Temporada de sequía

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Cierro los ojos para no ver el entorno, me niego a viajar en el autobús y escuchar la conversación del que viaja atrás. Envueltos mis oídos con Vivaldi, mientras el caos de la ciudad usa cubrebocas. Nunca será suficiente –pienso—.

Todos los días busco maneras de darle vuelta a esta realidad.

Me lavo las manos y uso gel antibacterial con la esperanza de encontrar alguna manera para cubrir mi cuota de ventas y no entrar en las estadísticas de la población fallecida.

A veces, me doy cuenta que todo es en vano, escucho a la gente al otro lado de la línea que ha sufrido pérdidas monetarias, familiares; también a otras que no les interesa poner a su auto en su lista de prioridades; hacerle el servicio es lo de menos –me dicen— y se enfilan en mi mente una lista enorme de razones  por las cuales deberían de hacerlo, pero guardo silencio, agradezco la atención y cuelgo.

 

Entonces, entro en el laberinto de la desesperanza y la desestabilidad; a veces, me atrapa y  escupe; pierdo el ritmo y las horas pasan como agua. Cuando me doy cuenta ya son 6.30 y mi lista de reservaciones vacía.