Cepillar la historia a contrapelo, elecciones de memoria y justicia

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El pasado sábado 31 de mayo, en Perú, en el set de televisión que convocó el Jurado Nacional de Elecciones, Roberto Sánchez y Keiko Fujimori sostuvieron el único debate previo a la segunda vuelta del 7 de junio. La literatura política peruana registrará ese encuentro no por su densidad programática, sino por su economía simbólica, mientras Sánchez desplegó cifras, propuestas y un evidente esfuerzo por mostrarse moderado, Keiko Fujimori operó con una sola herramienta retórica. 

El terrorismo

No como categoría histórica, ni como delito tipificado, sino como significante flotante capaz de adherirse a cualquier enunciado del adversario. Cada vez que Sánchez mencionó la palabra cambio, Fujimori respondió con la palabra Sendero. Cada vez que el candidato de Juntos por el Perú intentó explicar su plan de reactivación económica, la candidata de Fuerza Popular activó el reflejo condicionado: sus allegados han sido vinculados con terroristas. No importaba la verdad de la imputación, allí no importaba su eficacia.

El fujimorismo ha logrado algo que ninguna otra fuerza política en América Latina pudo, la de convertir el estigma en sistema. Para ellos, terrorismo» ya no es una acusación jurídica o histórica. Es una llave maestra que abre todas las puertas del miedo, cualquier propuesta de cambio social, cualquier crítica al modelo económico, cualquier atisbo de redistribución es inmediatamente teñida de rojo, de subversivo, de terrorista o terruco como se le llama en Perú.

 El estigma del terrorismo, genealogía de una herramienta de control

Para comprender por qué la palabra terrorismo funciona en el Perú como una llave maestra que cierra cualquier debate (aunque ya he dedicado una columna enteramente a este estigma e interesante fenómeno) esto, es necesario remontarse a la década de 1980 y 1990. El Partido Comunista del   Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) cometieron atrocidades que dejaron casi 70,000 muertos según la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR, 2003). Ese dato es indiscutible. Lo que también es indiscutible, pero menos recordado, es que el régimen de Alberto Fujimori (1990-2000) utilizó la lucha contra el terrorismo como coartada para cometer sus propios crímenes de lesa humanidad: masacres (Barrios Altos, La Cantuta), esterilizaciones forzadas, tortura sistemática y un entramado de corrupción que la CVR también documentó. El fujimorismo no derrotó al terrorismo solo con inteligencia militar; lo utilizó para disolver el Congreso, intervenir el Poder Judicial y gobernar mediante decretos de urgencia.

Aquí aparece la operación ideológica más perdurable del fujimorismo, esa fusión discursiva entre lucha contra el terrorismo y defensa del orden neoliberal. Desde los años noventa, cualquier crítica al modelo económico, cualquier propuesta de reforma estructural, cualquier intento de redistribución de la riqueza fue automáticamente etiquetada como terrorismo encubierto. No se trataba de debatir si el modelo funcionaba; se trataba de inhabilitar el debate mediante el estigma.

El filósofo Michel Foucault, en su curso Hay que defender la sociedad (1976), analizó cómo el poder construye enemigos internos para justificar su propia expansión. El terrorista reemplazó al loco, al enfermo, al delincuente como figura de exclusión radical. Pero el fujimorismo fue más lejos, convirtió el antiterrorismo en una identidad política. Votar por Fujimori no era votar por un candidato; era votar por la pacificación. Y no votar por Fujimori era, por extensión, votar por el caos subversivo. Esta lógica persiste hasta hoy, los electores de Keiko Fujimori no votan por ella porque respalden su plan de gobierno, muchos ni siquiera lo conocen. Votan por ella porque creen, con una convicción que no admite matices, que cualquier alternativa representa el retorno de Sendero Luminoso. Y esa creencia no es ingenua porque ha sido producida por décadas de propaganda política, medios de comunicación alineados y un sistema educativo que enseñó el miedo antes que la historia.

El cepillado a contrapelo, Susana Higuchi, la primera antiantifujimorista

Apliquemos ahora el método que Walter Benjamin propuso en sus Tesis sobre la filosofía de la historia (1940). Para Benjamin, la historia oficial es un relato construido por los vencedores, y la tarea del materialista histórico es cepillar la historia a contrapelo, que refiere rescatar las tradiciones de los oprimidos, los relatos silenciados, las voces que el progreso sepultó.

¿Quién fue Susana Higuchi? Nacida en Lima en 1950, ingeniera de profesión, esposa de Alberto Fujimori entre 1974 y 1994, madre de Keiko, Hiro Sachi y  Kenji. Pero también, fue la primera dama del Perú entre 1990 y 1994, y, fundamentalmente, la primera persona en denunciar públicamente la dictadura fujimorista.

En 1994, Higuchi se presentó ante el Congreso de la República y declaró, con una lucidez que la historia no ha sabido reconocer, que el régimen de su entonces esposo era una dictadura corrupta. Detalló, el desvío de fondos públicos hacia cuentas personales de Fujimori, la instrumentalización del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) para espiar y perseguir opositores, la creación de grupos paramilitares, la falsificación de decretos supremos, y lo que ella misma denominó política de esterilizaciones forzadas contra mujeres indígenas. Por estas declaraciones, fue confinada en su propia casa, golpeada por efectivos del SIN, y finalmente separada de sus hijos menores. Fujimori la despojó de su condición de primera dama y la acusó de traición a la patria. Higuchi murió en 2021, sin que el antifujimorismo peruano le rindiera el homenaje que merecía. ¿Por qué? Porque Higuchi incomoda, para el fujimorismo, es la prueba viviente de que el patriarca fue un tirano doméstico antes que un tirano político. Para el antifujimorismo, es un recordatorio incómodo de que la oposición a la dictadura también puede venir de sus propias entrañas, lo que relativiza el relato épico de la lucha democrática.

Y aun así, Higuchi es más que eso, es la primera antiantifujimorista. Explico el término, brevemente, el antifujimorismo contemporáneo se define como oposición al fujimorismo. Higuchi, en cambio, fue antifujimorista siendo Fujimori, es decir ella no vino de fuera; ella estaba dentro. Y su crítica no era política en el sentido partidario, era ética y familiar. Denunció al tirano porque durmió con él y supo, como solo puede saberlo una mujer violentada, que el horror no estaba afuera sino en la misma cama.

Esta dimensión íntima es crucial. Porque Keiko Fujimori, para construir su carrera política, tuvo que realizar una operación de memoria aún más radical que la del propio fujimorismo oficial. No solo tuvo que defender al padre que encarceló y torturó a su madre. Tuvo que silenciar a esa madre por completo. En ninguna entrevista, ningún debate, ningún mitin, Keiko menciona a Susana Higuchi, es como si no existiera, fue borrada del árbol genealógico público. Y ese borramiento no es un detalle biográfico, es la condición de posibilidad del fujimorismo como proyecto político. Porque si Susana Higuchi tuviera voz en la campaña, ¿qué diría? Diría que el fujimorismo es una dictadura. Y diría que su hija, al defenderla, es cómplice. 

El mal menor y sus trampas conceptuales

Llegamos así al núcleo del dilema peruano. El domingo 7 de junio, Día de la Bandera, millones de peruanos acudirán a las urnas. Muchos votarán por Keiko Fujimori no porque la quieran, sino porque temen a Sánchez. Es el mal menor, repetirán. Otros votarán por Sánchez no porque lo admiren, sino porque repudian a Keiko. También es el mal menor, dirán. La categoría de mal menor proviene de la tradición del pensamiento político, especialmente del utilitarismo y de ciertas lecturas de la teoría de la decisión. Postula que, ante opciones todas imperfectas, el agente racional elige aquella que produce el menor daño agregado. Pero el problema, como  advertía la filósofa Hannah Arendt en sus ensayos sobre la banalidad del mal, es que la racionalidad instrumental aplicada a la política puede legitimar decisiones moralmente indefendibles bajo la excusa de la necesidad. En el caso peruano, la categoría de mal menor oculta dos operaciones ideológicas.

 

Primera: naturaliza el fujimorismo como opción política viable. Al decir voto por Keiko porque es el mal menor, se acepta implícitamente que el fujimorismo no es un mal absoluto, sino un mal relativo, comparable, negociable. 

Segunda: deshistoriza el miedo. El miedo al terrorismo que moviliza al electorado fujimorista no es un miedo actual, puesto qué Sendero Luminoso tiene una capacidad operativa ínfima, según todos los informes de inteligencia, sino un miedo fosilizado, convertido en reflejo condicionado. Y ese reflejo ha sido cultivado deliberadamente por una maquinaria mediática y política que necesita del miedo para sobrevivir. No propongo, por supuesto, ignorar el terrorismo de los años ochenta y noventa. Sería una vileza histórica. Propongo, más bien, diferenciar, entre el sufrimiento real de las víctimas del PCP-SL y el MRTA, y el uso político de ese sufrimiento para clausurar cualquier debate sobre justicia social. Entre la memoria como deber ético y la memoria como arma de exclusión.

El lugar de la escriba, una reflexión final sin posicionamiento explícito

He escrito esta columna como una estudiante, ciudadana de este país. He intentado, dentro de lo posible, no tomar partido por ningún candidato. No he dicho vote por Sánchez ni no vote por Keiko. He dicho otras cosas, he dicho que el fujimorismo construyó el miedo como sistema político. He dicho que Susana Higuchi fue borrada porque su testimonio destruye la narrativa familiar del régimen. He dicho que la palabra terrorismo funciona hoy como un mecanismo de inhabilitación del disenso. He dicho que el mal menor es una categoría peligrosa cuando se aplica sin conciencia de sus presupuestos históricos. 

Pero también he dicho, entre líneas, que la memoria no es neutral. Que cepillar la historia a contrapelo implica elegir qué voces rescatar.

Lo que quiero es que recordemos, juntos, que el fujimorismo no es una opción política. Es un lugar de memoria. Un lugar donde el padre encerró a la madre, y la hija le sonríe al padre. Un lugar donde el terrorismo ya no es una práctica, sino una palabra que sirve para no pensar. Un lugar donde la historia se escribe al revés, los dictadores se llaman pacificadores, y las víctimas, terroristas.

Por eso, esta columna no es tibia.

 

Perú, mi país herido, mi país de plata y ceniza, no votemos con miedo, votemos con los ojos abiertos, si tú, que lees, si votas por Keiko, al menos hazlo sabiendo que votas por la hija que enterró a su madre. Y si votas por Sánchez, hazlo sabiendo que votas por alguien a quien el fujimorismo convertirá, pase lo que pase, en el próximo terrorista de salón.

Yo no votaré por Keiko. Jamás. Por memoria. Por justicia. Porque el primer antifujimorista fue una Fujimori, y eso debería hacernos pensar que, a veces, la coherencia se paga con el exilio interior.

Y que la bandera, este 7 de junio, no se manche otra vez.