Nunca imaginé…

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Corrí para alcanzar el autobús

con exceso de ocupantes.

La vida laboral

no te permite llegar tarde.

 

El conductor sube y sube gente

–ni una aguja cabe–.

Mi desesperación se desata;

mientras recuerdo que mi madre

tiene hollín en los pulmones.

 

Apreté los dientes

–aguanté–.

El frío del cuarto cosió mis labios,

pero, mi mente rumeaba:

 

En un cuarto de cuatro por dos; en un cuarto de dos por cuatro

el asesino se instala en las paredes, el asesino sube a mi garganta, viaja.

 

Y seguía tecleando los nombres de mis clientes.

 

Mi computador lento,

más lento después de las cuatro

cuando mi ansia furibunda colapsaba.

 

Entre los diez tripulantes

de ésta pequeña nave

soy una presa rota.

 

Ahora, la cabeza me punza

y los huesos me duelen.

Lleno esta hoja en blanco;

la devoran mis dedos

que se arrastran por las teclas.

 

Nunca imaginé a un cuervo

quitarse las alas.

Mis ojos vieron

el sacrificio de una estrella.

 

Miro atrás;

en mi nave nodriza

la vida pende de un hilo

 

La incertidumbre viaja en mis costillas.

El asesino se instaló en mi garganta.

 

Me quedé en casa;

prendí fuego a todo…