Morelos ante sus jueces

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En el libro titulado Morelos ante sus jueces del investigador José Herrera Peña, publicado por Editorial Porrúa, S. A. en el año de 1985, durante el juicio se hizo referencia al Sitio de Cuautla, dice el escritor: En la Segunda Audiencia, durante el juicio que se le hizo, cuenta, al siguiente día, explicó los temas faltantes del quinto punto del interrogatorio, diciendo que se acercó a Cuautla debido a la abundancia de haciendas y demás, decidiendo fortificarse en ella porque supo que el Ejército del centro al mando de Calleja había salido para batirlo desde la ciudad de México […] Sin embargo de las múltiples preguntas que contiene, Morelos contestó sólo las dos primeras y las restantes no, debido a su total desconocimiento de lo que el virrey quería saber. Dio cuenta de las fuerzas de infantería y caballería que tenía en ese entonces y luego se dedicó a describir algunas acciones ocurridas durante el sitio famoso. La leyenda del Sitio de Cuautla recorrió el mundo, en Europa se consideró un hecho de la mayor inteligencia militar, y se cuenta, como es de recordar, que el mismo Napoleón dijera que …con dos Generales como José María Morelos, conquistaría el mundo.

 

El libro expresa momentos difíciles para nuestro héroe, pero refleja a su vez la enorme capacidad mental, de inteligencia y humanismo, que le permitió, seguramente bajo torturas inenarrables, mantenerse silencioso en lo que no debía de decir. Pues lo que las tres instancias utilizaron contra él sólo corresponde a los cobardes, que teniendo al héroe son capaces de hacer las peores cosas contra su odiado enemigo. Cinco años de luchas y de persecución en contra de Morelos bien les había dejado el espanto en sus rostros, y el terror de que hubiera logrado la victoria completa. El libro al que me refiero escrito e investigado por José Herrera Peña va dedicada, y así lo dice: Obra preparada por la Facultad de derecho en honor de D. José Ma. Morelos para celebrar el 175 aniversario de la Independencia nacional.

 

Un excelente texto, cuyo prólogo escrito por Miguel Acosta Romero nos refiere lo siguiente: Morelos es uno de los más grandes y más puros de la Historia de México. Por ello, resulta un tanto extraño que autores distinguidos tanto del país como del extranjero, lo mismo del pasado que de la actualidad, se hayan trasmitido unos a otros la especie de que el caudillo sin mancha flaqueó al comparecer en los tribunales de la colonia. Imaginemos al Hombre que sabe en cada escaramuza o guerra sangrienta que se juega la vida, que al caer en manos de sus odiados enemigos le van a perdonar la vida y hasta lo van a indultar dándole propiedades. Él sabía que la muerte estaba ahí. Lo dijo cuando le preguntaron qué hubiera hecho si los aprendidos hubieran sido ellos y no el: Les daría dos horas para prepararse a morir y después los fusilaría. ¿Cómo alguien que tiene tan claro y sabe a lo que juega? Lleva a que estos estudiosos que revisan las cosas por fuerita; y si se encuentran in iceberg, lo ven sólo por su punta, sin saber que el enorme cuerpo está dentro de las aguas que le contienen. Responden según su conciencia, lo que hubieran hecho ellos, eso es lo triste.

 

Todo juicio que se haga sobre Morelos, debe de tener en cuenta lo que dijo al ser apresado y del qué cosa hubiera hecho de haberles él apresado. Porque quien esto dice, claramente sabe que su fin es la muerte. Así que todo lo relacionado en un hombre de su inteligencia, no cabe el pensar que el Siervo de la Nación fue en su vida un ser cobarde, oportunista: como si lo fueron Agustín de Iturbide y José Antonio López de Santa Anna, y tantos más, que en la historia patria aparecen a toda hora. Los traidores de toda laya, durante la Reforma o la Revolución Mexicana están ahí de prueba. Manchar a Morelos nacía del odio de sus enemigos españoles y criollos, y hasta de algunos mestizos, ellos son prueba de la grandeza de quien mantuvo por cinco años el estandarte de la libertad por encima de su bienestar y el de su familia. El apresarlo y traerlo a ciudad de México no fue empresa fácil, porque los realistas que hoy son sólo sujetos de recuerdo por la grandeza del cura de Carácuaro tenían miedo; así, miedo, de que el pueblo en el transcurso se les lanzara en contra. Por eso los viajes a medianoche. Y no porque la piedad de sus apresadores tuviera pena de que le ofendieran y lo apedrearan.

 

El libro Morelos ante sus jueces es un clásico en el estudio de los hechos de vida de nuestro prócer. En la introducción José Herrera Peña nos dice: Morelos fue sometido a tres tribunales: el de la Jurisdicción Unida, el del Santo Oficio y el Militar. Dos semanas después de su captura, en lugar de ser juzgado sumariamente por un consejo de guerra formado sobre la marcha, como lo preveían las disposiciones coloniales, se le trasladó a la ciudad de México con el fin de sujetarlo a proceso ante las máximas autoridades de la Iglesia y el Estado, asociadas en un tribunal mixto al que se le llamó Jurisdicción Unida para condenarlo por alta traición y otros delitos enormes y atroces. El juicio duró setenta y dos horas y debía concluir con la degradación y la muerte. Este es el primero de los procesos. Qué vergüenza el ver estos hechos, cuando los españoles y los traidores a la nueva patria se solazaban de tener al peor enemigo en sus sangrientas manos, y que los realistas enfrentaron durante toda la guerra de independencia.

 

No nos debe extrañar tal violencia contra el odiado enemigo. Matarlo de inmediato les quitaba de su rostro la felicidad oscura y diabólica de no tenerlo respirando, con el sólo fin de hacerle sufrir lo que ellos sufrían cada vez que sabían de sus victoria y éxitos, contra los ejércitos del Rey en España y de los virreyes, que le tocó espantar con el sólo saber o escuchar su nombre: ¡Morelos! No es extraño que no quisieran darle la muerte inmediata: los peores especímenes de lo humano son crueles sin medida cuando les toca ajustar las cuentas con sus enemigos. Pero sí la piden, cuando Juárez toma la decisión de fusilar a Maximiliano de Habsburgo. Entonces si se pasan los siglos recordando esa impiedad para el pobre emperador, que vino a gobernar un territorio que no le pertenecía.

 

Cuenta Herrera Peña: Conforme fueron transcurriendo las horas, se presentaron nuevos acontecimientos que hicieron conveniente el aplazamiento de la pena capital, no así de la degradación. Uno de ellos fue el de abrir un nuevo juicio ante el Tribunal del Santo Oficio que duró escasamente cuatro días y culminó condenando al cautivo como hereje. Tal es la segunda de las causas. La crueldad tenía que ver con la violencia que les despertaba el peor enemigo del reino y del Alto Clero. Los dos opresores estaban presos por un solo hombre ante el aparato represor y sangriento, que eran las dos instituciones imperiales. Al concluir ésta, el juez-fiscal del gobierno colonial pidió que se condenara al prisionero a la pena de muerte y se descuartizara su cadáver, colocando su cabeza en jaula de hierro colgada en la plaza pública de la ciudad de México, y su mano derecha en la de Oaxaca. Sin embargo, el juez supremo del reino —el virrey— no cedió a la demanda sin someter previamente a Morelos a un exhaustivo interrogatorio ante el tribunal militar, que desahogó sus diligencias en el término de cuatro días. Este es el tercero y último de los procesos.

 

Cuántos días apresado, viviendo el acoso de las bestias imperiales, eso es lo que debemos imaginar, para comprender lo que vivió Morelos antes de llegar a la fecha de su muerte: 22 de diciembre de 1815 en una casa propiedad del virrey en San Cristóbal Ecatepec, hoy Estados de México. Vendrían los días terribles del Juicio en contra del héroe. Y sus asesinos inventarían todo lo que se les ocurriera con tal de desprestigiar al mayor líder de la Independencia.