Corazón de pollo: La vulnerabilidad que nadie espera de un líder
Hay una frase que siempre me ha causado gracia.
No tengas corazón de pollo.
Como si sentir fuera un defecto.
Como si decepcionarse fuera una debilidad.
Como si el éxito profesional viniera acompañado de una vacuna contra las emociones.
Y sin embargo, después de algunos años liderando equipos, tengo una teoría distinta.
Los líderes también tienen corazón de pollo.
Solo que aprenden a esconderlo mejor.
Porque cuando uno asume una posición de liderazgo ocurre algo curioso.
La gente empieza a verte diferente.
De pronto pareces más fuerte de lo que realmente eres.
Más seguro.
Más preparado.
Más inquebrantable.
Como si el cargo viniera con una armadura invisible.
Y la verdad es mucho menos cinematográfica.
La mayoría de las veces seguimos improvisando mientras intentamos hacerlo bien.
Seguimos dudando.
Seguimos aprendiendo.
Seguimos preguntándonos si estamos tomando la decisión correcta.
Solo que ahora hay menos espacio para admitirlo.
Porque existe una expectativa silenciosa alrededor del liderazgo.
La de ser siempre el fuerte de la película.
El que resuelve.
El que contiene.
El que encuentra respuestas.
El que no se quiebra.
Y ahí empieza una de las grandes mentiras corporativas.
Porque los líderes también se cansan.
También se frustran.
También se equivocan.
También sienten miedo.
Y sí, también les duele cuando descubren que no todas las personas que sonreían en la mesa estaban realmente sentadas en el mismo equipo.
Hay decepciones que no aparecen en ningún manual de liderazgo.
Descubrir que no todos son amigos.
Entender que algunas lealtades estaban vinculadas al interés y no al vínculo.
Ver cómo cambian ciertas dinámicas cuando el cargo cambia.
Escuchar conversaciones que antes no escuchabas.
Descubrir versiones de las personas que nunca te mostraron.
Eso también forma parte del liderazgo.
Y duele más de lo que muchos admiten.
Porque detrás de cada líder hay una persona que sigue creyendo en los vínculos.
Que sigue apostando por la confianza.
Que sigue esperando honestidad.
Aunque la experiencia le haya enseñado que no siempre llegará.
Lo curioso es que el mundo corporativo parece admirar a los lobos.
A los duros.
A los impenetrables.
A los que nunca muestran emociones.
A los que convierten cualquier problema en una batalla de poder.
Pero pocas veces hablamos de los líderes que conservan humanidad.
De los que todavía sienten.
De los que todavía se preocupan por las personas.
De los que no han confundido firmeza con frialdad.
Porque una cosa es desarrollar carácter.
Y otra muy distinta es perder sensibilidad.
Hay quienes creen que liderar implica endurecerse hasta dejar de sentir.
Yo creo exactamente lo contrario.
El verdadero desafío es seguir sintiendo sin permitir que las emociones decidan por ti.
Seguir creyendo sin volverte ingenuo.
Seguir confiando sin dejar de aprender.
Seguir construyendo vínculos sin convertirte en un cínico profesional.
Porque la vulnerabilidad no es el enemigo del liderazgo.
La falta de autoconocimiento sí.
Un líder que reconoce lo que siente suele tomar mejores decisiones que uno que pretende no sentir nada.
Y quizás esa sea una de las lecciones más incómodas de crecer profesionalmente.
Entender que el liderazgo no consiste en convertirse en una máquina.
Consiste en aprender a gestionar lo humano.
Incluyéndote a ti.
Por eso, después de todo este tiempo, he llegado a una conclusión poco corporativa.
No me preocupa tener corazón de pollo.
Me preocuparía perderlo.
Porque los cargos cambian.
Las organizaciones cambian.
Los equipos cambian.
Pero la capacidad de seguir siendo humano en medio de todo eso sigue siendo una de las formas más difíciles —y más valiosas— de liderazgo.
Y en tiempos donde todos quieren parecer invencibles, quizá el verdadero acto de valentía sea aceptar que, debajo del cargo, seguimos teniendo corazón.
