Transitando en los días en los que no pasa nada

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La jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado, es una de las frases más impactantes que tiene Alejandra Pizarnik que nos muestra que dentro del ser humano habita un encierro que no es visible a los demás y se encuentra en nuestra mente, este encierro nos convierte en presos de una circunstancia como el miedo, la angustia, la desesperanza, amargura pero también otras ataduras que no serán provocadas por nosotros mismos, como la injusticia, la calumnia y aquellas degradaciones que provienen de otros.

En días pasados, en colectivo acudimos al Centro Federal de Reinserción Social No. 1, mejor conocido como Altiplano, donde impartimos un taller de creación literaria. Desde luego que la visita a estos lugares provoca asombro en la gente, puesto que entrar a ellos no es nada sencillo, y más aún cuando la temática es llevar a los PPL (personas privadas de la libertad) un taller nada más y nada menos que de poesía. Hasta este punto los comentarios no tardan en llegar. ¿Para qué le sirve a un preso leer o escribir poesía?

Ante esta pregunta hay un ejemplo digno de resaltar: el poeta español Miguel Hernández, aquel que nos regaló uno de los poemas más sentidos en la literatura, el poema de Nanas de las cebollas, es el mismo que fue encarcelado en 1939 en la prisión de la plaza del Conde de Toreno en Madrid, a manos del régimen franquista. Este poeta, aun estando preso, no dejó de escribir; la pluma y el papel fueron el refugio donde plasmó cartas que eran poemas para su esposa y su hijo. ¿Entonces puede alguien preso ser libre cuando lee o escribe poesía?

El poeta Miguel Hernández nos muestra que, aun preso, escribir era la manera de liberar todo lo que se hallaba en su mente y corazón. Desde la cárcel escribió sobre esperanza, sobre amor, sobre compasión, sobre libertad, aunque esto último sonara paradójico. Ahora bien, llevar a la cárcel poesía es una forma inclusiva de entender que la gente privada de la libertad también tiene una vida dentro de la prisión. Mientras se conducía el taller de creación literaria dentro del altiplano, logré ver el rostro de los PPL que mostraban asombro al escuchar poesía, verlos conmovidos porque es verdad, la poesía se siente. De pronto un preso lanzó una pregunta: ¿Cómo puedo escribir poesía si aquí en la cárcel todos los días son iguales, si hemos perdido la noción del tiempo?

Esta pregunta hizo mella rotundamente y mi respuesta fue: todos los días está pasando algo aquí dentro de esta cárcel y también afuera, sin embargo, afuera hay gente libre que no percibe que algo pase, la razón es porque están presas en su mente, porque en su corazón hay amargura, falta de perdón, tristeza, odio, esa gente de afuera también ha perdido la noción del tiempo igual que ustedes, sólo saben que es de día porque salió el sol, pero su entendimiento es tan nublado que pareciera que todo el tiempo es de noche.

Y aunque el preso está sometido a la rutina, a los días que parecen los mismos, la verdad es que cada día sentimos distintas cosas, porque siempre estamos recordando; cada día los recuerdos son distintos, con diferente intensidad, con diferente valor. Así que escribimos porque recordamos; aquí dentro de la cárcel y allá afuera, quien escribe vive del recuerdo. La vida y obra del poeta Miguel Hernández dan cuenta de que las circunstancias que nos rodean no son impedimento para escribir, sino la ocasión que hace al escritor; aun desde el encierro conocimos la obra del poeta, a través de sus crónicas, de su narrativa y poesía.

Pero aquí afuera, donde nos encontramos los libres de una condena, debemos estar atentos a lo que está sucediendo, a sentir más, a perdonar más, a no vivir los días como si nada estuviera pasando, a comprender que leer y escribir es en la actualidad una necesidad de sobrellevar las dificultades de la vida. Es también una invitación a que más escritores se sumen a llevar la literatura a lugares como reclusorios, porque en esos lugares hay gente que necesita mantener sus emociones sin que les hagan caer en la desolación, y qué mejor que escribiendo, es decir, vaciando en papel todo lo que habita en ellos.