Ser resiliente creando una ampliación de las creencias
En psicología, el término resiliencia se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional. Cuando una persona es capaz de hacerlo, se dice que tiene una resiliencia eficiente lo cual le permite sobreponerse a la adversidad e inclusive fortalecerse de la misma. Se trata entonces de lograr una transformación que partirá de una capacidad de afrontar que viene del desarrollo de personas sanas en circunstancias ambientales insanas. Así es que podríamos comenzar por el hecho de que no parece imaginable una vida sin dificultades ni problemas, en un contexto perfecto. La mayoría de las personas evolucionan con normalidad y buscan el bienestar, dadas unas condiciones sociales de vida, no exentas de dificultades. Así es que hay que considerar que el desarrollo de las sociedades es ejemplo de que la mejora en las condiciones sociales de vida no conduce necesariamente a la salud mental de toda la población.
Por ejemplo, no se podría concluir que la víctima de un abuso delincuencial evolucionará sin remedio hacia la delincuencia, que el hijo de un esquizofrénico sufrirá una enfermedad mental, ni un menor agredido será un agresor en su vida adulta. Esto es, que en el desarrollo humano es difícil que se produzcan relaciones causales constantes entre factores medioambientales y características individuales. Por consiguiente es importante señalar que el enfoque de la resiliencia se ha enriquecido de las investigaciones evolutivas que han utilizado modelos longitudinales y estructurales para explicar el cambio intraindividual e interindividual. Así como las que se refieren a la psicopatología del niño y del adolescente, la cual ha sido relevante al detectar los factores de riesgo para el desarrollo normal y el modelo de la vulnerabilidad.
Sin embargo, la psicopatología ha priorizado los diseños cuantitativos, retrospectivo y lineales para relacionar factores antecedentes con ciertos trastornos, sin explicar suficientemente los mecanismos de relación entre las variables del sujeto y del medio, ni los procesos del cambio normal o patológico. Las evidencias que muestran que hay niños que se desarrollan con normalidad en un contexto patógeno ha abierto el camino a los estudios de la invulnerabilidad, los factores de protección y la perspectiva de la resiliencia. Entonces vale la pena partir de la psicología humanista que desde hace tiempo ha defendido la existencia en el ser humano de una fuerza que le lleva hacia la autorrealización, como bien lo ha señalado Maslow. Hablamos entonces de mecanismo interno, una actitud positiva que favorece la salud y la normalidad, que bajo esta perspectiva alienta a crecer y ser mejores, aún en condiciones adversas.
Ahora bien, la investigación sobre la resiliencia incide sobre esa dualidad característica de los niños: son inmaduros y vulnerables, al tiempo que buscan el equilibrio, el bienestar, desean adaptarse y crecer. Así mientras que la psicopatología y la psicología clínica se ocupan del desarrollo anormal y los trastornos, la perspectiva de la resiliencia va un poco más allá al estudiar cómo se produce un desarrollo físico y psicológico normal cuando las condiciones son peculiarmente desfavorables. Entonces, cuáles son los mecanismos de compensación y las diferencias de las personas en las respuestas a los conflictos y al estrés. Así es que la capacidad de ajuste personal y social a pesar de vivir en un contexto desfavorable y de haber tenido experiencias traumáticas es lo que define a la personalidad resiliente. Ese ajuste psicológico implica la capacidad de resistir a las adversidades, el control sobre el curso de la propia vida, el optimismo y una visión positiva de la existencia. Esta es la razón para que confluyan el concepto de resiliencia y la psicología positiva. Se trata de aportar una visión completa y optimista del desarrollo humano, destacando las fortalezas que favorecen el bienestar y la búsqueda de la felicidad. Ahora bien, aún cuando existen factores constitucionales que favorecen la personalidad resiliente; como el temperamento, la salud, el sexo, la apariencia física o la inteligencia potencial, la resiliencia es una cualidad que se puede aprender y perfeccionar. Es decir, se puede entrenar.
Se trata entonces de un entrenamiento en el que se da la optimización del desarrollo humano y al mismo tiempo va más allá que la capacidad de resistencia a la adversidad, ya que implica el enriquecimiento al mayor nivel posible y todo lo que contribuye a su logro. Sin embargo, también es cierto que no existen recetas sencillas en este entrenamiento, pero cuando se fundamenta la intervención en los aspectos sanos y normales, en los puntos fuertes más que en las deficiencias y debilidades, se deposita en las personas una mirada positiva que les hace creer en sus posibilidades y de esta manera hacer conciencia de un amplio espectro en el espacio de las alternativas.
Sin embargo, es conveniente diferenciar entre el enfoque de resiliencia y el enfoque de riesgo. Ambos son consecuencias de la aplicación del método epidemiológico a los fenómenos sociales. Sin embargo, se refieren a aspectos diferentes, pero complementarios. Considerarlos en forma conjunta proporciona una máxima flexibilidad, genera un enfoque global y fortalece su aplicación en la promoción de un desarrollo sano. El enfoque de riesgo se centra en la enfermedad, en el síntoma y en aquellas características que se asocian con una elevada probabilidad de daño biológico o social. Entonces, el enfoque de resiliencia se explica a través de lo que se ha llamado el modelo del desafío o de la resiliencia. Ese modelo muestra que las fuerzas negativas, expresadas en términos de daños o riesgos, no encuentran a una persona inerme en el cual se determinarán, inevitablemente, daños permanentes.
Describe la existencia de verdaderos escudos protectores que harán que dichas fuerzas no actúen linealmente, atenuando así sus efectos negativos y, a veces, transformándolas en factor de superación de la adversidad. Por lo tanto, no debe interpretarse que este enfoque está en oposición del modelo de riesgo, sino que lo complementa y lo enriquece, acrecentando así su aptitud para analizar la realidad y diseñar intervenciones eficaces. Entonces hay que decir que la resiliencia es un instrumento clínico que exige un cuadro de referencia moral. Esto implica que una persona supere la situación de adversidad dentro de las normas culturales de su espacio.
La resiliencia se sustenta en la interacción existente entre la persona y el entorno. Ahora bien, cuando una persona experimenta emociones positivas tiene una propensión mayor para resolver situaciones de una forma creativa. Además con mayor frecuencia vivencian estados mentales que facilitan que puedan enfrentar con éxito adversidades y dificultades, lo cual lleva a ser más resiliente. Así se pueden vivenciar emociones positivas en situaciones estresantes y mantienen un interés auténtico por las cosas. La existencia de este tipo de emociones durante los momentos críticos facilita que los individuos puedan generar planes de futuro, que junto con las emociones positivas facilitan la superación de un evento traumático, que tiene todo que ver con la historia que se cuenta la persona al respecto del evento concreto.
Sería conveniente de ir más allá de las modas del optimismo. Es decir, se trata de la actitud de, en vez de espera, generar que sucedan cosas buenas, por otra parte el pesimismo, lo que se quiere evitar, es esperar que sucedan cosas negativas. Lo importante sería mirar un optimismo atribucional en el que cada persona interpreta lo que le ocurre. El optimismo también se puede entrenar ya que se trata de una dimensión estable de la personalidad que tiene un componente hereditario y de experiencias adquiridas en la infancia, y que además la persona puede aprender a visualizar e interpretar las cosas de diferente modo en etapas adultas. Lo importante es que se trata de un revulsivo para superar las adversidades y tiene efectos beneficiosos sobre la salud y el bienestar. Habría ahora que hablar de la parte creativa para lograr esta positividad de la que hemos hablado. Para ello hay que hablar de una autoeficiencia en tanto una competencia que mide la efectividad de una persona al afrontar diversas situaciones estresantes, aunque realmente el concepto fue definido inicialmente por Bandura en el sentido de que la motivación y la conducta de las personas están reguladas por los pensamientos en función de las expectativas que se tengan.
Así, define tres tipos de expectativas, de situación: se trata de aquellas creencias en las que las consecuencias son generadas por factores ambientales independientes de la acción de la persona. Las de resultado tienen que ver con aquellas creencias respecto a una conducta específica que creará ciertos resultados. Y la que más nos interesa aquí es la que se refiere a las de autoeficacia percibida, que son las creencias de una persona al respecto de tener las competencias y capacidades para desempeñar las acciones adecuadas para conseguir los fines que persigue. Aquí es donde Bandura nos muestra el inicio del camino para aspirar a ser resilientes en una óptica de psicología positiva generando una expansión de nuestro espacio creativo. Es decir, el ampliar mi cúmulo de creencias que contiene lo que hasta el momento he creado.

