FUTBOL… LA PELOTA SÍ SE MANCHA

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 «Cuando el negocio crece más rápido que el deporte, el aficionado deja de ser hincha y se convierte en cliente.”

James Ball

MUNDIAL 2026, EL DEPORTE POPULAR SE VOLVIÓ MERCANCÍA PREMIUM: El futbol sigue siendo el deporte más popular del planeta. La propia FIFA ha documentado que alrededor de 265 millones de personas juegan futbol y, si se suman árbitros y oficiales, el universo directamente involucrado se acerca a 270 millones. Es decir, el futbol nace abajo, en la calle, en el barrio, en la cancha de tierra, en la escuela y en la pelota compartida, a veces una corcholata, otras una bola de papel. 

Pese a esto, el futbol que se practica masivamente ya no se parece al futbol que se vende globalmente. FIFA reportó ingresos récord de 7,568 millones de dólares en el ciclo 2019–2022 y esperaba 11,000 millones de dólares para 2023–2026; además, sus ingresos provienen de derechos de televisión, marketing, licencias, hospitalidad y boletaje. 

En el Mundial 2026, el precio se volvió -se robó- parte del espectáculo. El preco de las entradas inicia desde niveles relativamente accesibles (para la clase media), pero el sistema de precios dinámicos y reventa ha elevado el costo real para la mayoría de los aficionados; se han reportado boletos que van desde 60 dólares en ciertos partidos hasta miles de dólares para fases avanzadas, con la final en Nueva York/Nueva Jersey en niveles superiores a los 12,500 dólares por boleto.

Esta elitización no termina en el estadio. Paquetes oficiales de hospitalidad arrancan alrededor de 1,400 dólares por persona para un solo partido, mientras suites privadas pueden superar decenas de miles de dólares. En Houston, incluso el estacionamiento para eventos relacionados con el Mundial ha llegado a reportarse hasta en 80 dólares, y en zonas cercanas a sedes como Nueva Jersey se han documentado hoteles con tarifas de hasta 2,300 dólares por noche en fechas clave. 

El Mundial está empaquetado. Se vende como experiencia, contenido, membresía, hospitalidad, turismo, marca, camiseta, plataforma y derecho exclusivo. El aficionado común deja de ser centro emocional del juego y se vuelve consumidor segmentado o resignado, el que puede pagar entra; el que no, mira desde lejos, desde una pantalla o desde un bar que también sube precios, porque la FIFA cobra por “pantalla de televisión activa”.

Las empresas televisoras y las plataformas digitales completan el círculo. El futbol moderno depende cada vez menos del estadio popular y más de los derechos de transmisión. La cancha sigue siendo de once contra once, si el árbitro no toma partido, pero el negocio real está en la audiencia global, en los patrocinadores y en la capacidad de convertir pasión en flujo de caja.

EL APOYO INEXPLICABLE A UNA EMPRESA PRIVADA: Social y económicamente, llama la atención, en México al menos, del desaforado apoyo del gobierno a una empresa privada transnacional y supralegal llamada FIFA. No porque esté por encima formalmente de todas las leyes nacionales, sino porque su poder económico y simbólico le permite negociar condiciones extraordinarias con países sede: exenciones fiscales, reglas especiales, protección comercial, zonas de exclusividad y violación flagrante al derecho de propietarios o concesionarios de palcos y plateas a un acceso contratado. México, fue señalado por otorgar una exención fiscal amplia vinculada al Mundial 2026.

Si los más de mil millones de pesos que se utilizaron para teñir la capital de color ajolote -falso, por cierto- y luego para retornar al amarillo se hubieran usado para adquirir medicamentos, la nación no se los demandaría.

El futbol, cuenta la historia, nació en 1863, con un niño pateando una pelota en la calle. Hoy ese niño necesita uniforme oficial, “tacos” de marca, balón certificado, suscripción de televisión -a varias plataformas-, boleto imposible -y menos a nivel familiar-, camisetas nuevas cada temporada y, si quiere ver un partido del Mundial, quizá también una tarjeta premium y una hipoteca impagable.

Antes el futbol era del barrio, hoy el barrio lo ve desde fuera y se dedica a actividades “non sactas”. El maniqueísmo político que se le ha dado en México aduciendo cientos de miles de turistas que, desde luego, no van a llegar y una derrama económica que tampoco va a ocurrir, da al traste con el deseo del aficionado de a pie, el que no es empresario ni político, la mayoría, pues.

Por cierto, la piratería -a la que no defendemos- en este caso no desplaza al comercio organizado, una persona que compra una playera “pirata” de 300 pesos no va a comprar una de 3,500, si la “pirata” no existiera, esa derrama, simplemente, no existiría.

El Mundial 2026 no destruye la esencia popular del futbol; solo la exhibe como contradicción. Millones lo juegan porque es simple, barato y universal. Pero el futbol espectáculo se volvió caro, exclusivo y corporativo y “misteriosamente” apapachado por el gobierno. Baste recordar la “compra” de sedes para los mundiales de Rusia y de Qatar.

El futbol sigue siendo del pueblo en la cancha; en la taquilla, hay un solo dueño y muchos cómplices.

DE FONDO

David Goldblatt, considerado uno de los historiadores y sociólogos más importantes del futbol contemporáneo, sostiene que el juego ha pasado por un profundo proceso de mercantilización que ha ampliado la distancia entre el futbol como práctica popular y el futbol como negocio global. 

Al analizar los Mundiales y las grandes ligas, advierte que el crecimiento de los derechos televisivos, los patrocinios y los intereses corporativos ha generado concentraciones de riqueza en algunos clubes, federaciones y organismos internacionales, mientras el aficionado tradicional enfrenta boletos más caros, productos oficiales cada vez más costosos y una creciente exclusión de los espacios donde originalmente nació el deporte. 

Incluso ha señalado que eventos como los Mundiales suelen exhibir tensiones entre el espectáculo global y las necesidades reales de las sociedades anfitrionas. En México tendría material no para un capítulo, sino para un libro entero, CENTE dixit.

DE FORMA

Simon Kuper, junto con el economista Stefan Szymanski en Soccernomics, ha cuestionado la idea de que los grandes torneos generan beneficios económicos duraderos para los países sede. Su análisis muestra que, una vez descontados los enormes costos de infraestructura, seguridad, promoción y organización, los beneficios económicos suelen ser mucho menores de lo que prometen gobiernos y organismos deportivos. 

Kuper también ha advertido que el futbol moderno se ha convertido crecientemente en una industria global dominada por derechos de televisión, marcas y estrategias comerciales, donde el aficionado corre el riesgo de transformarse más en consumidor que en protagonista del juego. Ah, si con esa pasión futbolera analizaran su entorno político y votaran, otro gallo cantaría. El futbol nació en los barrios, creció en las tribunas y hoy genera miles de millones en corporativos. Al igual que en la política, el aficionado ya no es el dueño emocional del juego sino el cliente final de una industria global.

DEFORME

El gobierno apoyó a la FIFA y promovió el mundial como nunca antes, pero la anfitriona principal dejó plantado a Infantino y a otros “ilustres” invitados en el evento inaugural, papelazo protocolario. 

Pese a todo: ¡Vamos, México!