Los volcanes y el arte: el Dr. Atl y otros

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Las montañas de fuego son fundamentales para entender la historia de México.

El eje volcánico que va del Pacífico y pasa por varias zonas, desde las Islas Revillagigedo, el Sangangüey de Nayarit, Nevado de Colima, Paricutín de Michoacán, Cimatario de Querétaro, Nevado de Toluca, Popocatépetl e Iztaccíhuatl y la Malinche de Puebla, hasta el Pico de Orizaba, por muchos siglos fue la línea divisoria entre ese territorio lleno de vegetación y agua en el que florecieron las principales civilizaciones prehispánicas y que se llamó Mesoamérica, de aquel otro territorio árido y semidesértico en el que hubo un menor florecimiento de la cultura llamado Áridoamérica.

 

Estos volcanes también han sido fuente de recursos para las poblaciones asentadas alrededor de ellos y han fungido como elementos de identidad para explicar diversas manifestaciones culturales. Tal vez el Popo y el Izta son los volcanes que mayor cultura han generado en el imaginario del México Central, pero otros, como el Nevado de Toluca, han formado parte indisoluble de la identidad y del paisaje del Altiplano del Valle de Toluca.

Es por ello que los volcanes también han sido representados en el arte.

 

Uno de los más grandes pintores “vulcanistas” mexicanos ha sido Gerardo Murillo. Este nació en Guadalajara en 1875 y murió en 1964 en la ciudad de México. Fue pintor, académico y muralista, filósofo y escritor, revolucionario constitucionalista, precursor e influencia decisiva para la renovación del arte pictórico del siglo XX. Se dice que en un viaje a Roma en 1911, el poeta argentino Leopoldo Lugones le puso el sobrenombre de Atl en alusión a que el barco en el que viajó a Europa estuvo a punto de hundirse por una tormenta. Ese fue el bautizo de un hombre que toda su vida lidió con el agua, pero también con el fuego y con el movimiento, de los que nunca logró escapar.

 

El hecho de que el Dr. Atl fuera agua, no entraba en contradicción con su amor por los volcanes y el fuego. Desde muy joven hizo expediciones a ese volcán vivo que es el Popocatépetl y cuando hizo erupción el Paricutín en 1943, estuvo en primera fila para observar su nacimiento. Otro volcán que fue objeto de la pasión del Dr. Atl, fue una de las grandes artistas mexicanas de principios del siglo XX: Carmen Mondragón, con quien mantuvo por algunos años un tórrido idilio amoroso y a la cual bautizó como Nahui Ollin. Hablando de esta diva, su nombre significa Cuatro Movimiento, denotando esa otra propensión que tenía el Dr. Atl por todo lo que se opusiera a la quietud y a lo estático. Por ello en la década de 1940 propuso un estudio integral sobre una ciudad ideal y utópica a la cual llamó Olinka: donde se crea el movimiento.

 

Son muchas las facetas del Dr. Atl. En esta ocasión quiero referirme a su obra pictórica sobre volcanes expuesta en el Museo Nacional de Arte (Munal) y que refleja la energía telúrica que irradiaba nuestro artista: Atl. Fuego, tierra y viento. Sublime sensación, cuyo eje curatorial básicamente son los bocetos, dibujos, litografías, fotografías, impresos y pinturas (óleos elaborados con sus famosos atlcolors), que hizo Atl respecto del nacimiento del Paricutín.

 

Las escenas pictóricas son extraordinarias: volcanes en erupción y montañas dormidas, mesetas y valles impactados por el vértigo telúrico, vistas aéreas de la orografía mexicana como sólo el Dr. Atl ha sabido plasmarlas, con una visión netamente académica y mexicanista, sin dejar de reflejar el conocimiento que sobre las vanguardias adquirió durante en su estancia en Europa y que, en mi opinión, lo acercan a ellas, especialmente al fauvismo por los colores y al futurismo de la época por el movimiento que imprime en sus obras.

 

Adicionalmente, las pinturas volcánicas de Atl dialogan con las de otros artistas que le anteceden, como los académicos Eugenio Landesio, José María Velasco, Joaquín Clausell, Francisco Goitia, Cleofas Almanza y Carlos Rivera, y con aquellos a los que influyó para que tomaran el camino del aeropaisaje: Luis Nishizawa, Pedro Flores, Mario Almela, Jorge Obregón y Pedro Flores Ortiz, este último, estupendo pintor mexiquense, asiduo del Museo de la Acuarela de Toluca y del cual se expone su obra Gigantes de México (1992).

 

Vale la pena darse una vuelta por esta exposición en el segundo piso del Munal para admirar una de las obras volcánicas más completas que se hayan expuesto en México y que abarca un periodo de casi 150 años (1870-2016).

 

Otro recinto que, por estos días, expone pinturas de volcanes en gran formato es el Museo de Bellas Artes de Toluca, el cual ha destinado un cuarto especial dentro de la exposición Leopoldo Flores, hombre universal, para mostrar los trabajos del artista mexiquense que felizmente nos legó creaciones del Nevado de Toluca y de volcanes surgidos de su imaginación inspirada por el mismo.

 

Habiendo sido Leopoldo Flores un pintor oriundo del Valle de Toluca, habría sido raro que no hubiera pintado al volcán Xinantécatl, a nuestro murciélago dormido, al señor desnudo. Como es costumbre en Flores, aplicó colores puros en su elaboración y grandes trazos. Incluso en este caso me atrevo a decir que, de no ser porque Flores siempre guardó distancia y autonomía respecto de otros muralistas de su tiempo, se podría pensar que, en materia de volcanes, Flores sigue la línea del Dr. Atl y no el estilo realista de otros.

 

Finalmente, en esta línea de pinturas volcánicas poco apegada al realismo, sugiero que conozcan otra enorme obra expuesta de manera permanente en el Museo de la Ciudad de México: El Valle de México en la Prehistoria (1964) de Luis Covarrubias, una escena imaginaria del Lago de Texcoco y sus alrededores, en la que predominan los Volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, este último en plena actividad. Vale la pena admirarla por la calidad de su factura y porque Covarrubias sabía lo que pintaba: aparte de pintar se dedicó a la arqueología, la etnografía y el estudio de los pueblos prehispánicos.