Nueva normalidad

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Pocas veces una definición tiene tan poco sentido como el que se acuña en la concepción de la nueva normalidad.

 

La normalidad en las sociedades modernas se construye con el paso del tiempo, a través de mecanismos que permiten llegar a consensos y, en consecuencia, se aprueban de manera racional por aquellos que legitiman lo acordado y eso se lleva a la práctica sin mayor resistencia, se adopta un paradigma y lo seguimos porque hay convicción para ello.

 

Lo que, de facto arrancó desde el pasado lunes primero de junio, no ha pasado por ese consenso, es decir, nunca una normalidad ha sido tan autoritaria como la que estamos por vivenciar, por la sencilla razón de que ésta nos llega, no por conciencia, sino por decreto.

 

¿Realmente estamos en condiciones de buscar recuperar lo que teníamos en el mes de febrero?, ¿Podemos tener la certeza de que al salir a las calles tendremos menos probabilidades de contagiarnos?  La respuesta es contundente, ¡no!

 

En los hechos, seguimos teniendo miedo, más que por la enfermedad, por la divergencia de las cifras oficiales versus lo que podemos testimoniar en las calles, a todos nos ha comenzado a suceder que los muertos (más de 10 mil al momento de escribir esta columna) cada vez más aparecen en círculos cercanos a nuestro día a día, ya no se trata del primo de un amigo, sino de alguien con quien convivíamos hace apenas tres meses.

 

Uno de los mecanismos más eficientes para paliar la pandemia en el mundo fue el enclaustramiento voluntario; quienes verdaderamente lo hicieron han comenzado a retomar el ritmo, y aún en esos espacios, hay nuevos brotes.  Eso tendría que decirnos algo, ¿no?

 

También es cierto que muchas personas (y también estoy seguro que conoce a muchas), de manera inconsciente, absurda, estúpida e irresponsable, han tomado el no salgas de casa en un verdadero reto al destino; en ello, saliditas con los amigos, los novios o novias, a pisar otras casas sin una razón de peso, a pasear en espacios públicos y demás justificaciones.  Hemos llegado al extremo de que algún brillante diputado se atrevió a gritar a los cuatro vientos que respetaran su derecho a contagiarse.  ¡Hágame el … favor!

 

En consecuencia, sin una realidad estadística confiable, sin evidencia real del aplanamiento de la curva y sin medidas sanitarias bien establecidas, poco a poco se abrirán espacios públicos, oficinas y demás espacios de interacción, con los riesgos que eso conlleva.

 

Todo lo anterior, por determinación de unos cuantos, en un ejercicio de autoridad que no parece tener una lógica estructurada.

En esa nueva normalidad saldremos a las calles con una desconfianza permanente, nos miraremos a los ojos con la zozobra del que oculta algo, con el dogma de cuestionar a todo todos y con máscaras que, literal y metafóricamente, alterarán la convivencia que solíamos tener.

 

Nunca estuvimos preparados, hay voces de personas que claman por salir porque se están volviendo locas, en efecto, si la felicidad y la calma la tenemos que buscar afuera de casa, es porque lo que tenemos es tan falso, tan vacío, que lo que sea es mejor que convivir con los nuestros, aunque conlleve un riesgo.

 

De verdad, ¡qué pena!

 

horroreseducativos@hotmail.com