Banda ancha

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Salí llorando no de felicidad, sino de melancolía.

Escanearon mis pequeños ojos cafés como parte del trámite y sentí claramente una explosión, un encogimiento de mis Nueve mil millones de nombres de Dios

(A.C. Clarke) y sí, algo en mí se empezó a apagar.

¡Hey esperen, sólo quiero renovar mi pasaporte!, pensé.

Contamos con la esperanza de qué el fin del mundo le toque a otros.

Amo las películas y libros de ciencia ficción, robots que se niegan a morir, personas con ropa increíble dando órdenes a una computadora llamada Madre

o la voz sexi de ojo rojo brillante Hal y estoy segura que si a George Orwell le hubieran escaneado los ojos ayer, hubiera llorado también.

 Nota: todas esas historias pasan por etapas de crisis, hambruna, rebelión y muerte.

Por lo tanto, me niego a tener Alexa, chat gpt, Geminni, Cancer o Taurus.

No ha pasado tanto de mi primer coqueteo con Orson Welles y aunque las canas también invaden mi cabeza, de verdad, no ha pasado tanto y sin embargo… mi hija piensa que es claramente progreso que las IA hagan una tesis, recuerden fechas de cumpleaños y sobre todo te den indicaciones de cómo vivir, ahora resulta que te enseñan a respirar, ¡a respiraaaaar!

Me aterra pensar que consultará tal vez, como ser la hija perfecta

Yo no quiero una hija perfecta, quiero una hija primitiva que confíe en su sangre y en su memoria, que tenga que anclar un pedazo de tronco en el suelo para saber la hora. Esa me gusta, la que grita como salvaje en un concierto, la que no sabe si va o viene, ese ser humano que parí como se ha hecho desde hace miles de años, bañada en sudor y berreando.

Es un acto poético que la tecnología abra sus alas y nos lleve en ellas pero que nos tape el sol es sin duda,  un Ícaro que debe caer.

En las letras pequeñas junto a la palabra PROGRESO dice a dónde, pero es la parte que nadie lee.   ¿Acaso tú las leíste?

El libro del apocalipsis que memoricé es tan sagrado como el tuyo querido lector, leí a mis doce apóstoles: son el Mateo, el Pedro, la Blavatski, el Nostradamus, el Copérnico o el Galileo de mi era.

Son los viajantes de banda ancha por luces solares e incandescentes: Ray, Asimov, Wells, Dick, Le Guin, C. Clarke, Heinlein, Verne, Shelly, Kubrick, Ridley Scott, Kubrick.

Lo sé, somos la luz de una estrella que se extinguió hace mucho tiempo y sobre la cual alguien pide un deseo.

Y sin embargo, cada noche les rezo con la esperanza de que tengan un libro que desconozco dónde al final, el apocalipsis se detenga de un golpe.