Toluquerias III

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“Lejos de ti y en la orfandad, proscrito;

verte nomás en mi delirio anhelo,

como anhela el precito

ver los fulgores del perdido cielo…”

Ignacio Manuel Altamirano

 

 

Sonoro en el despertar de la conciencia nacional el grito revolucionario alzaba polvaredas, el alarido de una raza guerrera; es detonante para la libertad en las diversas latitudes del pueblo mexicano. Toluca, la ciudad de milagrería, no sería la excepción; fresca y cándida, la ciudad provinciana alza latente el dedo flamígero para señalar su destino y anidarse en las estrellas del infinito.

La guerra de la revolución mexicana dejaría su dintel de ensueño en los anhelos zapatistas; salpicados de justicia social, teñidos con el fresco despertar de nuestra raíz, pues con profundo orgullo el hombre de maíz resurgía de la tierra para posarse en la caña y darse a los demás como alimento que sacia la sed de la pasividad. Y los fuertes y fríos vientos de Toluca envueltos en el vaho de su volcán; envuelven el ambiente y en la sala de actos del Instituto Literario, surge una voz que a los trece años se da a conocer al mundo y envuelve con el relicario de su pensamiento taumaturgo a las nuevas generaciones: Horacio Zúñiga, quien diserta el poema de su autoría: “Un crespón y un laurel” en honor al apóstol de la democracia que había sembrado el evangelio de la libertad y con su sangre sellaba el destino del movimiento que incitara, Francisco I. Madero había muerto y con él, el fruto de la Revolución se esparcía como luz en los más remotos sitiales del pueblo mexicano.

El viento sigiloso del tiempo cierra las heridas y tras de sí nos deja el pórtico de la esperanza; Toluca reverdece, se estremece con la marcha de la política nacional y va recreando tras de sí: la vida citadina, la vida cotidiana de mujeres y hombres que día a día van construyendo Toluca, la tacita de plata; la ciudad del cambio, la provincia convertida en patria, simplemente Toluca “la capital” del Estado de México. Ahí, en los paseos cotidianos y esplendorosamente dominicales se recrean los paseos de los hijos de la capital, en los fervorosos descansos y remansos que la cotidianidad presenta se yerguen venturosos los árboles del jardín, que como testigos mudos del tiempo, ondean sus hojas pretendiendo prolongar la vida de aquellos que bajo su sombra descansan, el canto de las aves nos recuerda el regalo de paz en el que debemos despertar y el aletear de los patos en el estanque nos hace recordar con fe, que pasado y presente se funden para construir un futuro, lleno de luz y pletórico de esperanza. Por su puesto nos referimos al referente toluqueño: Parque Cuauhtémoc, como oficialmente debe conocerse; mismo que ha permeado en nuestra conciencia y nuestra historia como la “Alameda”.

No podemos dejar de lado en estas andadas del recuento de nuestras Toluquerias, el sitio que nos llena de esplendor, que le da color y luz a un terruño del corazón de Toluca, el lugar donde en tiempos porfirianos se erigió un espacio de refugio para el comercio formal de la ciudad; enclavado en el corazón de Toluca se pretendía que este espacio sirviera como recuerdo del centenario del inicio de la guerra de independencia mexicana: el Mercado 16 de septiembre, era el epicentro del comercio central de la capital hasta 1975, fecha en que aprovechando los grandes y antiguos ventanales, se iniciase la edificación de un nuevo proyecto: el Cosmovitral de Toluca, obra creativa del Maestro Leopoldo Flores Valdés que nos regala al “hombre sol” obra cromática de vidrio que expuesta a la propia luz solar regala vida al universo; dentro de su fastuosa estructura se encuentra una estatua del autor intelectual de dicha obra (Leopoldo Flores) y el famoso jardín botánico que se incorporó originariamente al proyecto, de la originalidad de este lugar han dado testimonio el mismo Barack Obama y Justin Trudeau en senda visita a esta ciudad capital.

Obra de mediados del siglo pasado y siguiendo el derrotero que enarbola el olor a sacristía de la ciudad; de la plástica y cándida visión de una Toluca eminentemente religiosa es la edificación de la catedral que alberga la Diócesis de Toluca, lugar que tiempo atrás era el lugar de reposo de un convento franciscano, cuya labor evangelizadora se ha convertido en arenas de mar dentro de lo que queda de nuestro relicario toluqueño. Obra de Vicente Mendiola, la catedral de Toluca ha sido corolario de sucesos históricos para la vida social y política de nuestra ciudad y nuestro Estado, en este lugar se han casado religiosamente figuras políticas de renombre, se realizan ordenaciones sacerdotales, se han firmado escenas de novelas televisivas; en este lugar que es ánfora de inciensos armoniosos con los que se implora a Dios, la vida provincial de Toluca ha tomado forma para convertirse en caleidoscopio de progreso, como testigo fiel del paso del tiempo; la catedral ha sido observante sigilosa de los actos públicos diversos, que se dan cita en la periferia de la “Plaza de los Mártires”. No es cuestionable como tradicional y fervorosamente, cada año sirve de punto de reunión para que miles de feligreses se congreguen y den inicio a la peregrinación anual a pie de Toluca a la Basílica de Guadalupe, sin duda, hasta sus puertas llegan las ondas de las raíces del fervor del pueblo toluqueño.

A manera de corolario diremos que en Toluca, el aire era provincial y que a fuerza del progreso se ha transformado en citadino; las calles han cambiado y recibido diversos nombres, principalmente de personajes históricos y patrióticos, pero bien  nos hace falta rendirle honores a los personajes famosos de la Toluca de ayer y hoy, que ya han dejado su legado a las nuevas generaciones; necesitamos que los lugareños se identifiquen con su ciudad, con su color, con su clima, con su aroma y su historia, que vestida de astros debe enraizarnos a pisar con orgullo el suelo toluqueño.

Hagamos un traje de luces para nuestra ciudad capital, para los mexiquenses esto debe ser sinónimo de respeto y orgullo; no olvidemos que en Toluca, se alberga la casa de estudios de nuestro Estado, que en el corazón toluqueño se recrea y crea el espíritu histórico de nuestra Universidad Autónoma del Estado de México, a través de su edificio histórico de Rectoría, y que  no lejos de ella se encuentra nuestra Ciudad Universitaria que ha visto desfilar por sus aulas y pasillos a las grandes mentes mexiquenses, que como abejas de lumbre son el germen de lucha por un mejor Estado y un mejor país. Que grande y extensa es la historia de Toluca, pero más grande y fastuosa es su gente. Mención especial en el pórtico de luz merece el Deportivo Toluca Fútbol S.A. de C.V., “el Toluca” y su estadio “La Bombonera” histórica, hoy llamado: “Nemesio Díez”, con su color rojo y su júbilo deportivo…

Así de grandes son las Toluquerias.