UN LUNES CUALQUIERA

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Me pasa a veces, y sospecho que no soy la única. Es un lunes, todo está en orden, el café todavía tibio, voy manejando camino a la oficina y, de pronto, aparece una pregunta que nadie invitó: ¿esto es todo? No hay una tragedia detrás ni una mala noticia, y el fin de semana fue productivo y en familia. Es solo esa pregunta, instalada como un vecino que llega sin avisar y se sienta en mi sala a contarme un poco de todo y nada. 

A eso le llaman neurosis existencial, aunque el nombre suena más grave de lo que se siente. Se parece más a un zumbido. Uno sigue con su día, contesta correos, asiste a reuniones, y por debajo corre una incomodidad sin dirección. No sabes bien qué te falta. Sólo notas que algo no termina de encajar.

Neurosis viene de la vieja psiquiatría y hoy ni siquiera figura como categoría diagnóstica formal. Lo de existencial se lo debemos sobre todo a Viktor Frankl, que habló de neurosis noógena para referirse a un malestar que no nace de un trauma ni de un conflicto de infancia, como sostenía el psicoanálisis, sino de una carencia de sentido. Es decir: no te duele algo que te pasó, te duele algo que no encuentras.

¿Y cómo se reconoce? No hay una prueba, pero hay señales que se repiten. Un aburrimiento que no se cura con planes nuevos. La sensación de vivir en piloto automático. Una apatía que aparece justo cuando todo va bien y que da más culpa que tristeza, porque uno piensa que no tiene derecho a quejarse; eso es lo que nos han inculcado desde pequeños. A veces se muestra al revés, como hiperactividad: agenda repleta, proyectos, gimnasio a las seis de la mañana, cualquier cosa con tal de no ponerle una pausa a nuestra vida. Lo que la distingue de otros malestares es el fondo, porque debajo siempre está la misma pregunta por el para qué. Eso sí, se mezcla con facilidad con la ansiedad o la depresión, y separarlas por cuenta propia no es sencillo. Mejor tomarla en serio sin convertirla en etiqueta.

Heidegger hizo una distinción que me parece útil. El miedo, decía, siempre tiene un objeto: le temes a un perro, a un examen, a una llamada del jefe. La angustia, en cambio, no tiene de qué agarrarse. No le tienes miedo a nada en concreto y por eso mismo no sabes cómo defenderte. Es la sensación de estar parado en un piso que de repente parece menos firme. Kierkegaard la describió en su momento como un vértigo: el mareo que uno siente al asomarse a todo lo que podría hacer con su vida, sabiendo que nadie va a decidir por él ni a hacerse responsable en su lugar.

Lo raro de nuestra época es que tenemos más opciones que nunca y andamos más perdidos. Mis abuelos no se preguntaban tanto qué hacer con su vida, porque de alguna manera les llegaba medio armada: el oficio, la iglesia los domingos, el barrio, el lugar en la mesa. Había ahí una rigidez, pero también un alivio. Nosotros elegimos todo, y cada elección arrastra su sombra: la carrera que no estudié, la ciudad a la que no me fui, la persona con la que no me quedé. Sartre lo dijo con una sutil crudeza: estamos condenados a ser libres. No podemos renunciar a elegir, porque hasta no elegir es una elección.

Y como elegir cansa, buscamos refugio. Sartre tenía un nombre para eso, mala fe, que consiste en engañarnos para creer que no tenemos opción. Yo soy así, No me queda otra y el famoso Es lo que hay. Él ponía el ejemplo de un mozo de café que se mueve con una precisión demasiado perfecta de mozo, como si fuera un papel y no una persona que podría, si quisiera, salirse del guion. Todos conocemos a alguien así. A veces lo vemos en el espejo: el que lleva diez años en un empleo que dejó de gustarle y se repite a sí mismo Ya es tarde para cambiar, cuando lo que quiere decir, entre líneas, es que cambiar le da miedo. El tan conocido miedo al cambio.

Heidegger pensaba algo parecido cuando hablaba del uno, ese sujeto sin cara que decide por nosotros: se dice, se hace, se espera que a los treinta ya tengas esto y a los cuarenta aquello. Vas a la boda, compras el departamento, tienes hijos, subes las fotos y, en algún momento, te preguntas quién dio la orden. Nadie. Simplemente es el deber ser.

Vivir así es cómodo y anestesia bastante, pero de vez en cuando la anestesia se cansa de funcionar. Le pasa a muchos justo después de lograr algo: el ascenso que tanto se persiguió, el título colgado en la pared, y a la semana ese vacío raro, como si al llegar a la meta uno descubriera que la meta no explicaba nada y que en el fondo no era lo que iba a darle felicidad.

Para no escuchar la pregunta hacemos ruido. Mucho ruido. Un video, otro más, el celular en la mano hasta en el baño, la serie en segundo plano mientras ordenamos el cuarto. Pascal lo advirtió hace más de trescientos años: buena parte de los males humanos vienen de no saber quedarse tranquilo en una habitación. Él lo llamaba distracción, y sospechaba que la buscamos justamente porque el silencio nos obliga a mirar lo que no queremos ver.

El domingo lo demuestra bien: ese nudo que aparece a las seis de la tarde no es solo pereza por el lunes. Es el tiempo mostrándose, la semana entera resbalando sin que la hayamos vivido de verdad. Y el cansancio, además, funciona de maravilla

como excusa: quien llega agotado por la noche no tiene fuerzas para preguntarse nada.

Camus le puso nombre a la raíz del asunto: lo absurdo. Para él nace del choque entre dos cosas: nuestra sed enorme de sentido y un mundo que, ante preguntas serias, responde con silencio. Uno pide explicaciones y el universo no contesta. Ese silencio es lo que se siente cuando estás atrapado en el tráfico y, de pronto, piensas para qué tanta prisa por llegar a un sitio al que volverás mañana. Irvin Yalom, psiquiatra y escritor, resumió las cosas en cuatro datos duros de la existencia: la muerte, la libertad, el aislamiento y la falta de un sentido dado de antemano. Es el paquete completo que venimos a recibir todos, sin excepción.

Pensar en el sentido de la vida no es una enfermedad, y sería ridículo tratar como paciente a cualquiera que se ponga reflexivo un lunes por la tarde. Otra cosa es cuando la duda se vuelve una losa, cuando no te deja disfrutar, decidir ni acercarte a nadie.

Ahí ya no estamos hablando de filosofía. Estamos hablando de sufrimiento, y para eso existen psicólogos, terapia, gente entrenada. Pedir ayuda no le quita personalidad a nadie; más bien la fortalece y le da sentido a nuestra vida.

Hay quienes presumen el desasosiego como un diploma, quienes andan por la vida con su angustia bien planchada, orgullosos, como prueba de que piensan más que el resto. Sufrir no vuelve sabio a nadie por sí solo. Lo que cuenta es qué haces después, a raíz de ese sufrimiento.

Viktor Frankl, que sobrevivió a los campos nazis y tenía autoridad de sobra para opinar, sostenía que el sentido no se descubre como quien encuentra una llave en el bolsillo. Se arma con lo que uno entrega: un trabajo, un amor, la manera de plantarse ante lo que no se puede cambiar. Nietzsche había apuntado algo cercano: quien tiene un porqué aguanta casi cualquier cómo. Camus, más áspero, proponía imaginar a Sísifo contento, empujando su piedra aunque sepa que va a rodar de nuevo. No es resignación. Es una forma de rebeldía tranquila: seguir, sabiendo.

Yo, la verdad, no tengo una gran respuesta. Tengo pequeñas. Llamar a un amigo sin motivo. Caminar sin audífonos y aguantar el silencio los primeros diez minutos, que son los peores. Terminar de leer un libro entero de 500 páginas en vez de leer a medias tres. Nada de eso resuelve el misterio de existir, pero baja el zumbido un poco, y a veces con eso alcanza para seguir.

Quizá el vértigo no sea un error del sistema. Quizá sea la señal de que estamos despiertos, de que sabemos que esto termina y que nadie nos dejó manual. Es incómodo, sí. Pero es también lo que hace que un lunes cualquiera valga la pena mirarlo de frente.