formando un espectáculo visual que no pasa desapercibido para su ferviente enamorado y sus visitantes, y que emblemática y dignamente la representan, como un espejo de su hermosura.

Cada calle, cada construcción, cada persona, cuentan su propia historia de rosas y gladiolas que el paso del tiempo no ha podido marchitar. Porque los corazones que alberga, son indestructibles a las calamidades que retratan las crónicas en sus páginas con voces de tinta dorada, que no pierden su brillo de sol maduro y que, con el paso del tiempo, por el contrario, sus fulgores de luna llena son más llamativos para quienes tenemos la fortuna de apreciarlos, vivirlos y sentirlos.

Es Toluca, la capital de los ensueños, mujer, reina o diosa, que importa, si todo se resume en su feminidad, la que enamora hasta al más exigente con su coqueteo de ciudad.

Desde sus inicios, cuando fue fundada por los toltecas, quienes la hicieron florecer en su preludio de grandes hazañas y desafíos, y cuyo nombre en náhuatl significa donde se encuentra el dios Tolo. o donde mora el dios del amor.  El mismo que es representado con el rostro inclinado o agachado, como reverenciando a la ciudad.

Contrario a su impactante novio, el Volcán nevado de Toluca o Xinantécatl, quien lejos de agacharse o inclinarse, se levanta como astro rey en las alturas, para apreciar mejor a su amada y hacerle saber que, en todo momento, está para ella, con todo su amor, todo su poder y toda su experiencia adquirida a lo largo de más de 2.6 millones de años. 

Dos lagunas, en su cráter, son como dos ojos gigantes, expresivos y cristalinos, la Laguna del Sol y la Laguna de la Luna, que le dan una vista que cautiva. Espejos gigantes donde se retrata el cielo y la magia cobra vida.

Firme a sus amores por ella, se mantiene, siempre pendiente de sus necesidades. Separados por unos cuantos kilómetros, pero unidos en un mismo paisaje que no se desvanece. 

Amante silencioso que se alza como un Dios dormido, o al menos eso parece y nos lo hace creer, dispuesto a protegerla junto con sus habitantes, quienes al igual que él, darían la vida por ella. 

Es Xinantécatl, el volcán nevado de Toluca, quien, por proteger a su amada, es capaz de resurgir del sueño y convertirse en el superhéroe que todo lo puede, si la ciudad de sus embelesos así se lo pidiese. En cuyo caso, despertaría toda su furia contenida durante años, en la seguridad que, ella le haría tal súplica, sólo si sus habitantes se encontrasen en verdadero peligro. 

De esa manera, no sólo sería el volcán Xinantécatl o Nevado de Toluca, sino que, dejaría de ser el dragón dormido y saliendo de la gigantesca montaña que lo protege, con su poder, fuerza y coraza, en su forma Xinangokú, calcinaría haciendo desaparecer de la faz de la tierra a quien intentase lastimar, doblegar o mancillar al amor de su vida. Así que, ¿quién sería capaz de retar al poderoso dragón ofendiendo a su amor, si malhumorado y enardecido, es capaz de lanzar fuego por la boca y convertir, en menos de un suspiro, en cenizas al osado que se atreviese?

Cuentan las historias, que, cuando la luna viste de plata a la ciudad y los luceros se encienden en lo más alto del volcán, es el anuncio de sus encuentros amorosos y que, el manto del cielo adornado por doradas estrellas, es el nido de su pasión y de su amor eterno.

Él, se inclina hacia ella. Ella se acerca hacia él, ambos se besan, se acarician y entrelazan sus mundos en un mismo universo, las estaciones sonríen apenadas y desorientadas porque hay veces que, en pleno invierno, él no se corona de blancura y la ciudad brilla como un sol primaveral. ¿Por qué será?

Quizá, algún día, veamos a estos dos enamorados entrar por la puerta principal de la reina de la arquitectura, la catedral de la ciudad,  y quien vista de blanco sea ella, Toluca la bella, capital del estado de México, donde los sueños se hacen realidad,  subyugando a las torres y cúpulas del sagrado recinto, que lejos de elevarse como queriendo tocar el cielo, se inclinen ante los novios y les rindan pleitesía, obnubiladas y absortas de la hermosura de la novia y de la gallardía del novio, buscando unirse en sagrado matrimonio para resguardar a su población y  discutir su destino de prosperidad y felicidad. 

El día está por terminar, y yo, siendo la voz del relato, antes de apagar mi canto, dejo constancia en estas líneas, de que me siento muy afortunada y muy orgullosa, de ser el lienzo que retrata una bella historia de amor, de que Toluca sea mi amada y preciosa ciudad y de extasiarme con las maravillas naturales de su volcán.

Inés (Sami)