Rutas personales
Los seres humanos solemos hacer las cosas en búsqueda del éxito; ese animal mitológico que todos dicen haber visto pero pocos pueden describir sin tartamudear y que suele esconderse justo detrás de la adversidad.
En la vida no hay casualidades, todo son causalidades y ésta tiene un sentido del humor particularmente cruel; te lanza piedras, obstáculos, gobiernos torpes, familias que opinan o abusan demasiado, jefes que se empoderan estúpidamente y amigos que creen que aconsejar es sinónimo de proyectar sus miedos. Y aun así, uno avanza.
¿Por qué?, porque al final, todo depende del cristal con que se mire: el drama o la posibilidad, la caída o el impulso, la derrota o las rutas personales hacia la victoria.
Esta posibilidad, la de hacer y buscar alternativas hacia ese éxito, se constituye en un camino contracorriente y no por rebeldía adolescente, sino por convicción adulta. Hablamos de esas personas que, mientras todos gritan no se puede, responde con un ya verás que sí.
No es magia: es resiliencia, ese músculo silencioso que se fortalece cada vez que el entorno intenta aplastarte y tú, con una elegancia casi insolente, te niegas a caer. Es el arte de convertir la adversidad, en materia prima; el conflicto en mapa, la crítica en combustible, para no perder el rumbo.
Ejemplos sobran; quien perdió su empleo por un jefe que confundió liderazgo con capricho, y aun así construyó un proyecto propio que terminó superando a la empresa que lo despidió.
Aquel que, cansado de la incongruencia familiar, decidió romper el guion heredado y escribir uno nuevo, más honesto, más propio; o quienes, hartos de la mediocridad institucional, eligieron caminar hacia el deber ser aunque eso implicara caminar solo. Todos ellos descubrieron lo mismo: el éxito no es un destino, es una postura. Una forma de plantarse frente al mundo y decir no me vas a doblar.
La clave está en potenciar las habilidades que ya tenemos; no las que soñamos, no las que nos gustaría presumir, sino las reales: esas que nos han sostenido en los días difíciles.
El que sabe escuchar, escucha mejor; el que sabe pensar, piensa más profundo; el que sabe crear, crea incluso en ruinas y el que sabe resistir, resiste con una sonrisa irónica que desconcierta a los que apostaban por su caída (que suelen ser muchos).
Porque sí, a veces el entorno es negativo, a veces el mundo parece diseñado para que uno fracase, a veces la incongruencia es tan grande que provoca náuseas. Pero el deber ser, ese viejo conocido que siempre sabemos que existe, termina imponiéndose. No porque sea fácil, sino porque es inevitable. La congruencia, cuando se practica, se vuelve adictiva.
El éxito, entonces, no es una medalla ni un aplauso, es la capacidad de mirarse al espejo y reconocer que, pese a todo, uno eligió el camino correcto. Que se avanzó sin traicionarse. Y se resistió sin perder la esencia. Que se puede caminar con ironía, pero también con dignidad.
Y esa ruta, aunque parezca cuesta arriba, siempre vale la pena. Porque la adversidad, vista con el cristal adecuado, deja de ser enemigo y se convierte en maestro.
¡Claro!, si optamos por suprimir la mediocridad de nuestras existencias. ¿Podremos?
horroreseducativos@hotmail.com

