La rivalidad y amistad más extrañas que devolvieron de las cenizas al baloncesto
Desde el momento en que Earvin Magic Johnson y Larry Bird saltaron a la pista como rivales, entablaron una batalla física y psicológica sin paralelo. Con el verde de los Celtics estaba Larry Bird, un joven de Indiana duro, exigente y perspicaz armado con un tiro exterior infalible. Por otro lado y vestido con el oro y purpura de los Lakers estaba Magic Johnson, el hombre hecho espectáculo con una personalidad aplastante que jugaba al baloncesto como los ángeles. Ambos jóvenes y atrevidos, ardiendo en deseos de ganar a toda costa. Sin dudarlo hay que decir que su extraña relación fue creadora de un símbolo especial y pasional, la rivalidad por excelencia de la NBA: Lakers versus Celtics, el Este contra el Oeste, el físico contra la sutileza, la vieja escuela frente al llamado Showtime, incluso los negros contra los blancos.
Cada uno empujo al otro hacia lo más alto, y juntos sumaron ocho campeonatos, seis premios MVP y contribuyeron a que una NBA en épocas asfixiantes se convirtiera en lo que es hoy en día. Tempranamente fueron acérrimos rivales, sin embargo, con el paso del tiempo terminaron consolidando una amistad interminable. Vale la pena echar una mirada a Cuando éramos los mejores, existe un libro de estos dos personajes que nos cuenta con mucho detalle y nos transportan a una época inolvidable y revela por primera vez las entrañas de la carrera de dos jugadores cuya máxima aspiración era derrotar a su rival. Se trata entonces de la crónica, en definitiva, de la trayectoria de dos gigantes durante la época dorada del baloncesto profesional estadounidense.
Magic, fue cinco veces campeón de la NBA y campeón olímpico en 1992 con el primer Dream Team, comunicó su contagio del virus VIH en noviembre de 1991, momento en el que decidió abandonar la competencia. El mismo comunicaba que era portador del virus de inmunodeficiencia humana. Allí, frente al micrófono, un Magic vestido con traje oscuro y con el rostro serio, pero sin descomponerse, anunciaba que el baloncesto perdía su sonrisa. Un torpedo en la línea de flotación de un deporte que él mismo había reflotado con sus pases inimaginables, pero sobre todo, con su carisma. Tenía una enfermedad mortal que cada año se cobra millones de víctimas en todo el mundo. Sin embargo, los médicos le explicaron que era portador, que no era lo mismo que tener Sida. Magic suspiró aliviado. Sin embargo, de inmediato el pánico volvió a recorrer su cuerpo cuando pensó en Cookie, su novia desde los catorce años y la mujer con la que se había casado apenas dos meses antes, y en el hijo que ambos esperaban.
El mismo decía: Jugué contra los mejores de entre los mejores, como Michael Jordan y Larry Bird. Y siempre pensé que había sido lo más difícil de mi vida. Pero estar viajando a casa para decirle a mi esposa Cookie que tenía VIH, eso fue realmente el momento más duro. Por su parte, Cookie, esposa del ex jugador, declaró a la revista norteamericana Ebony en abril del 97, publicación especial para afroamericanos, que los médicos aseguraron que está virtualmente libre del virus que provoca el SIDA debido a un coctel especial de fármacos que le suministraron últimamente. Pero aclaró que ella prefiere pensar que se trata de un milagro divino. No caben dudas de que el Señor ha querido curarlo
Denzel Washington señalaba que Cuando éramos los mejores revive su rivalidad a partir de datos reveladores y una nueva percepción de la historia de dos hombres que empezaron siendo acérrimos rivales y acabaron forjando una amistad imperecedera. En el verano de 1985 la rivalidad entre Magic Johnson y Larry Bird rozaba cotas enfermizas. Una vez decidido el campeonato de ese año a favor de los Lakers, el agente de Magic vino a comunicarle una proposición. El 32 angelino respondió con sorna: ¿Estás loco? No voy a hacer ningún anuncio con Larry. Bird, por su parte, puso una condición: No voy a grabar nada en L.A. ¿Quieres hacer un anuncio? Vale, pero ven a mi casa. Johnson aceptó la idea sin tenerlas todas consigo, en gran parte porque le divertía mucho ponerse delante de la cámara fuera donde fuera. El flamante nuevo comercial de Converse se grabaría en French Lick, Indiana, tierra de origen de Larry Bird. Se vistieron de corto y jugaron un uno contra uno simulado. Hicieron un esfuerzo por no competir de verdad, pero aquello fue embarazoso.
Acabaron por relajarse, sonrieron, hablaron un poco. A la hora de la comida Magic se dirigió a su caravana pero Bird tenía otra idea: Mi madre ha preparado el almuerzo. Comieron con la familia de Bird, que admiraba a Magic. La madre de Larry era encantadora, me recordó mucho a mi madre. Se preocupó de que no me faltara de nada. Aquél día conocí a Earvin Johnson; me cae bastante mejor que Magic confiesa Bird. Fue un día realmente bonito. En las siguientes temporadas, sin embargo, seguirían matándose en la pista.
En Cuando éramos los mejores la fertilidad del guión no está en su imaginación sino en su experiencia. Su potencia creativa reside sobre todo en su bagaje de mundo, no tanto en su ingenio o en su capacidad para alumbrar ideas. Es por ello que la fórmula idónea para parir grandes historias sea, probablemente, una mezcla de personalidad, punto de vista y búsqueda. Se trata de observar, metabolizar y elaborar, un trabajo de reconocimiento y manipulación más que de eurekas de media noche. Se recrea más que se crea, así que la realidad patea la ficción. Magic Johnson y Larry Bird sólo compartieron asistencias con la camiseta de Estados Unidos. Todo lo demás fue la guerra de las galaxias, una confrontación encarnizada con el baloncesto como coartada. Ni en los mejores sueños de ningún productor de Hollywood se podría imaginar una historia mejor. Eran los Lakers versus los Celtics, la costa Este contra la costa Oeste, la sonrisa del Pacífico frente al recio bigote del chico tímido de Indiana.
Aunado a esta gran rivalidad deportiva llama la atención la repuesta de Magic respecto a quién considera que es el mejor de todos los tiempos. Declaró sin dudarlo que el mejor de todos los tiempos es Michael Jordan. Dentro de las opciones que han surgido se encuentra la del actual jugador de los Lakers de Los Ángeles, LeBron James, razón por la cual el Magic aseguró que es un gran jugador, pero Jordan marcó una gran dinastía en la década de 1990 con los Toros de Chicago. No quiero quitar nada de mérito a LeBron James. Es un gran jugador, uno de los más grandes que haya jugado nunca. LeBron, para mí, cuando piensas sobre un jugador que domine todo, es probablemente el mejor de siempre. Pero cuando quieres decir, el más grande de la historia sigue siendo Michael Jordan. Sin embargo en Cuando éramos los mejores se reseña sin lugar a dudas la mayor rivalidad de la historia del baloncesto, la que hizo que la NBA resurgiera de las cenizas en las que se había metido en los años setenta. En los ochenta, la NBA se convirtió en un espectáculo mundial gracias, en gran parte, al enfrentamiento entre dos de las mentes más privilegiadas que han pisado nunca una cancha de baloncesto: Earvin Magic Johnson versus Larry Bird, Los Angeles Lakers versus Boston Celtics. El libro es un tesoro que describe y desmenuza aquellos míticos enfrentamientos ochenteros que han pasado a la historia.
Magic y Bird llegaron a la NBA el mismo año, en la temporada 79-80. Ese año los Lakers llegaron a las finales pero Boston se quedó a las puertas. En la mañana del crucial sexto partido en Filadelfia, Magic esperaba con impaciencia el resultado de la votación del Rookie (Novato) del año. Todo el mundo sabía quiénes eran los dos máximos candidatos. El responsable de relaciones públicas de los Lakers entró y le dijo a Johnson que ya habían anunciado el ganador. ¿Quién ganó?; Larry Bird —respondió; ¿Estuvo ajustado?; 63 votos contra 3 a tu favor. Así es que en respuesta, esa misma noche Magic protagonizó su mejor actuación individual en la NBA. Con Abdul-Jabbar lesionado Johnson tuvo la magnífica idea de suplirle jugando de ‘5’, y se salió. Alternó las cinco posiciones en la cancha y firmó unos impresionantes 42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias y 3 robos de balón. Fue nombrado MVP (Most Value Player) de las finales y le dio el anillo a su equipo. Sin el acicate de Larry Bird, hubiera sido imposible. El mismo Magic hambriento sentenciaba: Aunque tenía el campeonato, también quería el Rookie of the Year. El hombre que creció lanzando sonrisas mientras escuchaba que seguro que había alguien trabajando más que él para ser el mejor jugador de baloncesto del mundo. Y lo había. Al otro lado del país, Larry Bird, hijo de un padre que no había superado la Guerra de Corea y se había suicidado, vivía por y para tirar a canasta. Magic, con su varita mágica. El destino les lanzó a competir al mismo tiempo y se pegaron y se insultaron. Y vieron a compañeros que le daban a las drogas e intentaron odiarse, sentir asco por el otro, despreciarle y minimizarle, pero no lo consiguieron. Por extraño que parezca, Magic y Bird, negro y blanco, locuaz y callado, rápido y lento, se hicieron la pareja de amigos más extraña que ha dado el baloncesto.

