Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos

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No dejaron de existir. Dejamos de mirarlos. Así lo leí hace un par de días en una exposición que abrió sus puertas al público en el Centro Toluqueño de Escritores. Dicha exposición, a cargo de los alumnos de la carrera de arquitectura de la UAEMéx, retrata personas de la tercera edad realizando diversas actividades. La mayoría de fotografías muestra el semblante cansado de los adultos mayores, pero también la ilusión en los ojos mientras realizan actividades en que se sienten incluidos.

Inmediatamente una pregunta me surge cuando observo estas fotografías: ¿A qué edad comenzamos a tratar a una persona como adulto mayor? Desde luego que la Organización de las Naciones Unidas establece que se considera a una persona como adulto mayor a la edad de 60 años; el deber ser nos dice que es una persona más vulnerable, puesto que su energía y oportunidades ya no son las mismas a las que posee el adulto joven. En México, a pesar de contar con apoyos económicos a este sector de la población, existe un olvido al adulto mayor. Aquí algunos ejemplos, la forma en que algunos tienen para referirse al adulto mayor: Ya estás viejo, se te olvidan las cosas porque ya eres anciano, tú ya no puedes decidir qué hacer y a dónde ir porque ya no tienes fuerzas.

¿Cuántos hijos se han olvidado de sus padres? ¿Cuántas personas tienen en poca estima la opinión de los adultos mayores? Se olvidan de que esas canas no solo denotan tiempo, sino aprendizaje, vivencias, alegrías y tristezas que no se gestaron de la noche a la mañana. Se olvidan también de que esos huesos se hicieron fuertes antes que los de ellos; así lo decía Juan Rulfo para mostrar que hay experiencia y sabiduría en la vejez, para la juventud la fuerza, pero también la inexperiencia.

¿Cuántos adultos mayores hay en las calles pidiendo dinero? Otros más trabajando en centros comerciales empacando productos, cuántos más refugiados en asilos. Olvido hacia ellos y también hacia los adultos mayores que, aun teniendo familia y casa, el simple hecho de reunir a sus familiares representa una carga para quienes ven como una obligación visitar a los abuelos, porque claro, para todo tenemos tiempo, menos para lo importante. ¿Cuántas comidas servidas a la mesa por manos de adultos mayores han sido preparadas para que sus invitados se sientan atendidos y, en respuesta, no reciben algún agradecimiento? Muchos adultos mayores con los que casi nadie quiere platicar porque éstas son repetitivas, piensan esto los hijos y nietos mientras sujetan el teléfono viendo TikTok y sus novedades o Facebook con sus mil notificaciones.

Hay relatos, hay crónica de la voz de los adultos mayores que jamás será conocida porque no tuvieron a quien contarlo, tradiciones que terminarán en cuanto ellos mueran, y familias que no volverán a frecuentarse cuando estos adultos mayores ya no estén. Recetas de comida y remedios medicinales que dejaron de practicarse porque nadie tuvo el interés de preguntarles a los mayores cómo se preparaban.

Definitivamente, muchos jóvenes aprenderían sobre cosas que nadie nos enseña, ese asunto de vivir del que tanto se habla; también se evitarían tantos errores si tan solo escucharan de la voz de la experiencia que la vida tiene complicaciones, pero también soluciones. Mientras digo esto, viene a mi mente el cantautor argentino Carlos Barocela, quien cantaba: Y hay tanta adolescencia apresurada y tanta soledad arrepentida. Después de esto, sigo creyendo en la sabiduría de aquellos a los que llaman viejos.

En casa o en la familia todos tenemos un adulto mayor, de ahí la invitación a que les demos protagonismo en nuestras vidas, a incluirlos, esa palabra que tanto escuchamos, pero que nadie aplica de verdad, a invitarlos a salir de la rutina, a poder caminar por el parque, una experiencia que ellos, a diferencia de nosotros, todavía pudieron hacer sin tener miedo a la delincuencia. Soltemos nuestra cadena o, mejor dicho, el celular que tanto nos ata, y platiquemos con ellos. Hagamos que se sientan como lo que son, personas útiles y necesarias para la sociedad, pero, por sobre todas las cosas, amarlos, porque la más grande manifestación del amor es la paciencia.