Del 5 de septiembre al bando de las brujas
N’oubliez jamais qu’il suffira d’une crise politique, économique
ou religieuse pour que les droits des femmes soient remis
en question. Ces droits ne sont jamais acquis.
Vous devrez rester vigilantes votre vie durant.
Simone de Beauvoir, 1974
5 de septiembre
Hay días en que el mundo se divide en dos: los que tienen fecha en el calendario y los que no. El 8 de marzo, por ejemplo, es una fecha que brilla, que se viste de morado y ocupa titulares, es el día en que las grandes marcas se vuelven feministas por unas horas, en que los discursos políticos se llenan de buenas intenciones y las redes sociales se saturan de consignas. Es necesario, no me malentiendan, es una conquista, una visibilidad ganada a pulso. Pero hay otra fecha, el 5 de septiembre, que no tiene reflectores, que no aparece en los comerciales ni en los discursos de los gobiernos. Es el Día Internacional de la Mujer Indígena, y su invisibilidad es una estructura. Porque el feminismo, como la historia, tiene sus propias jerarquías. Tiene sus heroínas reconocidas y sus luchas silenciadas. Tiene sus fechas brillantes y sus fechas que apenas se nombran. Y mientras el 8 de marzo se ha convertido en un espectáculo global el 5 de septiembre nos recuerda que hay mujeres que no caben
en ese relato. Mujeres que habitan territorios, que hablan otras lenguas, que han sido esterilizadas sin su consentimiento, que han sido borradas de la historia oficial, que han resistido con sus cuerpos y sus palabras. La gran disputa y jerarquía de la mujer dentro de la categoría misma.
La fecha conmemora el Congreso Internacional de Mujeres Indígenas celebrado en 1974 en la ciudad de México, un encuentro que reunió a mujeres de diferentes pueblos originarios de América para discutir su situación de opresión y trazar caminos de resistencia. Pero, sobre todo, recuerda la figura de una mujer que se convirtió en símbolo: Bartolina Sisa, la líder aymara que, junto a su compañero Túpac Katari, lideró la gran rebelión indígena de 1781 contra el dominio colonial español en el Alto Perú (hoy Bolivia). Bartolina fue una estratega militar, una organizadora y una mujer que pagó con su vida la audacia de desafiar el orden colonial, fue capturada, torturada y ejecutada públicamente, pero su nombre no se borró. Siglos después, su lucha se convirtió en bandera para las mujeres indígenas de todo el continente.
El Día de la Mujer Indígena no es un reconocimiento que se otorgue por el Estado, podría decirse que es una conquista del movimiento indígena, una fecha que nace de la organización colectiva, y, su existencia es un recordatorio incómodo de que el feminismo, tal como se ha contado desde el Norte global y desde las élites, no ha sido siempre el mismo para todas. La historia oficial del 8 de Marzo suele comenzar en Nueva York, con las obreras de la fábrica Triangle Shirtwaist, y se extiende hacia Europa y América del Norte. Es una historia necesaria, pero incompleta. Porque mientras las mujeres blancas de clase media luchaban por el voto y el acceso a la educación, las mujeres indígenas luchaban por la tierra, por la supervivencia de sus lenguas, por la no desaparición.
Después del recordatorio breve del día de la mujer indígena, pasemos a una noticia, que me ha movido, y en términos históricos, me ha hecho recordar un hecho quebrado de mi país. Porque la invisibilidad de las mujeres indígenas no es solo simbólica; es material y violenta. En los años 90, durante el gobierno de Alberto Fujimori en Perú, el Estado peruano llevó a cabo una política sistemática de esterilizaciones forzadas que afectó a más de 300.000 mujeres, en su mayoría quechuas y aymaras de zonas rurales y empobrecidas. Después ellos lo llamadon error administrativo, pretendiendo justificarlo, pero en realidad fue una política eugenésica disfrazada de salud pública. Las mujeres fueron engañadas, presionadas y, en muchos casos, operadas sin su consentimiento informado, bajo la promesa de atención médica o el temor a perder sus beneficios sociales. La Comisión de la Verdad y Reconciliación documentó estos casos como parte de las violaciones a los derechos humanos durante el fujimorismo, pero la impunidad ha sido la norma. Ningún responsable ha sido condenado, y la memoria de esas
mujeres (sus cuerpos violados por el Estado, sus nombres silenciados) sigue siendo una herida abierta.
Y esta semana, esa herida ha vuelto a sangrar. En Bolivia, se ha puesto en consideración un proyecto de ley que plantea la esterilización forzada de mujeres en situación de calle. El argumento, envuelto en un lenguaje técnico que parece neutral, es el mismo de siempre, control de la natalidad, bienestar social, prevención de la pobreza. Pero detrás de estas palabras se esconde la misma lógica que ya hemos visto, la de un Estado que decide qué vidas merecen ser reproducidas y cuáles deben ser extirpadas, la de un poder que se arroga el derecho de decidir sobre los cuerpos de las mujeres más vulnerables.
El proyecto, que ha sido denunciado por organizaciones feministas y de derechos humanos, y por ende nos obliga a preguntarnos, ¿hemos aprendido algo de los 90? ¿O la misma lógica eugenésica se reproduce con nuevos nombres, nuevas leyes, nuevas justificaciones? La respuesta, desgraciadamente, es que la impunidad es un sistema. Mientras no haya justicia para las víctimas del pasado, el Estado seguirá sintiéndose con derecho a repetir las mismas violencias en el presente. En Perú, Bolivia, y en muchas otras partes.
Por ejemplo:
Afganistán
Si necesitáramos una prueba de que los derechos de las mujeres no son un logro irreversible, bastaría mirar a Afganistán. Desde que los talibanes retomaron el poder en 2021, han desmantelado sistemáticamente los derechos de las mujeres, la educación secundaria y universitaria les está prohibida, se les impide trabajar en la mayoría de los sectores, se les obliga a cubrirse completamente en público y han sido excluidas de la vida política. Las mujeres afganas han sido borradas del espacio público como si nunca hubieran existido (Amnistía Internacional, 2023; Human Rights Watch, 2024).
Este es un recordatorio brutal de que los derechos de las mujeres no son un producto acabado, sino una conquista que debe defenderse cada día. La socióloga y feminista francesa Simone de Beauvoir (a quien ya he citado infinidad de veces y con la misma frase) lo advirtió hace décadas con el epígrafe que está al inicio de la columna. La historia de Afganistán es la prueba de que Beauvoir no exageraba, porque una crisis política (la retirada de Estados Unidos y el colapso del gobierno afgano) fue suficiente para que el fundamentalismo religioso borrara décadas de avances.
Este es el contexto global en el que debemos pensar el feminismo hoy. No como un lujo de países desarrollados, sino como una condición de supervivencia para millones de mujeres en todo el mundo.
Sobre la crítica vacía, hembrismo, feminazis y la guerra por el lenguaje
A pesar de esta realidad (las esterilizaciones forzadas, la invisibilidad de las mujeres indígenas, el horror de Afganistán), sigue siendo común escuchar críticas vacías al feminismo. Es hembrismo, dicen algunos. Busca posicionar a la mujer por encima del hombre. Otros recurren al término feminazis, una palabra que no es un argumento, sino un dispositivo de deslegitimación, es un término diseñado para equiparar la lucha por la igualdad con una forma de totalitarismo, para que cualquier reclamo de justicia sea descartado como excesivo. No es casualidad que la crítica al feminismo se haya vuelto más virulenta en los últimos años. Como bien saben quienes estudiamos el poder, la narrativa controla. No se trata de debatir ideas, sino de desacreditar la palabra de quien las propone. El feminismo no es perfecto, por supuesto; ha tenido y tiene contradicciones, exclusiones y debates internos. Pero reducir toda la lucha feminista a un hembrismo es una operación política que busca mantener intactas las estructuras de dominación.
El filósofo Michel Foucault nos enseñó que el poder no sólo reprime, sino que produce discursos (Foucault, 1976). El discurso del feminismo como hembrismo no nace de la ignorancia; nace de la necesidad de mantener un orden en el que los cuerpos de las mujeres siguen siendo controlados, explotados y silenciados. Quienes utilizan estos términos no están haciendo una crítica, están ejerciendo poder, están diciendo: Tu voz no es legítima. Tu lucha es un exceso. Tú eres el problema.
Frente a esta operación de deslegitimación, la respuesta no puede ser el silencio. La respuesta es nombrar, nombrar la violencia que se esconde detrás de los eufemismos. Nombrar la historia que el poder quiere borrar, nombrar la necesidad de un feminismo que no sea solo de las élites, sino de las que habitan los márgenes. El feminismo no debe ser burgués, es una emancipación que se mira de frente y se sabe constante, viva, móvil. ¡Jamás dada por sentada, jamás quieta!
Y ahora quisiera exponer una pregunta a, que me persigue mientras escribo esta columna, y es una pregunta que la teoría ha intentado responder sin lograrlo del todo, ¿por qué la violencia contra las mujeres se reproduce con tanta precisión en todos los rincones del mundo? (¿Es este el universalimo que buscan los teóricos absolutistas? ja) No es una casualidad, no es un resabio cultural. Es la lógica del capital en su expresión más brutal.
Pongamos un ejemplo pequeño, casi ridículo, que dice mucho. La pastilla anticonceptiva para mujeres tiene una lista interminable de efectos secundarios, desde cambios de humor hasta trombosis, pasando por un mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer. Y sin embargo, se receta sin ningún tipo de miramiento. Durante décadas, se investigó una pastilla anticonceptiva para hombres. Cuando los
ensayos mostraron que algunos de los efectos secundarios incluían dolor de cabeza y cambios de humor, el proyecto se canceló. No porque fuera peligroso (los efectos eran menores que los de la pastilla femenina), sino porque el umbral de tolerancia al dolor de los hombres es más bajo que el de las mujeres, ¡o como la fiebre masculina! El capital y el patriarcado han decidido que el cuerpo de la mujer es un campo de experimentación, un territorio que se puede habitar, modificar y controlar sin preguntar.
Rosa Luxemburgo, en su crítica a la acumulación capitalista, nos enseñó que el capital no puede existir sin destruir las formas de vida que no son capitalistas. La economía doméstica, el cuidado de los hijos, el trabajo reproductivo todo eso que las mujeres han hecho históricamente sin pagano es un residuo del capitalismo, sino su condición de posibilidad (Luxemburgo, 1913). El capital extrae plusvalía del trabajo no remunerado de las mujeres, y cuando ese trabajo deja de ser útil, las mujeres son desechadas. Eso ocurre en las esterilizaciones forzadas en Perú y Bolivia: el Estado decide que ciertas mujeres, pobres, indígenas, en situación de calle, no deben reproducirse porque su reproducción no es rentable.
Pero la teoría no basta. Hay que mirar el mundo. Hoy, en Sudán, las mujeres son violadas sistemáticamente como arma de guerra. En Etiopía, la guerra en Tigray ha dejado un saldo de violencia sexual masiva. En el Congo, la violación es una estrategia militar, y el Coltán que sale de sus minas alimenta nuestros teléfonos mientras las mujeres son tratadas como botín de guerra (Human Rights Watch, 2023; Amnistía Internacional, 2024). Afganistán es el ejemplo más reciente, pero no es el único. En América Latina, las mujeres indígenas siguen siendo esterilizadas sin su consentimiento, y las feministas son asesinadas por defender sus territorios. La violencia contra las mujeres no es un subproducto de la guerra; es la guerra misma. Es la forma en que el poder se ejerce sobre los cuerpos, sobre los territorios, sobre la vida.

Coda y la vigilia perpetua
Vuelvo a la cita de Simone de Beauvoir, porque es la que mejor cierra esta columna. Los derechos de las mujeres no son un regalo que se recibe una vez y para siempre; son una conquista que debe defenderse día a día, generación tras generación. La historia de las esterilizaciones forzadas, la invisibilidad del 5 de septiembre, el horror de Afganistán, la violencia del lenguaje, nos lo recuerdan con una crudeza que no podemos eludir. El feminismo no es una moda, no es una teoría abstracta, no es un lujo, es como toda lucha, práctica de supervivencia, es la certeza de que, sin organización, sin memoria y sin palabra, los cuerpos de las mujeres seguirán siendo el territorio donde el poder ensaya sus formas más brutales de dominación.
Hoy, mientras escribo, mientras lees, mientras alguien en alguna parte del mundo sigue luchando, el feminismo sigue siendo necesario. Y seguirá siéndolo hasta que la palabra feminista sea tan innecesaria como la palabra equidad lo es para quien nunca ha sido desigual.
Sintonía
“Epístola feminista”
Quiero cerrar esta columna con una canción que, cuando la escuché por primera vez, sentí que había sido escrita para los días de rabia y ternura que atraviesan este texto. Se llama Epístola feminista, de El Jose ft. Almendrita.
La canción no es un tratado, pero es una epístola, una carta dirigida a quienes aún preguntan si el feminismo es necesario. Habla de la mujer que nace entera y es nublada, de la falsa belleza como condena, de la voz que se hartó de gritar su dolor a las estrellas. Habla de no pedir permiso, de tirar del carro, de estar en el bando de las brujas. Y habla, sobre todo, de una pregunta que debería perseguirnos a todos:
Y para qué le ibais a preguntar si ella quería luchar o cocinar?
¿Y para qué le ibais a preguntar si ella quería salir sin depilar?
¿Y para qué le ibais a preguntar si de mayor quería ser un objeto sexual?
¿Y para qué le ibais a preguntar pudiéndola quemar?
Esa es la pregunta que atraviesa toda la columna: ¿por qué seguimos preguntando a las mujeres qué quieren hacer con sus vidas, con sus cuerpos, con su libertad, si la respuesta siempre ha sido la misma? La canción no la responde, pero la canta. Y al cantarla, la convierte en una pregunta que no se puede ignorar.
Te invito a escucharla. Porque mientras haya mujeres que sigan preguntando, la canción seguirá sonando.
Epístola feminista – El Jose ft. Almendrita
Breves referencias
- Amnistía Internacional. (2023). Afganistán: retroceso de los derechos de las mujeres. Informe anual.
- Beauvoir, S. de. (1974). «N’oubliez jamais…». Discurso y entrevistas.
- Butler, J. (1990). Gender Trouble. Routledge.
- Davis, A. (1981). Women, Race and Class. Random House.
- Federici, S. (2004). Caliban and the Witch. Autonomedia.
- Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1. Siglo XXI.
- Human Rights Watch. (2024). Afganistán: el régimen talibán y los derechos de las mujeres. Informe.
- Comisión de la Verdad y Reconciliación (Perú). (2003). Informe Final.
- Proyecto de ley Bolivia (2026). Información recogida de Swissinfo y El Comercio.

