Del libro de la vida… no solo es: COVID-19
Siempre con una sonrisa, lo toma entre sus brazos, amorosa, solícita.
El tiempo se termina, las horas pasan susurrantes, el silencio la espera.
Para él no hay esperanza, poco a poco se va apagando. Sin embargo,
por la mañana, sale con su madre al jardín, toma el sol, saluda a sus
vecinos, sonríe y pide chocolate.
Sus compañeros de estudio lo visitan, platican, ríe, se emociona y se
aferra a las horas, a los días. Aún los recuerda, la voz apenas audible,
cansada, pero sonríe: esa gran sonrisa donde asoma su alma. Su rostro
blanco, sereno, pareciera que la enfermedad no le hubiera ganado la
batalla, pero su cuerpo ya no responde, han sido muchos años donde
él se ha aferrado a la vida, a su vida.
Su madre sonríe, lo acuna en sus brazos, a sus diecisiete años, sus
huesos ya no pesan. Parece que duerme tranquilo. Lo deja en su cama y
eleva una plegaria, su único aliciente desde hace un año, cuando el
diagnóstico médico fué: Nada se puede hacer, pero no cesó la lucha.
Ahora sólo queda esperar, se ha cansado de luchar, sus manos se
han quedado quietas al igual que lo ha comenzado a hacer su cuerpo.
Su mirada, su sonrisa se van perdiendo en el inmenso silencio, sólo
su respiración aún se escucha, pero otro corazón late apresurado,
se desborda en llanto, limpia sus
lágrimas cuando escucha la débil voz llamándola:
– por favor, no llores mamá, todo estará bien.

