¿YO, TÚ O NOSOTROS?
Cuando pensamos en el amor, pensamos en fuego vivo, que arde, que cala los huesos, un incendio que al inicio se propaga y no hay como apagarlo, ni menguarlo.
Un fuego que irrumpe, que atropella.
Un fuego que arrasa todo sobre sus pasos.
Algo que no se explica, porque lo que arde y cala los huesos, nunca necesita argumentos.
El amor es sintomático, aprendemos con el tiempo a reconocerlo por sus clásicos y repetitivos síntomas: la prisa en el pecho, la ansiedad de la espera, la intuición de que, por fin, algo encaja. Nos dijeron que amar era sentir, y que sentir con intensidad era suficiente. Que el amor, cuando supuestamente es verdadero, se sostiene por sí mismo.
Sin embargo, nadie nos enseñó qué hacer cuando el fuego deja de ser fuego, y deja de arder y ya no nos cala los huesos.
Nadie nos explicó qué ocurre cuando la intensidad cede, cuando la emoción se vuelve costumbre, cuando el vértigo se convierte en una forma más lenta, y, sobre todo, más difícil de quedarse, de permanecer y sostenerse.
Quizás, esto sucede, porque el amor, cuando madura, deja de parecerse a un incendio.
Y empieza a parecerse a una alianza.
¿Alianza? Que palabra para más agobiante, incómoda y perturbadora, ¿verdad?
Tiene un sabor a pacto, unos gramos de contrato, otros gramos de compromiso y muchos, diría que, demasiados kilos de una realidad.
Una alianza nunca irrumpe, una alianza se decide.
Una alianza no arrasa sobre sus pasos, una alianza construye.
Una alianza jamás será un instante: una alianza es continuidad, es permanencia, es sucesión, es desarrollo, es secuencia, es unión, y, sobre todas las cosas son, ante todo, una elección que se repite cuando el espectáculo de fuegos artificiales ha culminado.
Es ahí donde amar, deja de ser solamente una emoción y toma el lugar de una posición.
Es ponerse, colocarse, establecerse, consolidarse del mismo lado del mundo, sin duda, poca cosa no es.
Porque amar a alguien es, en cierto modo, orgánico, me atrevo a llamarlo, una ley natural y universal. Acontece sin método alguno, sin disciplina, sin sobre esfuerzo sostenido. No obstante, permanecer al lado de alguien, sostener un vínculo, darle forma, continuidad, dirección, exige algo totalmente distinto. Impone voluntad, impone cuidado. Impone una especie de inteligencia emocional, por llamarlo de alguna manera, que no siempre sabemos nombrar, mucho menos maniobrar.
Impone, en el fondo, una alianza.
¿Una alianza qué es? Es más que cercanía. Es más que afinidad. Es más que compatibilidad.
Es un desplazamiento majestuoso.
Es el paso del Yo te amo al Nosotros juntos construimos esto.
Del impulso al proyecto.
Del instante a la permanencia.
Dos personas pueden encontrarse, químicamente desearse, energéticamente conectarse, no obstante, todo eso no las convierte en una pareja como tal. Lo que genuinamente las convierte en una pareja, es la aparición de algo tercero: ese espacio impalpable e invisible, en el que ambos empiezan a pensarse, a visionarse juntos en el transcurrir de toda una vida que los espera.
Esa jurisdicción, esa tierra compartida, donde las decisiones dejan de ser individuales y el futuro deja de ser solitario, convirtiéndose en gregario, conformado por dos y todo lo que los dos construyan juntos. Ese nosotros que no se ve, pero organiza todo.
Sin embargo, ese nosotros es débil, quebradizo, endeble, 100% vulnerable.
Nos preguntaremos ¿por qué? Porque una alianza no se sostiene con intensidad. Se sostiene con equilibrio permanente.
La mutualidad, la más conocida y célebre reciprocidad, ese concepto tan poco romántico, pero tan esencial, es el verdadero sistema nervioso, el sistema límbico, de cualquier vínculo. No como una estadística que no falla, no como una contabilidad exacta, no como una suma de deudas y recompensas, sino mas bien, como una sensación profunda, una sensación de que lo que uno entrega encuentra rebote, encuentra una respuesta, encuentra afinidad, encuentra empatía, donde lo que uno ofrece deja una marca imborrable.
El tema está que cuando esa sensación se pierde, aunque sea ligeramente, algo empieza a ladearse.
No se rompe de inmediato. No hay un estruendo. No hay una señal evidente.
Pero algo deja de alinearse.
Y lentamente aparece una fisura.
Porque una alianza, en esencia, es convergencia, es alineamiento.
Es saber que, incluso en medio de la disensión, no te encuentras frente al otro, sino junto al otro. Sin duda, es discutir sin dejar de reconocer de qué lado estás.
Eso es lo que hace tan difícil sostener una relación: no la falta de amor, sino la dificultad de no perder nuestra posición.
Siempre hay un instante, en el que una conversación cambia de tono.
Cuando el entenderse ya no existe y aparece el imponerse.
Cuando el escucharse ya no está sobre la mesa sino el defenderse.
Cuando tener la razón importa más que cuidar el vínculo.
En ese momento no necesariamente desaparece el amor.
Pero la alianza, se fractura, se fisura.
Y es ahí donde muchas relaciones se quiebran. Porque nos creemos el cuento que el problema fue la falta de amor, la incompatibilidad de caracteres, cuando en realidad fue la pérdida del equipo, dejamos de ser uno para volver a ser dos.
Nos cuesta aceptar esto porque preferimos pensar el amor como algo puro, espontáneo, ajeno a toda arquitectura, a todo sistema.
Queremos creer que si es verdadero, no necesita cimiento.
Que si es fuerte, no necesita un poco más de esfuerzo.
Pero quizás el amor, sin arquitectura, es sólo una promesa.
Y las promesas, solas, no residen, no permanecen.
Permanecer es otra cosa.
Permanecer es una decisión, es un acto, es a veces, una disciplina.
No una disciplina rígida, estratégica, menos fría, ni mecánica.
Una disciplina shadow, una disciplina sombra, súper tenue, suave, casi invisible de cuidar sin que se note, la de escuchar incluso cuando no apetece, la de desagraviar sin orgullo.
Porque inevitablemente, toda alianza, por más roble que sea, con el tiempo se rompe un poco, y, toda alianza, ineludiblemente, si quiere durar, debe aprender a reconstruirse.
Evitemos el conflicto, diríamos algunos. No, no se trata de evitar el conflicto. Eso es inviable. Amar a alguien es, inevitablemente, entrar en contacto con lo distinto, con lo ajeno, con aquello que no siempre encaja. Dos historias no coinciden sin resistirse. Dos energías sensibles no se entienden sin tensión.
El conflicto no es la excepción. Es el terreno.
La verdadera pregunta no es si habrá fricciones, sino qué se hace con ellas.
¿Se convierten en distancia?
¿O se convierten en lenguaje?
¿Se transforman en una ruptura del vínculo?
¿O en una oportunidad para reformularlo?
Ahí llega el juicio final, donde se decide, en silencio, el veredicto de la alianza.
Porque amar no es evitar el desgaste.
Amar es encargarse del desgaste sin dejar que se convierta en indiferencia.
Y para eso hace falta algo más que emoción.
Hace falta compromiso.
No el compromiso solemne, grandilocuente, proclamado en grandes palabras. Sino el compromiso mínimo, repetido, cotidiano. Ese que no aparece en las fotos ni en los recuerdos excepcionales, pero que sostiene todo lo demás.
Quedarse cuando no hay motivo urgente para quedarse.
Cuidarse incluso cuando no hay peligro visible.
Elegirse de nuevo, sin necesidad de ceremonia.
Eso es lo que vuelve reales a las alianzas.
Sin embargo, incluso eso no es suficiente si no hay algo más profundo: la capacidad de estar sin desaparecer.
Porque una alianza no pide sacrificio absoluto. No exige renunciar a lo que uno es. No funciona como una fusión en la que dos identidades se diluyen.
Una alianza verdadera no anula.
Articula.
Entonces, cuando todo se aquieta, cuando la emoción deja de ser una prueba y se vuelve un fondo, aparece la pregunta esencial:
¿Seguimos estando del mismo lado?
Esa es la pregunta de las alianzas.
Porque el amor, cuando ya no basta con sentir, se revela en su forma más honesta:
no como un incendio que se apaga con el transcurrir, sino como una alianza que permanece.
–A mis padres, gracias por el legado más grande que me dejan, su alianza–
