La falsa camiseta
Productividad, presentismo laboral y cultura del esfuerzo en el trabajo actual
Hay frases que envejecieron peor que los celulares con teclado.
Ponerse la camiseta es una de ellas.
Durante años nos vendieron la idea de que el mejor colaborador era el que más se desgastaba. El que almorzaba frente a la laptop. El que respondía mensajes un domingo como si el mundo dependiera de un ok, revisado. El que corría por los pasillos —o ahora salta de reunión en reunión por Meet, Zoom y Teams— demostrando que está full.
Porque en muchas empresas todavía existe una religión silenciosa:
la adoración al colaborador cansado.
Y mientras más agotado luces, más comprometido pareces.
Se aplaude al que se queda hasta tarde.
Al que nunca pone límites.
Al que responde correos a las 11:48 p.m. como si el insomnio fuera KPI.
La productividad dejó de medirse por impacto y empezó a medirse por presencia. Por disponibilidad. Por resistencia.
No importa si la reunión pudo ser un correo.
No importa si el proceso está mal diseñado.
No importa si hay personas ocupando doce horas para producir lo que podrían resolver en cuatro.
Lo importante es parecer indispensable.
Y ahí nace uno de los personajes más exitosos del mundo corporativo moderno:
el colaborador performático.
Ese que siempre está a mil.
El que vive diciendo que no se da abasto.
El que hace de la saturación una marca personal.
Porque, seamos honestos: en algunas culturas organizacionales, verse tranquilo genera más sospecha que admiración.
Si alguien optimiza tiempos, automatiza procesos o termina rápido su trabajo, aparece el cuestionamiento:
¿Sí tendrá suficiente carga?
Lo veo demasiado libre…
Capaz no está tan comprometido.
La eficiencia incomoda cuando una empresa romantiza el desgaste.
Y lo irónico es que esto pasa en plena era de transformación digital. Con inteligencia artificial, automatización, modelos híbridos y discursos corporativos llenos de palabras como bienestar, flexibilidad y balance.
Muy moderno el PowerPoint.
Muy antigua la mentalidad.
Porque seguimos atrapados en la cultura del presentismo: esa necesidad absurda de demostrar trabajo constantemente, aunque muchas veces lo único que se esté produciendo sea agotamiento.
Reuniones eternas.
Agendas infladas.
Correos donde copian hasta al universo.
Mensajes fuera de horario solo para marcar territorio.
No es productividad.
Es teatro corporativo.
Y el problema no es solo emocional. Es estratégico.
Una organización que premia tiempo visible por encima de resultados reales termina construyendo equipos agotados y poco eficientes. Personas que aprenden a verse ocupadas en vez de enfocarse en generar valor.
Ahí el trabajo deja de ser inteligente y se convierte en resistencia física.
Como si sobrevivir al caos fuera una habilidad profesional.
Pero el mercado cambió. Las nuevas generaciones también. Y aunque a muchos líderes les incomode aceptarlo, hoy el talento ya no admira el burnout como símbolo de éxito.
Admira la claridad.
La eficiencia.
La capacidad de liderar sin destruirse en el intento.
Porque dar la milla extra no debería significar perder la vida personal, cancelar tu salud mental o sentir culpa por desconectarte.
Tal vez la verdadera milla extra hoy sea otra cosa:
resolver mejor, no más lento.
Hacer preguntas incómodas.
Poner límites.
Evitar reuniones innecesarias.
Respetar el tiempo propio y el ajeno.
Eso también es compromiso.
Solo que no hace tanto ruido.
No se puede presumir en un correo enviado a medianoche.
No tiene la épica del yo nunca paro.
No alimenta el ego corporativo del sacrificio permanente.
Y quizás por eso cuesta tanto cambiar el chip.
Porque muchas empresas siguen confundiendo movimiento con avance. Ven gente corriendo… y asumen productividad. Aunque nadie tenga claro hacia dónde.
En 2026, seguir midiendo el valor profesional por horas visibles es como seguir usando fax emocionalmente. Funciona, sí, pero claramente el mundo ya avanzó.
El verdadero desafío cultural no es pedir más compromiso.
Es redefinir cómo se ve el compromiso.
Porque una camiseta no se honra por cuánto te desgastas usándola.
Se honra por lo que eres capaz de construir sin destruirte en el proceso.

