Nudo en la garganta: anatomía de un tejido social que se desgarra

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Muchas maneras de matar

Hay muchas maneras de matar.

Pueden meterte un cuchillo en el vientre. Quitarte el pan.

No curarte de una enfermedad. Meterte en una mala vivienda. Empujarte hasta el suicidio.

Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo. Llevarte a la guerra, etc…

Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.

Hay un sonido que no cesa. No es el ruido del tráfico, ni el de las notificaciones del teléfono, ni siquiera el de las sirenas que, en Arequipa (ciudad al sur del Perú, en que vivo), se han vuelto tan cotidianas como el ladrido de los perros. Es otro sonido… más profundo, un sonido de un mundo que se deshace y se rehace al mismo tiempo, como una tela que se rasga mientras otra se teje con hilos que no reconocemos. Este sonido, este zumbido de fondo, es el que nos impide dormir del todo, es el que nos despierta a las 3 de la mañana con la pregunta incómoda: ¿qué está pasando aquí? ¿Qué está pasando con nosotros? Porque algo se ha roto, sí, pero no sabemos bien qué, y lo que es aún peor es que no sabemos si se puede reparar.

La tesis que quiero sostener en esta columna, la que me parece más urgente y también más difícil de articular sin caer en el catastrofismo o la resignación, es la siguiente: el neoliberalismo no es solo un modelo económico, pues, antes que nada, una es una máquina de desintegración social. Su principal producto no es la riqueza (que concentra en pocas manos) sino el aislamiento, la desconfianza y la soledad de todos contra todos. Y esa máquina, que lleva décadas funcionando a pleno rendimiento, ha llegado a un punto crítico, no hace falta detenernos a pensar más de tres segundos, hoy, en el año 2026, no solo está desintegrando nuestras sociedades, y no podemos hacernos los apolíticos, debemos ver que se está reprogramando nuestra subjetividad, se está haciendo que nos parezca normal lo que antes nos hubiera parecido monstruoso.

La locura del orden

En Historia de la locura en la época clásica (1961), nuestro querido Foucault mostró algo que debería perseguirnos a todos los que nos dedicamos al pensamiento crítico, considero, y es que la locura no es lo opuesto a la razón, sino su sombra necesaria. Y vaya que solo ese aforismo, puede removernos por completo, pero desglosemos. La razón moderna se construyó excluyendo, encerrando, silenciando aquello que no podía controlar, es decir el loco no es el que está fuera de la razón; es el que la razón necesita para saber quién es, es su otro, su límite, su frontera.

Pero Foucault fue más lejos, nos dijo que la «razón» no es una verdad absoluta, sino un discurso impuesto a conveniencia de unos cuantos para mantener un sistema (alta relación con Nietzsche). La razón ilustrada, la que nos vendieron como universal y neutral, era en realidad una razón de clase, una razón de género, una razón imperial. Era la razón del que podía hablar y definir, frente al que debía callar y ser definido.

Hoy, en el Perú de 2026, y en cualquier parte del mundo, esa lección es más actual que nunca. Cada vez que alguien nos dice que estamos «locos» o que «carecemos de razón» por tener una opinión política crítica, no está haciendo un diagnóstico clínico. Está intentando reafirmar una verdad de la que ni ellos mismos están convencidos. Está intentando reubicarnos en el lugar de la sinrazón, de la anomalía, de la enfermedad, para que su propia versión de la realidad (la versión que legitima la desigualdad, la explotación y la muerte) pueda seguir presentándose como la única sensata. Y aquí quiero hacer una conexión que me parece central, el neoliberalismo, como discurso, funciona exactamente igual. Es una razón política que necesita construir su propia locura, necesita presentar como «irracional» cualquier intento de resistencia colectiva, cualquier atisbo de solidaridad, cualquier proyecto que no pase por el mercado. La solidaridad es «ineficiente», la organización comunal es «arcaica», la defensa del territorio es «un obstáculo al desarrollo». Todo aquello que no se puede traducir a la lógica del costo-beneficio es desechado como ruido, como irracionalidad, como locura.

Frantz Fanon (a quien quiero mucho), en Los condenados de la tierra, entendió esto con una claridad que aún nos interpela. El colonialismo, escribió, no solo explota deshumaniza, sino que niega al colonizado su condición de sujeto, ¿Cómo? Lo convierte en un objeto, en una cosa, en un ser que no merece ser escuchado porque su voz no es la voz de la razón. Y esa misma lógica se reproduce hoy, no en las colonias, sino en las periferias del capitalismo global, en los barrios marginales de Lima, en las favelas de Río, en los campos de refugiados palestinos, en las minas de Coltán del Congo.

El interregno. ¿Gramsci y el monstruo que no sabemos nombrar?

A esta época nuestra, Antonio Gramsci le dio un nombre que resuena con la precisión de un diagnóstico clínico:

interregno.

Escribió, en sus Cuadernos de la cárcel, que el interregno es ese momento en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. Y en ese espacio, en ese vacío, aparecen los monstruos.

Hoy vivimos en un interregno global. El viejo orden (el de la posguerra, el del Estado de bienestar, el de los consensos keynesianos) ha muerto. Lo mató el neoliberalismo, con su insistencia en que el mercado lo resuelve todo, con su odio a lo público, con su fetichismo de la competencia. Pero lo nuevo, el orden que podría reemplazarlo, todavía no puede nacer. Y en ese intervalo, en esa grieta, aparecen los monstruos.

¿Qué monstruos? Todos los que vemos a diario y ya no nos sorprenden:

  • La desigualdad que crece mientras la riqueza se concentra en manos de unos pocos.
  • La precariedad laboral que se ha vuelto la norma, no la excepción.
  • La democracia que se vacía de contenido y se convierte en un mero procedimiento técnico.
  • La violencia que se naturaliza, que se vuelve paisaje.
  • Los genocidios que ocurren ante nuestros ojos y que apenas mencionamos en las cenas familiares.

Estos monstruos son el producto necesario de un sistema que se ha quedado sin relato, que ha perdido la capacidad de justificarse como progreso, como bienestar, como futuro. Y que, sin embargo, sigue funcionando porque funciona por inercia, por fuerza, por miedo.

En el Perú, ese interregno se llama Keiko Fujimori. No es una anomalía en la historia peruana: es su culminación lógica, la hija del dictador, la que aprendió a ejercer el poder desde la cuna del poder más corrupto de la historia reciente, es la encarnación de un país que no puede salir de su propio laberinto. No porque no haya salidas, sino porque quienes detentan el poder han hecho de la salida una amenaza. Hace apenas unos días, la nueva presidenta anunció que tendremos una «autoridad digital», la frase, vacía y grandilocuente, suena a un intento de controlar el espacio público en la era de la desinformación, un intento de ponerle un candado a la palabra, un intento de estriar el último territorio liso que nos queda, el de la conversación, el de la disidencia, el de la construcción colectiva.

No es casualidad que esta autoridad digital se anuncie al mismo tiempo que empresas como Palantir (!) se instalan en la región. Palantir, la empresa de análisis de datos fundada por Peter Thiel (uno de los magos negros del capitalismo tecnológico), ha hecho fortuna vendiendo a los gobiernos la capacidad de predecir el comportamiento social, de anticipar la disidencia, de sofocar la insurgencia antes de que brote. Es la política como algoritmo, la vigilancia como servicio.

Cuando hablamos de neoliberalismo, a menudo lo hacemos como si fuera un fenómeno abstracto. Pero el neoliberalismo tiene geografía, se encarna en territorios concretos, y, como todo sistema que se respeta, tiene sus centros y sus periferias, sus zonas de confort y sus zonas de sacrificio. En este momento, mientras escribo estas líneas, hay una lucha silenciosa pero feroz en lugares tan distantes como Tower Hamlets (Londres) y Wisconsin (Estados Unidos). En ambos sitios, comunidades locales están resistiendo la instalación de centros de datos gigantescos, esas fábricas de la nube que alimentan nuestros teléfonos, nuestras aplicaciones, nuestros algoritmos. La resistencia, en ambos casos, no es contra la tecnología en sí (que podría ser una herramienta de liberación, líneas de fuga) sino contra el modelo de extracción que la tecnología representa.

¿Qué tienen en común estos centros de datos? Que son símbolos de un nuevo colonialismo, no solo infraestructura como muchos quieren creer. Consumen enormes cantidades de energía, requieren tierras que podrían usarse para vivienda o agricultura, y generan empleos precarios mientras concentran la riqueza en manos de unos pocos. Pero, sobre todo, son el corazón visible del capitalismo algorítmico, el sistema que extrae nuestros datos, los procesa, los vende y los convierte en ganancia. Para profundizar en esto quiero traer a otro gran personaje a esta columna, a Aimé Césaire, quien en su Discurso sobre el colonialismo, escribió que el colonialismo no era un accidente ni una desviación de la civilización occidental, era más bien la civilización occidental en su expresión más honesta. Lo que hacía en las colonias, escribió Césaire, no era diferente de lo que hacía en Europa; solo que en las colonias no había testigos, no había prensa, no había vergüenza.

Hoy, el colonialismo ha cambiado de forma. Ya no necesita barcos, ni cañones, ni administradores coloniales. Necesita centros de datos, necesita autoridades digitales, algoritmos que clasifiquen a la población en útiles y prescindibles. Y necesita, sobre todo, un relato que presente todo esto como progreso, como modernización, como lo único posible.

En Perú, ese relato se llama modernización del Estado, gobierno digital, inclusión financiera. Suena bonito. Pero detrás hay una realidad más oscura, muy oscura, porque la digitalización del Estado no es un fin en sí mismo, es un dispositivo de control, es la manera en que el poder se adapta a un mundo donde la vieja represión ya no es suficiente, donde necesita anticiparse a la disidencia, donde necesita saber qué vas a hacer antes de que tú mismo lo sepas.

Nuevamente…

No puedo escribir esta columna sin hablar de la muerte. Porque el neoliberalismo no solo desintegra el tejido social, mata. Y mata de maneras que hemos aprendido a normalizar, a ignorar, a desplazar del centro de nuestra atención. Mientras escribo, Palestina sigue ardiendo. Gaza, ese campo de concentración a cielo abierto, sigue siendo bombardeada con el sello de aprobación de las potencias occidentales. El «plan de paz» de Trump, que hace unos meses se presentó como una solución, es en realidad una sentencia de muerte, es la continuación de la guerra por otros medios, la legitimación del despojo, el silencio cómplice de la comunidad internacional.

Y, sin embargo, seguimos viendo los partidos de fútbol, seguimos comprando en las tiendas online, seguimos consumiendo como si nada. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que podamos ver las imágenes de niños palestinos bajo los escombros y, al minuto siguiente, volver a nuestra rutina? Se escribió arduamente sobre la banalidad del mal para describir a los burócratas que administraron el Holocausto. Pero hoy necesitamos una categoría nueva: la banalidad del espectador. El mal ya no necesita ser cometido por burócratas fríos, necesita ser consumido por millones de espectadores que, sin hacer nada, lo hacen posible. Porque el sistema ha logrado que miremos hacia otro lado, que nos sintamos abrumados por la cantidad de información, que pensemos que no podemos hacer nada. Sudán es otro ejemplo de esta banalidad del espectador. Desde abril de 2023, más de 150.000 personas han muerto en un conflicto que los medios llaman «guerra civil» o «conflicto étnico», como si esas palabras pudieran borrar el hecho de que hay un **genocidio** en curso. Las RSF, herederas de las *janjaweed* que cometieron el genocidio de Darfur, están matando a la población civil con una crueldad que apenas registramos (a veces siento que mis columnas son un disco rayado, pero es necesario jamás olvidar los acontecimientos que nos mueven, para no cegarnos, no podemos permitirnos eso).

¿Por qué no hablamos de esto? ¿Por qué no llenamos las calles? ¿Por qué no hay una indignación comparable a la que vimos por otras causas?

La respuesta, creo, tiene que ver con el interregno que mencioné antes. Vivimos en un momento en que los viejos marcos de sentido (la solidaridad internacional, la justicia como valor, la vida como derecho) se han debilitado, y los nuevos marcos (el mercado, la eficiencia, la seguridad) no ofrecen ninguna razón para preocuparse por el dolor ajeno, sino que por el contrario, ofrecen razones para ignorarlo.

Y sin embargo, ¿resistimos? No siempre. No de la manera que quisiéramos. No con la intensidad que el momento exige. Pero resistimos. Brecht no escribió el poema para resignarnos, sino para nombrar lo que el poder quiere ocultar. Y nombrar, como he escrito otras veces, es el primer acto de justicia

Resistir, en este contexto, no es solo salir a la calle y gritar consignas. Eso es necesario, pero no es suficiente. Resistir es también tejer, construir redes de cuidado que el mercado no puede capturar. Es crear espacios de palabra donde el

poder no llega. Es preservar la memoria de lo que fue, para que no nos hagan creer que siempre ha sido así. En Tower Hamlets, en Wisconsin, en las comunidades mapuche del Wallmapu, en las ollas comunes, en las escuelas de los campamentos palestinos, hay gente que está tejiendo. No con grandes declaraciones, sino con gestos pequeños: una comida compartida, una clase improvisada, una reunión en un sótano, una columna como esta. Gilles Deleuze y Félix Guattari llamaron a esto «líneas de fuga”. Son esos movimientos que no se pueden predecir, que no se pueden controlar, que escapan al mapa del poder. No son una solución, no son una victoria, pero son una posibilidad, una prueba de que el sistema no es total, de que siempre hay un resquicio por donde colarse.

En el Perú de 2026, las líneas de fuga son muchas: los movimientos indígenas que defienden el agua, las organizaciones de mujeres que resisten la violencia, los colectivos culturales que reinventan la memoria, los estudiantes que no se resignan a un futuro sin futuro. Son frágiles, a menudo invisibles, casi siempre precarias. Pero están ahí. Y mientras estén, hay esperanza.

Coda

Termino esta columna sin terminar. Porque el interregno no se termina con una frase bonita. Se termina con acción. Con el trabajo cotidiano de construir lo nuevo mientras lo viejo se desmorona. Brecht no solo escribió sobre las muchas maneras de matar. También escribió sobre la necesidad de cambiar el mundo, y, como él, nosotros estamos aquí, no para llorar la muerte del viejo orden (que ya era un orden de muerte) sino para nombrar lo que viene.

No nos resignamos.

No dejamos que el zumbido nos adormezca.

No creemos que la locura es la nuestra y la razón la de ellos.

Porque si hay muchas maneras de matar, también hay muchas de resistir. Aimé Césaire lo escribió en su Cuaderno de un retorno al país natal: «Mi boca será la boca de las desdichas que no tienen boca» (Césaire, 1939). Esa es la tarea. Ese es el gesto.

Poner la palabra donde solo hay silencio, el corazón donde solo hay indiferencia. Y permanecer con el nudo en la garganta, pero avanzar con él.

Fuentes consultadas:

  • Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Lumen, 1963.
  • Césaire, Aimé. Discurso sobre el colonialismo. Akal, 2006 (original 1950).
  • Deleuze, Gilles; Guattari, Félix. Mil mesetas. Pre-Textos, 1988.
  • Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra. FCE, 1961.
  • Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica. FCE, 1967.
  • Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Era, 1999 (original 1929-1935).
  • Noticias recientes: Al Jazeera (Palestina y Sudán), The Guardian (centros de datos), La República (Política peruana).
  • Silva Santisteban, Rocío. El conflicto armado interno no terminó en 2000. (Entrevistas y artículos diversos).
  • Portocarrero, Gonzalo. Rostros criollos del mal. 2004.