Sola

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Sola, más sola y tiesa que nunca. Imagino que llegó borracha. Nadie sabe qué sucedió esa noche de jueves, la casa olía a humedad y alcohol. No supe si se desgarró la garganta a gritos, si bebió y bebió hasta quedar tiesa. A veces se ahogaba por días en litros de mezcal o aguardiente. No me preguntes qué la ahogaba, no lo sé.

 

Durante el funeral se mantuvo el ataúd cerrado, la tía Coco lloró y lloró. Pero nadie se acercó a secarle las lágrimas. El cuerpo de la abuela quedó con la boca abierta y tenía el estómago morado. La conocí poco, casi nada. Pero no creía que estuviera ahí, encerrada y tiesa. No pude acercarme, no quise acercarme. Recuerdo que a veces la encontraba en las esquinas ofreciendo muéganos, con su delantal azul, a veces iba despeinada, llorosa y borracha; otras iba sonriente y limpia.

 

Mucho tiempo anduvo sola, sola, ofreciendo, buscando clientes o perdida en aguardiente. Entre los rezos, sus hermanas rumoraban que fue una hombreriega ardiente, su boca debió de besar a un centenar de hombres y negarse a un millar más. Pero en ese tiempo, su compañero en turno tenía mala vibra, y fama de vividor.

 

Dicen que la maltrataba frente a la gente y que si la encontraba borracha la bañaba con agua helada y la golpeaba. La abuela siempre vivió por el rumbo de Lomas Altas, al estar su casa casi en la cima del cerro la madrugada era violenta y te entumecía hasta la médula de los huesos.

 

Fue un fin de semana difícil, sola, sola, más sola y tiesa que nunca. Nadie quiso detalles, no llamaron a la morgue. La tía Chole llamó a papá quien llegó con carroza fúnebre a recoger el cuerpo.